Por: Harold Cárdenas Lema

Dejé mi Patria querida hace más de un año ya, por más que me lo propongo, mi herida no cerrará.

Orishas

El tema que voy a tocar hoy es sencillamente desgarrador; encierra en sí dramas familiares, incomprensiones, separaciones indeseadas y muchísima nostalgia, tanto del que se marcha como el que se queda. Durante años se vio al emigrado cubano como un paria, un indeseable o un traidor, incluso cuando las personas se marchaban por reunificación familiar o razones semejantes, si era militante de la juventud o el partido comunista, se efectuaba una reunión entre sus compañeros para rechazar y condenar su actitud “traidora”. El presente es otro, Raúl prometió cambios en el sector migratorio y doy por seguro que los cumplirá, como ha hecho paulatinamente en otros sectores de conflicto de la realidad cubana.

Pero así fue durante muchísimo tiempo, nuestros padres vivieron los sucesos del Mariel, vivieron los numerosos actos de repudio y el rechazo social que sufría quien se marchaba o tenía un familiar fuera. En un currículum de mi padre llegué a encontrar la aclaración siempre necesaria: “tengo familia fuera del país, con los que no tengo NINGÚN LAZO”. Esta situación definió un abismo entre la parte de mi familia que emigró y los que se quedaron en Cuba, se cortó el cordón umbilical y nunca más supimos los unos de los otros. Hubo casos peores, de personas que se marcharon a vivir bajo otra bandera y por ello se les acosaba o sus familiares, luego regresaban en los noventa convertidos en la panacea y tabla salvadora de aquellos que dejaron atrás. Además resulta curioso que muchos de los extremistas que los abuchearon a su salida con el paso del tiempo resultaran ser los oportunistas que luego se marcharan también. Este asunto es demasiado complejo como para analizarlo en tan pocas líneas, pero siempre me he cuestionado qué posición hubiera tomado yo en aquellos años, ahora me parece algo bárbaro el repudio que se le hizo al emigrante pero… ¿hubiera podido yo hacer otra cosa en ese contexto? Confieso que tengo muy poco familiar fuera, pero esta cifra palidece junto a los amigos, grandes amigos, que se marcharon y posiblemente no vuelva a ver jamás.