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lunes, octubre 26, 2020

Un socialismo más participativo

Por: Miguel Alejandro Hayes

Conocí a Marta en La Universidad de La Habana. Ella presentaba para un grupo de estudiantes un documental sobre algunos de los procesos de participación popular realizados en Venezuela durante el gobierno del presidente Chávez. Me llamaba la atención aquella mujer con tanta energía. Su actitud nos hacía sentir a otros vergüenza; vergüenza por verla hacer tanto, y nosotros -que nos creíamos que hacíamos mucho-, haciendo tan poco.

Cuando se conocen personas así, creo que se nos da una señal, corrientazos que nos avivan el fuego, que nos recuerdan que no venimos a acumular diplomas, que nuestra descendencia de lo que estará orgullosa es de que hayamos venido a este mundo a intentar hacerlo un poquito mejor. Entonces Marta, empezó a entrar en mi vida. Comencé a leerla. El socialismo del siglo XXI, la planificación participativa, la educación popular, pasaron a ser cuestiones incorporadas a mi manera de pensar. Y no podía faltar el debate.

Es que una discípula de Althusser tenía que entrar en contradicción con un joven aspirante a hegeliano como yo. Pero Marta discutía con mucha humildad. Imagínese, la autora de más de ochenta libros, una larga trayectoria teórica y de premios, con páginas escritas sobre el tema, dialogando en términos de iguales conmigo. Recuerdo que me decía siempre, como para no concluir el tema, «ya hablaremos». Y es que esa era la Marta que veía: podía expresar mis desacuerdos con confianza, que su respuesta sería siempre la de aquella persona dispuesta a dar y recibir argumentos.

No quiere decir eso que la caracterizaba «la pureza» de la diplomacia que linda con la indiferencia burguesa, esa que intenta quedar bien con todos.  Ella tenía la firmeza que necesita un revolucionario para hacer valer sus posiciones y defenderlas en medio de la diversidad. Después de todo, era difícil de convencerla de lo contrario de lo que pensaba, -cabezadura, en buen cubano-. Cuando se decidía por la importancia de una idea, no había quien se la quitara. Quizá pudo parecer soñador en algún momento, pero creo que ahí estaba su magia, que era esa pulsión a transformar la realidad que todo marxista tiene. De eso partimos todos, y esa era la esencia de Marta.

Tenía mucha confianza en los jóvenes. Y en este mundo que reproduce criterios de autoridad, verticalidad, tecnocracia, populismo autoritarios, eso es extraño. Hace un año me pidió que fuera el presentador de su último libro, acá en La Habana. ¿Qué iba a decir yo? No sé si ella sabía si yo podía hacerlo bien o no, pero me dio la oportunidad.

Hoy no creo que sea consecuente dedicarse extensamente a hablar de ella, de su obra teórica y política como quien no trasciende los marcos de los formalismos de los rituales artísticos de devienen en homenajes. Marta era praxis, era lucha. No se trata del acto abstracto de que la subjetividad muestre imágenes de su figura, de sus ideas.

Se trata de continuar la lucha. No por algo intangible sino por lo que nos enseñó: conquistar un socialismo más participativo, menos enajenante.

Tomado de: La Trinchera

6 Comentarios

  1. El hecho de que desde que triunfó la primera revolución en el mundo que se llamó socialista, hayan surgido tantas voces de tanto prestigio y calado intelectual llamado a un socialismo humano, participativo y no enajenante, lo único que viene a demostrar es que hasta el sol de hoy no ha habido socialismo.
    El caso cubano es emblemático, un país donde las palabras democracia, derechos humanos, huelga, protesta y etc causan miedo y la gente te abre los ojos como si hubieran visto al diablo.

  2. Consejos de Marta que deberían seguir más los dirigentes cubanos:

    «Parecería una perogrullada decir que es importante que los dirigentes máximos aprendan a escuchar. Estimamos que esto es fundamental. Sucede, sin embargo, que algunos líderes están tan impregnados de ideas preconcebidas acerca del estado actual de la situación, de como están las cosas, de lo que se puede hacer y de lo que no se puede hacer, y en su contacto con los dirigentes intermedios y de base tienden más a trasmitirles su visión de las cosas que a informarse acerca de cuál es el verdadero estado de ánimo de la gente»

  3. Una recomendacion de Marta:

    «Parecería una perogrullada decir que es importante que los dirigentes máximos aprendan a escuchar. Estimamos que esto es fundamental. Sucede, sin embargo, que algunos líderes están tan impregnados de ideas preconcebidas acerca del estado actual de la situación, de como están las cosas, de lo que se puede hacer y de lo que no se puede hacer, y en su contacto con los dirigentes intermedios y de base tienden más a trasmitirles su visión de las cosas que a informarse acerca de cuál es el verdadero estado de ánimo de la gente»

    • Si. A pesar de ser Marta una estructuralista confesa, postura que termina por obviar al sujeto en los cambios sociales, su obra transitó hacia formas de pensar la sociedad que hacían mayor énfasis en el sujeto del cambio, en cómo se sentía este.

      • Hayes, hace pocos días dejó de existir esa gran revolucionaria y marxista que fue y es Marta Harnecker.
        Luchó sin denuedo a favor de que se entendiera el Socialismo que profetizó Marx, en el cual hubiera Dictadura del Proletariado, pero del proletariado, no de un grupito que se autoproclamara Vanguardia de la clase obrera, que de ser clase en sí, debe ser clase para sí.
        Con la despedida de ella, cada vez quedan menos personas que defienden con convicciones marxistas, el sueño de un mundo mejor y posible, verdaderamente socialista, democrático, participativo, que empodere a la clase obrera y a todo el pueblo para regir, no demagógicamente, ni a base de manipulación, los destinos de la nación y del pueblo.

  4. Como es dejado dicho antes, no sé nada de máximo leninismo, y por tanto nunca doy opiniones sobre el tema. Más hay algo que quería decir.
    Hablando de soluciones a los problemas económicos, por lo que he podido observar durante mis pocos viajes al extranjero, existiría una manera muy fácil de evitar el que una gran cantidad de productos alimenticios se echen a perder por falta de compradores, tanto porque la abundancia de productos sea mayor que las necesidades, como también por las limitaciones en el poder de compra de las personas. Por ejemplo, en Colombia pude notar que nadie pasaría por necesidades alimenticias si tuvieran un gobierno más inteligente que pusiera un dinero «especial» a disposición de las personas; dinero que sólo sirviera para con ciertos propósitos o finalidades para así no afectar el valor de la moneda nacional primaria en los mercados internacionales. Esto es que ese dinero sirviera para que las personas se construyeran la casa de sus sueños, valiéndose de materia prima extraída del suelo patrio. De manera que los productores y vendedores de frutas pudieran soñar con algún día tener la casa o el apartamento que siempre desearon, lo que podría tomarles varios años de trabajo arduo para conseguirlo. Y una vez que lo lograran, ellos mismos buscarían otras actividades a las que dedicarse para ganar un dinero distinto por cuanto a las limitaciones del poder adquisitivo del que se está hablando.
    Las premisas de cualquier economía es la de estimular a las personas al trabajo productivo y al buen aprovechamiento de los recursos existentes. Considerando que la prioridad de las personas es tener un buen lugar para vivir, lo que todo país debe hacer es asegurarse como primera urgencia (así como primer motor al desarrollo) el que existan los materiales necesarios para edificar. Y la gente trabajará e inventara valerse de lo que le ofrezca la naturaleza para crear infinidad de cosas para ofrecerlas en venta (no creo que sea necesario poner ejemplos de lo que se ofrece en los mercados de Jamaica, de Haití o de Colombia para que se tenga una idea de lo que hablo). Incluso, así como se construían las ciudades antes de la industrialización… así como se construyó el Morro y el Malecón… así como se construyó la ciudad amurallada de Cartagena, así también -y sin valernos de petróleo ni de electricidad- se podrían construir enormes edificios sin que tuviéramos que importar materiales, o sea, valiendonos exclusivamente de los materiales que pudiéramos sacar de nuestra tierra. Sin la menor duda ahora existen mejores herramientas que las que existían en el siglo 19. Y sin embargo en ese mismo siglo se construyeron muy buenos edificios que han perdurado hasta nuestros días. No hay que ser radical, pero no creo que sea tan difícil averiguar cómo otros lo hacían antes y tratar de hacer lo mismo ahora. O sea, que la gente trabajara para construirse sus casas más o menos al estilo colonial y con más o menos los mismos materiales que en ese entonces se usaban.
    En un mundo poco solidario, en el que cada nación a velado por sus propios intereses donde no ha existido una filosofía que nos uniera en unos buenos principios, la peor causa que estrangula la libertad económica de un país en su camino al desarrollo es la dependencia extranjera, tanto en la tecnología de vanguardia como en los nuevos inventos que se hayan introducido, así como en renunciar a los métodos y técnicas de construcción que les eran conocidos. Esto es que sin haber estado aún preparados, abandonaran las formas en las que se construían los edificios para optar por nuevos métodos que luego resultarían en el olvido de los primeros. Si los países subdesarrollados hubieran conservado las habilidades que habían en aquellos que habían sido sus albañiles, carpinteros, escultores y arquitectos, entonces nos hubiéramos podido haber valido de ellos para construir todo lo que fuera necesario para satisfacer nuestras necesidades de vivienda… hasta cuando fuera sacando las piedras de las canteras.
    Podemos valernos de más de una forma para buscar la prosperidad de los pueblos. Pudiera ser valiendonos de un sistema económico como de otro; todo dependería de ajustes que se hicieran para hacerlos más justos, así como en facilitarles oportunidades a todo el mundo para que pudieran realizarse, asi como también el de bien aprovechar la fuerza de trabajo.
    He podido ver cómo se desperdicia la fuerza de trabajo de millones de personas, la mayoría de las cuales «trabajan» para ganarse unos pocos billetes con los que hacer el día. Hablo de millones de personas que podrían ser ocupadas en labores realmente productivas. Hablando concretamente: dedicarlos a la construcción y a la agricultura bajo el estímulo de que lo estarían haciendo para conseguirse sus propias mansiones. Y si digo mansiones es porque todos queremos vivir en un lugar grande y cómodo, además de que recursos materiales no escasearian para hacernoslas posibles. Y eso es lo que importa; no exactamente el dinero.

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