Por Eduardo

La reacción chilena anda inquieta por estos días. Una fuerza poderosamente telúrica, que hasta ahora no han podido contrarrestar, recorre las calles de las mayores ciudades de Chile, fundamentalmente de Santiago y Valparaíso. La singular explosión energética que aterroriza a los herederos de Pinochet, vive la etapa más pletórica de su prometedora vida. Es una joven mujer de belleza singular, que por si fuera poco proclama orgullosa su membresía en la Unión de Juventudes Comunistas de Chile.

Con su cara de ángel y solo 23 años, se está convirtiendo día a día, en una líder de inmenso arraigo entre las masas estudiantiles, y el pueblo todo de la patria de Bernardo O’Higgins. Responde al nombre de Camila Vallejo y es Presidenta dela Federaciónde Estudiantes dela Universidadde Chile (FECh). La joven graduada de Geografía rompe con algunos de los esquemas ideológicos que las élites de poder latinoamericanas, y sobre todo sus poderosos medios de desinformación tratan de imponer, a fuerza de propalar paradigmas importados fundamentalmente del imperio norteamericano.

El primero de ellos es que los líderes revolucionarios de estos días, siempre serán generalmente personas con un considerable número de años sobre sus costillas, que rumian dolorosamente la derrota ideológica que constituyó la caída del campo socialista europeo, y se aferran a sus arcaicas ideas. Que en un país como Chile, donde el imperialismo implantó una dictadura de las más sangrientas de Latinoamérica, y al cual durante muchos años le convirtieran en la punta de lanza de la implantación del modelo neoliberal en nuestras tierras, surja una líder comunista de solo 23 años, hábil oradora, con una imagen de alto poder mediático, de impacto nacional, y evidente proyección fuera de las fronteras chilenas, los debe tener más que desconcertados.

Por: Harold Cárdenas Lema

«Nuestras controversias parecerán tan raras a las edades futuras,

como las del pasado nos han parecido a nosotros.»

Rousseau

 

En el año 1762 Rousseau publicó El Contrato Social, un texto del que se dice fue incitador de la Revolución Francesa. En este se abordaba la libertad e igualdad de los hombres bajo un Estado instituido por medio de un contrato entre este y las masas. Dicho modelo se ha mantenido hasta la actualidad y en nuestro caso adquiere matices y particularidades que lo hacen digno de análisis.

El contrato se basa en una relación armónica entre la masa humana que conforma al Pueblo y el Estado como ente que ostenta el poder más o menos centralizado. Esta relación siempre estará condicionada por muchos factores, siendo uno de los más importantes la respuesta sistemática a las necesidades sociales y la capacidad de este para trazarse nuevas metas que se cumplan realmente, no que queden en vagos proyectos olvidados por el tiempo. El nivel de gestión de un gobierno también dependerá de la presión popular que se haga sobre este, si se deja al libre albedrío de las personas que ocupan los altos cargos y no se hacen compromisos económicos y políticos específicos que permitan medir los éxitos o fracasos, se corre el peligro de que el Estado de por sentada la fe depositada por el Pueblo.[1] Es entonces cuando los errores se suceden unos a otros con celeridad y surge el peligro de que, independientemente del carácter altruista del Estado y el proyecto que este lidere, las masas pierdan la confianza política en sus líderes.