Por: Randol Peresalas

A un año de su muerte, todavía Rufo Caballero sigue viendo películas. Quienes compartimos con él tantas horas de metraje necesitamos recurrir a esa ilusión. No hay modo de acostumbrarnos a la idea de que el crítico de cine más completo de su generación se pierda lo último de Lars Von Trier o de Almodóvar. En lo personal, prefiero engañarme así. Todavía no me siento preparado para determinar quién es mejor, si Glenn Close o Meryl Streep.

Hijo natural de Cárdenas, trasladó su imaginario a las estrechas calles de Centro Habana. Entre perros callejeros, mulatas insolentes y guapos de esquina, aprendió a hallar la belleza en los rincones más improbables. Su andar pausado y mirada socarrona lo convirtió en una suerte de Lezama Lima, aunque definitivamente más alegre. Como contraste, poseía una agilidad para entenderlo todo que pasmaba al más avisado. Lo digo con conocimiento de causa. Desde la platea de un cine o teatro era capaz de dilucidar, a la velocidad de un relámpago, esas sutilezas que comportan los procesos más complejos: los del arte y los de la vida.

Tal era su espíritu inquieto, su laboriosidad desmedida, que en sus últimos días y probablemente sin ánimos, dedicó unas páginas a la Cuba que tanto veneró. Por todos lados se anunciaban cambios, los rumores dejaban los pasillos y vagaban sueltos, por las esquinas, en las guaguas. Su inteligencia, en cambio, le permitió advertir lo esencial: ningún cambio