Adolescencia y las preguntas incómodas

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¡Mírame ahora!, grita Jamie, un adolescente de 13 años, a una atractiva psicóloga que le realiza una evaluación psiquiátrica independiente en el caso por el que está acusado de asesinar a puñaladas a una compañera de estudios. Todos los padres cubanos deberían ver esta serie con atención, y si es posible, junto a sus hijos.

Adolescencia es una miniserie de Netflix de solo cuatro capítulos que se ha convertido en tendencia como la producción audiovisual más vista en las últimas semanas. Ya está disponible en El Paquete. Ha sido vista por decenas de millones de personas en muy poco tiempo y está generando un impacto asombroso por la calidad de su producción y por la seriedad y la complejidad de los temas que aborda.

No trata únicamente sobre un crimen, ni sobre internet, ni sobre la relación entre padres e hijos, ni sobre los sistemas educativos, el machismo o la violencia. Va de todo eso y más. En un mundo que se desmorona, una serie como esta nos invita, desde la ficción, a repensarnos nuestra relación con el entorno y la tecnología.

Durante mucho tiempo, padres, madres y abuelos han lidiado con una creciente precariedad laboral, y con conflictos cada vez más complejos, lo que los ha mantenido desconectados del mundo virtual al punto de no comprender del todo lo que allí ocurre. En muchos casos, han perdido de vista lo que sucede con sus hijos en las profundidades de internet. Se tranquilizan de que no salgan a la calle a «vaya usted a hacer qué cosas» y creen que, por estar encerrados en sus cuartos, pasando horas frente a la computadora o el móvil, estarán a salvo. Pues no y es posible que todo lo contrario. La realidad virtual lleva décadas transformando nuestra manera de socializar y, en lugar de hacernos más abiertos, a muchos nos ha vuelto más aislados… y peligrosos.   

La serie presenta una historia en la que Jamie es acusado de cometer un crimen cuya causa nadie parece entender. Jamie es un adolescente aparentemente «normal» para su edad: no muestra mucho interés por los deportes, sino que se inclina más hacia el arte y a un mundo interior de espiritualidad. De pronto, ocurre el asesinato, es arrestado de manera traumática y los adultos comienzan a descubrir que, dentro de ese dulce niño, se estaba gestando un monstruo que creía ser «feo», que pensaba que el 80% de las mujeres solo se sienten atraídas por el 20% de los hombres y que muchos jóvenes hoy son célibes involuntarios. Incels, acrónimo en inglés de involuntary celibates, es el término que describe a quienes, como él, culpan al feminismo de haber enseñado a las mujeres que no deben conceder relaciones sexuales a los hombres, aunque —según ellos— las merezcan.

Este tipo de actitudes no surge en el vacío. Jóvenes varones, especialmente en contextos de frustración económica o emocional, son fácilmente atraídos por discursos que promueven una masculinidad rígida, violenta y misógina. Masculinidades tóxicas. Plataformas como YouTube, Reddit o TikTok funcionan como canales de radicalización, donde los algoritmos refuerzan estos contenidos y los aíslan aún más en comunidades que premian ese resentimiento.

¿Le parecen un poco conspiranoicos estos argumentos? Pues aunque forman parte de la ficción de la serie, también pertenecen a la vida real. Estas comunidades crean sus propios lenguajes y resignifican ciertos símbolos que, al interior de esos grupos, adquieren nuevos sentidos.  

Es un fenómeno amplio que Adolescencia ha traído al centro de la conversación global, pero que lleva tiempo ocurriendo frente a nuestros ojos. La mayoría de estos hombres se agrupan en foros virtuales —y a veces presenciales—, para quejarse de lo que consideran una injusticia.  Algunos de ellos han sido influenciados por líderes de opinión misóginos y agresivos, como el británico Andrew Tate o sus equivalentes en el mundo hispano. Varios de ellos han cometido crímenes violentos en diferentes países. Estos líderes de opinión promueven discursos que enseñan cómo convertirse en un «macho alfa», y cómo manipular a las mujeres para tener sexo con ellas.

Muchos pensarán que se trata de casos aislados, de personas y familias marcadas por traumas y que eso no les ocurre a sus hijos, sobrinos, nietos o hermanos. Pero, ¿estamos realmente seguros de que nuestros seres queridos están bien informados sobre sexualidad, relaciones con su propio género y con el opuesto y otros temas considerados «difíciles»? Porque parece que muchos de nosotros preferimos mirar hacia otro lado cuando vemos a nuestros jóvenes y no tan jóvenes absorbidos, a veces de forma enfermiza, por las pantallas y las redes sociales.

Esta es una serie que, aunque producida en inglés, debería proyectarse en todas las secundarias y preuniversitarios de Cuba. Ya en el Reino Unido el Parlamento lo ha orientado. Merece ser vista, recomendada y debatida, hasta que comprendamos la sensibilidad de estos temas y la urgencia de que las políticas públicas hacia la juventud se traduzcan en la creación de espacios que promuevan mejores relaciones entre los adolescentes y jóvenes, así como mecanismos reales de protección cuando algo no está funcionando bien. 

Por suerte, en la Isla, hace apenas unos años Calendario generó ese tipo de debate. Fue una producción más que digna, que puso sobre la mesa numerosas problemáticas juveniles de la sociedad contemporánea cubana.

Eso demuestra que, incluso en medio del desastre socioeconómico que sufrimos, aún somos capaces de sensibilizarnos y dialogar sobre asuntos que, a primera vista, podrían parecer secundarios. Adolescencia me parece complementaria a Calendario o a Camionero, el cortometraje de ficción donde un joven es violentamente maltratado en una beca.

Recuerdo haber visto Camionero en casa y sentir que, aunque duro, era un material profundamente fiel a lo que viví y sufrí en varias becas durante mis años adolescentes. También hay un corto que merece incluirse en esta lista, El hijo muerto, sobre el Servicio Militar Obligatorio.

La violencia en las becas o en el servicio militar sigue siendo un tema escasamente abordado en la cinematografía cubana. Un poco más en la literatura, pero casi nada en el periodismo narrativo y de investigación. Durante décadas, en Cuba todos sabíamos y callábamos que las becas y las estancias militares eran espacios sumamente violentos; un infierno para muchísima gente. Esa es una herida aún abierta dentro del rosario de debates postergados sobre las juventudes cubanas. Todavía estamos a tiempo. Sería interesante que los organismos gubernamentales, así como las instituciones políticas, artísticas, deportivas o de cualquier otro tipo que integran a los jóvenes pudieran hacer «maratones» o ciclos de proyecciones con series y películas que destacan tanto por su calidad artística como por la profundidad de los temas.

Cuando me tocó ser adolescente, a principios de este siglo, se transmitió Doble Juego. Fue un suceso que deslumbró a la sociedad cubana de entonces y que quedó en nuestra memoria como una producción extraordinaria e influyente en nuestra educación sentimental. Hoy, ya adultos, la serie Adolescencia vuelve a sacudirnos en medio de tantas penurias.

No ignoremos las pantallas de nuestros hijos, hermanos, seres queridos. Podríamos estar a una conversación de evitar una tragedia.   

4 COMENTARIOS

  1. Excelente comentario Darío y excelente serie, la cual planeo ver con mi hija adolescente.

    Efectivamente, hay un problema con todas estas tendencias misóginas que han surgido en la última década en el occidente industrializado, en donde vivo desde hace mucho rato. Todas estas tendencias, vistas en su conjunto, comparten un resentimiento general hacia todo lo que representa diversidad y emancipación de grupos subalternizados. Más allá del impacto de la nueva era de desinformación y manipulación tecnológica, los feminismos y diversidades de corte neoliberal y excluyente propulsados por élites occidentales totalmente ajenas a la precariedad e inseguridad en la que sus políticas lanzaban a millones de personas, han jugado un papel fundamental en estos desarrollos.

    No es raro, dicho sea de paso, que se les pueda considerar a todas ellas, en cierta medida y dependiendo del caso, primas hermanas de otras tendencias no menos preocupantes como los trumpismos y las xenofobias reinantes, que han encontrado finalmente sólida expresión política en la actual internacional de extrema derecha en occidente. Lo cual explica el infierno en que casi todas las sociedades pertenecientes a esta entidad geopolítica se han convertido hoy. Todo esto lo he visto gestarse, crecer a lo largo de la última década, y por último devorar.

    Los pueblos de la periferia occidental, como Cuba, muchas veces ingenuamente deslumbrados con todo lo que viene de los centros hegemónicos, han abrazado mucho de lo que en estos últimos ha ocurrido. Y las consecuencias han sido, si bien a escala diferente, similares. En algunos momentos de mis dos décadas viviendo por acá, observé muchas de estas cosas en la sociedad cubana y traté de alertar desde mi humilde puesto en las gradas. Pero, como era de esperar, me hicieron el caso del perro. Muchos otros han tratado de hacer lo mismo con similares resultados.

    Es importante, en mi opinión, que al analizar estos asuntos, nunca olvidemos, cómo tu bien enumeras en tu comentario, la matriz socioeconómica de todo esto. Detrás de todo este odio no está necesariamente la tecnología, pero si está la precariedad y la inseguridad económca generada por décadas de políticas neoliberales. Es esta última la que ha lanzado, a veces literalmente, a la desesperación a mucha gente buena que ha caido presa del veneno de cuánto demagogo oportunista ha surgido. Son los recortes sociales, las obscenas transferencias de recursos hacia los más ricos, las narrativas individualistas y misantrópicas promovidas en la sociedad, la estigmatización y personalización de la pobreza, asuntos estructurales que van en realidad más allá del individuo, entre otros muchos desmanes, los elementos que han servido de catalizador a todo lo demás. En Cuba tenemos nuestro buen San Benito en el particular; mejor nos ocupamos o terminaremos, si ya no estamos de algún modo, reproduciendo todos los fenómenos y consecuencias.

    Le voy a echar un vistazo a las series cubanas que mencionas. Ojalá y pueda encontrarlas en Youtube o por alguna otra vía. Me gustaría mostrárselas a mi hija también.

  2. La vi, me gustó mucho la serie y también ke hizo sufrir, pues tengo dos hijos varones y es genial que la hayan hecho desde el sufrimiento del agresor y su familia, porque siempre va del dolor de la familia de la víctima y finalmente, en mi modesta opinión, se sabe que ese niño estaba traumado por él bullying, en evidencia ante sus amigos sobre su hombría, por ser virgen y que la muchacha asesinada participó fuerte en ridiculizarlo en las redes, incluso queda más expuesto esto cuando la amiga de ella declara que la asesinada no lo tocaría ni con un palo, evidencia de desprecio. Él se sentía feo y acosado por ello, y alguien acorralado y con problemas a esa edad, no multiplica por cero las opiniones, cuántos jóvenes en el mundo han entrado en sus escuelas disparando contra todos precisamente por las burlas, el hostigamiento, tanto en redes como en persona. La tecnología es maravillosa, pero en estos casos de niños y jóvenes se puede transformar en graves problemas psicológicos. En Adolescencia supieron llevar en 4 capítulos todo un problema que ya invade todas las sociedades. Tema tratado de otro modo en 13 razones también, Pero para mí, está es más cruda, verdadera y con creces mejor. Hay que vigilar y estar atentos a los hijos con la tecnología, incluso conocer el significado del nuevo lenguaje usado por los jóvenes y poner coto a ello. En fin, gracias por el comentario sobre esta magnífica serie, muy bueno.

  3. Muy bien Darío, una caracterización, holística, con un muy oportuno llamado a abordar este y demás asuntos colaterales vigentes en la Isla-casa.

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Darío Alejandro Escobar
Darío Alejandro Escobar
Licenciado en Periodismo. Tallerista de la Fundación Gabo 2017. Premio R.M.V. de Periodismo Cultural (2017 y 2022). Fue director de la revista Somos Jóvenes. Ha publicado en revistas como Anfibia y The Clinic. Especialista en Comunicación Estratégica

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