Trump vs. Biden: tercer acto e inminente caída del telón

por Carlos Alzugaray Treto

El debate final entre Donald Trump y Joe Biden, que tuvo lugar en la noche del 22 de octubre, moderado por Kristen Welker, corresponsal de la NBC en la Casa Blanca y copresentadora de Weekend Today, fue una suerte de anticlímax. Lo fue si se le compara tanto con el primer debate el 29 de septiembre, como con el ejercicio que ambos contendientes llevaron a cabo el 15 de octubre -fecha originalmente reservada para el segundo debate-, al participar en paralelos Town Hall meetings o Cabildos Abiertos.

Aparentemente compulsado por las recomendaciones de sus asesores y por las medidas organizativas tomadas por la Comisión de Debates Presidenciales, el presidente tuvo un comportamiento más temperado, lo que posibilitó, hasta cierto punto, un simulacro de civilidad entre ambos contendientes.

Como notarán los que han seguido estos textos publicados en La Joven Cuba sobre las elecciones estadounidenses, se ha modificado el título de este último. En vez de «round», como en el boxeo u otros deportes, usado en los dos primeros, se ha preferido usar un título más propio del arte dramático: el debate final de la campaña se presenta como un tercer acto final, previo a la caída del telón. Por supuesto, la obra teatral no ha terminado. Para su desenlace el 3 de noviembre, queda, al momento de escribir estas líneas, un poco más de 72 horas.

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«Cuando hacen campaña, los políticos no son tanto polemistas o servidores públicos o expertos en política como son actores. Ellos y sus equipos de producción trabajan sobre la imagen, y la lucha política se traduce en proyectar estos constructos culturales a los votantes», ha apreciado en su obra The Performance of Politics, el Profesor de la Universidad de Yale, Jeffrey Alexander, conocido especialista en sociología cultural. Los debates presidenciales en campaña son ejemplos claros de este acerto pues se les puede considerar obras de teatro muy bien coreografiadas por los equipos de campaña de ambos contendientes. Y así sucedió en este último enfrentamiento más normal.

Por supuesto, esta hechura impuesta debió facilitarle el camino al presidente. Después de todo, tiene más experiencia como actor que Joe Biden, gracias a su participación en el programa de televisión The Apprentice, el Reality TV Show que, además, fue su salvación financiera cuando enfrentó problemas con sus inversiones.

La coyuntura política

Pero no puede olvidarse que los principales elementos de la coyuntura política seguían siendo adversos a Donald Trump. Vale la pena enumerarlos una vez más:

  • La pandemia en Estados Unidos se está transformando no en un elemento coyuntural sino contextual e, incluso, estructural. El debate tuvo lugar cuando el país sufría la tercera ola de alto contagio. El propio 22 de octubre se reportaron 75 mil 64 nuevos casos, sólo inferior a la más alta anterior, 75 mil 687, el 16 de julio. Al día siguiente, 23 de octubre, se estableció un nuevo récord para un día: 85 mil 85. Obviamente, esto subrayaba la tragedia que enfrentaban los estadounidenses, agudizada por la falta de una política coordinada de la administración, encabezada por un presidente que persistía en minimizarla. Excepcionalmente y por primera vez en su historia, el New England Journal of Medicine publicó el 8 de octubre, dos semanas antes del debate, un áspero editorial calificando el liderazgo de Donald Trump de «peligrosamente incompetente» y apelando a los ciudadanos a que expresaran su disconformidad en las urnas.
  • El segundo elemento coyuntural de importancia lo compone, sin duda, la grave situación económica provocada por la pandemia. El 17 de septiembre, The Hamilton Project, un programa de la Brookings Institution, publicó un informe titulado Ten Facts about COVID-19 and the U.S. Economy, en el cual calificó la situación como sin precedentes por su escala, ya que abarca «shocks en la demanda, en la oferta y en las finanzas». Un mes después, para el día del debate, el estado de la economía no había mejorado ni daba muestras de hacerlo. El país tiene 30 millones de desempleados en este momento, una cifra récord. Y, finalmente, la aprobación de un paquete de estímulo estaba detenida en el Congreso, algo que ya es usual. Si bien la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, anunciaba que se estaba acercando un acuerdo con el Departamento del Tesoro, el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, bloqueaba el avance debido a que tenía más premura terminar el proceso de confirmación de Amy Coney Barrett como magistrada de la Corte Suprema.
  • Por supuesto, el tercer elemento coyuntural lo constituyó la ventaja de Joe Biden en las encuestas, algo que también ha tenido una regularidad y permanencia sobresaliente en este ciclo electoral. La prestigiosa encuestadora Quinnipiac University le daba a Joe Biden un margen de 12 puntos en su recuento nacional del 22 de octubre. Adam Nagourney, en un artículo publicado ese día en el New York Times, señalaba que, dado el estado de las encuestas, el presidente Donald Trump necesitaba ganar al menos cuatro de los seis estados en que triunfó en el 2016: Arizona, Carolina del Norte, Florida, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, en los cuales Biden le había sacado una ventaja promedio de 4 puntos, muy superior a la que tuvo Hillary Clinton en aquel momento.
  • Finalmente, un elemento coyuntural para tener en cuenta fue el hecho de que ya en la fecha del debate, 56 millones de norteamericanos habían votado. Este número representa el 40.57 por ciento del total de votos emitidos en las elecciones del 2016, 138 millones. Esa tendencia se mantiene. Al momento de escribir este texto, ya lo han hecho 63 millones, con la siguiente distribución regional: 31.1 millones en estados «péndulos» o «battleground», para un 43%; 24 millones en estados seguros para el partido demócrata como Nueva York y California, para un 38%; y sólo 9.2 millones en estados seguros para el partido republicano como algunos del Sur Profundo –Deep South-, para un 14.6%.

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El debate

Ante esta coyuntura tan compleja, aunque el debate fue un poco más civilizado, no se caracterizó precisamente por un análisis profundo de las políticas de ambos contrincantes y de lo que proyectan hacer durante 2021-2025. Ambos fueron con objetivos muy precisos, basados en sus estrategias de campaña. Sin embargo, hay que decir que el presidente tenía que controlarse para no desviarse de su estrategia de campaña, como suele hacer.

Para Trump era vital no sólo proyectar una imagen más convencional, sino defenderse de las críticas de Biden. Ahí aplicó aquello de que la mejor defensa es pasar a la ofensiva. El presidente tenía que producir un hecho que cambiara la dinámica de la campaña y, al parecer, pensaba hacerlo con revelaciones convincentes sobre enriquecimiento y tráfico de influencia del propio Joe Biden a través de su hijo y de su hermano. Finalmente, tenía que provocar que Biden cometiera algún error garrafal que demostrara que no tenía la acuidad o claridad necesarias para ser presidente.

El antiguo vicepresidente, por el contrario, fue con su claro objetivo de que el debate se focalizara en los errores de la administración en manejar la COVID. Asimismo, buscaba tener la posibilidad de exponer algunas de las políticas que piensa seguir y que lo diferencian de las que Donald Trump ha seguido hasta ahora, particularmente en materia de salud y economía. También tenía que evitar dar la impresión de que había perdido facultades. Finalmente, estar listo para responder con firmeza y sin perder los estribos ante los seguros ataques personales que el presidente le dirigiría a su familia y a él.

Teniendo en cuenta este entramado y las respectivas estrategias, no es extraño que el debate, a pesar de su aparente normalidad, fuera tan limitado en lo que a un intercambio sustantivo sobre las políticas de ambos se refiere. No obstante, vale la pena apuntar los elementos centrales.

Sobre cómo enfrentar la COVID. El contraste no podía ser mayor. Trump siguió minimizando su impacto, mientras Biden insistió en la necesidad de tener una estrategia basada en las opiniones científicas y cumplir con las normas de distanciamiento social. Martilló su mensaje principal dirigiéndose a los espectadores: «220 mil muertes. Si no oyen más nada esta noche, oigan esto. Cualquiera que sea responsable por tantas muertes no merece seguir siendo presidente de los Estados Unidos» El presidente sólo atinó a decir que se «estaba yendo» y que ya ha pasado lo peor. Afirmó que la vacuna estará en unas semanas y que movilizará al ejército para suministrarla. Es poco probable que haya convencido a alguien más allá de sus seguidores con estos argumentos.

Cambio climático. Sin muchos argumentos, ambos reiteraron posiciones conocidas. Aquí el presidente, más que contrarrestar a Biden, intentó ponerlo en evidencia con los votantes de Pennsylvania, uno de los estados péndulo en los cuales se practica el fracking para extraer petróleo. Pero el ex vicepresidente hizo un planteamiento más riesgoso, alegando que sí acepta la existencia del cambio climático y que estimulará políticas para terminar con la dependencia de combustibles fósiles. Según reconoció el Wall Street Journal, este fue un debate inesperado. Joe Biden puede haber sido imprudente, pero las encuestas no reflejan que lo haya perjudicado en Pennsylvania como esperaba el Presidente Trump.

Salud. Más allá de sus diferencias en cuanto al enfrentamiento a la COVID, ambos discutieron sobre la Ley de Atención Acequible (Affordable Caer Act que es el nombre oficial del Obamacare). El presidente no ocultó su intención de abrogarla, asunto que ha cobrado mayor relevancia con la incorporación de la jueza Amy Coney Barrett a la Corte Suprema, pero por más que la moderadora insistió en preguntarle, no quedó claro con qué mecanismos la sustituiría para darle seguro médico a los grupos más vulnerables. En tanto, Joe Biden explicó como pensaba mejorarla.

Inmigración. Llama la atención que este tema no hubiera salido antes en ninguno de los debates entre los candidatos a presidente y vicepresidente de ambos partidos ni en el Cabildo Abierto del 15 de octubre. Lo introdujo la moderadora con una referencia a los 545 niños separados de sus padres. Ahí se produjo un intercambio de recriminaciones mutuas en que ninguno de los dos contrincantes salió bien parado, aunque Biden, al final, reconoció que la forma en que el tema había sido tratado por la administración Obama no fue exitosa.

Justicia criminal y reforma. En este tema, al igual que en el migratorio, tanto Trump como Biden tenían el techo de cristal, aunque obviamente era más obvio el caso del presidente, cuyo manejo de las manifestaciones de Black Lives Matter este año ha sido objeto de muchas críticas. No ha ganado apoyo entre votantes que no sean sus seguidores, el argumento de que las manifestaciones han sido violentas debido al estímulo que han recibido del partido demócrata. Este razonamiento estuvo dirigido a crear el miedo entre los habitantes de los suburbios. Biden tuvo que reconocer que las leyes aprobadas en la década de 1990 con su concurso como senador eran injustas. Trump perdió la oportunidad de aprovechar este lado vulnerable cuando se empeñó en hablar de su persona en términos superlativos, como suele hacer, diciendo que era el presidente que más había hecho por los negros desde Abraham Lincoln y la persona más anti racista en esa sala, lo que obviamente no podía ser cuando se veía claramente que la moderadora es afrodescendiente.

Pero quizás el debate será más recordado por algo que no tenía que ver con las diferencias de políticas y que no pasó. Al parecer la carta que traía Donald Trump bajo la manga para producir el cambio que necesitaba en la dinámica de la campaña era la acusación de que una persona que decía haber estado asociada por negocios con Hunter, el hijo de Joe Biden, Tony Bobulinski, poseía documentación que probaba que ambos, padre e hijo, además del hermano del vicepresidente, James Biden, se habían enriquecido ilegalmente blanqueando fondos de oligarcas rusos.

La idea era que el asunto fuera revelado por el Wall Street Journal. Pero, a contrapelo de ello, Rudy Giuliani, abogado del presidente, había filtrado a The New York Post, parte del imperio noticioso de Ruper Murdoch, el disco duro de una laptop supuestamente propiedad de Hunter Biden en el cual se podía encontrar documentos sensibles sobre sus negocios, muy similares a lo alegado por Bobulinski. Aunque hay quien asegura que esta sórdida historia puede tener algo de verdad, lo cierto es que el Wall Street Journal decidió matar la noticia y no darle credibilidad después de que fuentes de inteligencia norteamericana aseguraron que detrás de las mismas había una campaña de desinformación de los servicios especiales rusos. Trump intentó poner el asunto sobre la mesa, Biden lo negó y no hubo ulteriores repercusiones. Era el libreto del 2016 contra Hillary Clinton, pero no prosperó.

En los 11 días posteriores al debate nada cambió. El rebrote de la pandemia ha continuado; los indicadores económicos mejoraron, pero no lo suficiente; las encuestas siguieron arrojando guarismos iguales o similares; y se alcanzó la cifra de 90 millones de votantes. Los republicanos impusieron la confirmación de la jueza Barrett, lo cual puede impactar en un sentido y otro en los electores, pero resulta difícil determinar en qué magnitud. Sin embargo, con ello abrieron el camino a una posible respuesta demócrata nuclear: reformar y copar la Corte Suprema, como intentó hacer infructuosamente Franklin Delano Roosevelt en la década de los 30 del siglo pasado.

Una reflexión final a 24 horas de las elecciones

Desde principios de año, aún antes de que surgiera la pandemia y el presidente la manejara con tanta superficialidad, estaba claro que no iba a ser fácil su reelección. Recuérdese que en el 2016 lo que hubo, más que una victoria de Donald Trump, fue una derrota de Hillary Clinton y del Partido Demócrata.

En poco menos de cuatro años, el presidente no ha hecho mucho para intentar expandir su base. Y sólo con esta le sería difícil repetir.

Trump ha sido su peor enemigo. Ha pretendido repetir sus tácticas del 2016, cuando era un outsider desafiando a las élites. Este año no lo es. Es el presidente y tiene que defender su ejecutoria, que ha sido particularmente ineficaz en el enfrentamiento a la pandemia.

A estas alturas, su situación electoral es precaria, tanto por lo que indican las encuestas -que no son tan exactas como algunos proponen, pero que tampoco son tan erradas-, como porque no se puede ir por la vida echándose tantos enemigos y cometiendo tantas arbitrariedades y esperar que ello no tenga consecuencias.

Lo que realmente sorprende es que con todo lo que ha hecho, en particular en lo referido a la pandemia, siga teniendo millones de seguidores. Pero esos millones no van a bastar, porque este año va a votar mucha más gente que en cualquier año anterior.

Lo que estamos viendo en Estados Unidos es un fenómeno político excepcional y sin precedentes. No es solo que las elecciones sean cruciales, que lo son. De lo que se trata es que podemos estar en presencia de un momento crítico en que se espera que la clase política acometa las transformaciones que se requieren, o de lo contrario, se acelerará el sobredimensionamiento imperial que existe en el país.

Esta situación ha sido enfocada por muchos intelectuales orgánicos a este capitalismo tardío, pero quizás valga la pena citar lo que dice uno de ellos, David French, analista político conservador republicano, en el primer párrafo de su reciente obra, Divided We Fall: America’s Secession Threat and How to Restore Our Nation:

Es hora de que los norteamericanos tomemos conciencia de una realidad fundamental: no se puede garantizar la continuada unidad de los Estados Unidos de América. En este momento histórico, no hay ni una sola fuerza cultural, religiosa, política o social que trate de unirnos más que de dividirnos. No se puede asumir que una democracia de la envergadura de un continente, multi-étnica, multi-religiosa, pueda mantenerse unida para siempre, y no puede mantenerse unida tampoco si nuestra clase política no es capaz, ni siquiera, de adaptarse a un público norteamericano crecientemente diverso y dividido”.  

Es una gran oportunidad para las fuerzas progresistas en Estados Unidos, que no pueden perder la iniciativa y tienen que presionar a Biden para que abra las puertas a la transformación de esa sociedad. Por las razones que sea, Obama tuvo la oportunidad de hacerlo, pero fracasó en su voluntad transformadora. Los problemas -racismo, inequidad, supresión del voto, guerra cultural, etcétera- se han acumulado y agudizado.

Veremos qué pasará.

Sin hacerme ilusiones, hay una situación política inédita. El otro día, buscando información, me encontré con un video de Angela Davies siendo entrevistada por la reportera estrella de la CNN, Christian Amanpour. Y Angela decía que en su vida nunca había visto un nivel de movilización popular como el que ha visto ahora.

Creo que es el momento de analizar con más profundidad lo que está pasando. No es más de lo mismo, como se ha comentado en algunos medios, incluso en nuestro país.

Y no es lo mismo que gane Trump o que gane Biden, aunque se reconozcan las falencias de este último, que ha sido un político del sistema por más de medio siglo. Pero detrás de Biden y del Partido Demócrata hay suficientes fuerzas de cambio que no podrán ser fácilmente ignoradas.

9 comentarios

Tony 3 noviembre 2020 - 8:00 AM

Hoy, cuando pase lo que tenga que pasar en las elecciones de los EEUU, lo que quedo demostrado, es el gran peso de la poilitica norteamericana en la isla, el regimen cubano, ya no tiene recursos, para sostenerce en el poder en las condiciones actuales, el proceso a sido lento, angustioso, doloroso, pero los resultados estan a la cara, recuerdo cuando me decian aqui, “los exiliados, no cuentan”, ahora los exiliados somos “familiares de GAESA” 🙂 🙂 🙂 , gane quien gane, el exilio continuara machacando el hierro en caliente, hasta que se doble o se rompa. ¡La lucha continua compañeros! 😉 Saludos 🙂 🙂 🙂

Armando Gómez 3 noviembre 2020 - 4:40 PM

Los exiliados son familia de GAESA de puertas hacia fuera,los exiliados no tienen ni voz ni voto y han caido en la trampa con la promesas de Peluquin,parece que no recuerdan que, en los primeros cuatro años Trump se pasó el tiempo mirando un mapa haber si adivinaba donde estaba Cuba.

Juan Antonio Rojas 3 noviembre 2020 - 9:48 AM

Seguramente tocayo Ud estará preparando las maletas.No se confíe mi amigo,quien sabe si alguien,a ultima hora saque una carta,como quien dice,debajo de la manga.Sal….

Juan Antonio Rojas 3 noviembre 2020 - 9:53 AM

No estés tan seguro,tocayo.Quien sabe si a ultima hora ya alguien tiene mas de una carta bajo la manga y lista para virarse y se cambia el juego.Sal…

Alina Lopez 3 noviembre 2020 - 10:07 AM

Muy buen análisis estimado Carlos, maneja mucha información y es amplio en puntos de vista, pero lo mejor de todo, como buen analista político ofrece los suyos sin temor, algo a lo que en Cuba no se acostumbra. Ojalá sigamos contando con usted en LJC.

Tony 3 noviembre 2020 - 11:24 AM

@ Juan Antonio Rojas … Maletas (no hable de la soga en casa del ahorcado), para nada compay! con el covid-19 en su salsa, no he podido viajar desde Febrero, cosa realmente increíble para un trotamundos como yo, maletas siempre tengo listas, pero no para retornar a vivir a una isla que ya nos queda chiquita, a los que hemos triunfado en la vida, a miles de kilómetros de Cuba, el diferendo esta con el regimen cubano que nos oprimió y saco el jugo durante años, ahora, triunfadores en el exterior, le pasamos la cuenta a los abusadores del pueblo cubano, pero retornar, de vacaciones quizás y sin mucho apuro ni entusiasmó, yo vi bastantes miserias en Cuba, no hay necesidad de recrearse en recuerdos desagradables y panoramas de miseria, en mas de una década comentando aquí, los muchachos de LJC, saben algo al seguro, I walk my talk. 🙂 🙂 🙂 Saludos 😉

Observador 2020 3 noviembre 2020 - 11:43 AM

Es una elección trascendental por la confluencia de dos visiones de pais absolutamente distintas, anulando por supuesto la panfletaria imagen de que ambos partidos son similares en el fondo. Lo mas curioso es que la pandemia será un “influencer” casi decisivo, como un convidado de piedra y soy de los que piensa que sin ella Trump hubiera tenido el exito asegurado, aun con su impresentable desempeño como político tradicional. Solo su energía a toda prueba y su relativa indepedencia de los factores de poder pueden garantizarle la reelección, junto a la debil candidatura demócrata y sobre todo el espectro de una vice mas radical llegando al poder. Habra que esperar hasta ultimo momento y no nos puede sorprender cuatro años mas de republicanos en la Casa Blanca

Eva 3 noviembre 2020 - 9:50 PM

Excelente análisis . Gracias por la brillantez de todos los que aquí publican y LJC Por permitirnos leer análisis y textos congruentes sinceros con ética y saber detrás de cada exposición .
Saludos y gratitud para todos los autores y para los comentaristas

https://projects.fivethirtyeight.com/polls/

Manuel* 4 noviembre 2020 - 3:29 AM

Algunos dicen que en el capitalismo da igual quién gane las elecciones porque todos van a defender a la clase dominante. Pero después el dilema está entre Trump y Biden y todo cambia.

En EEUU se vive el mismo drama que en Europa: se está sustituyendo el voto basado en identidad de clase social por el voto basado en identidad cultural y eso lo cambia todo. El siglo XX fue el siglo del choque de clases mientras que el siglo XXI es el siglo de choque de culturas.

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