el cuentapropismo que no importaPor: Harold Cárdenas Lema (harold.cardenas@umcc.cu)

Si algo hemos aprendido en los últimos años es que las transformaciones operadas en el país no han provocado cataclismo alguno. Los hoteles no cerraron por afluencia de cubanos, no hubo crisis inmobiliaria con las casas, los autos no inundaron las carreteras y cuando los cubanos pudieron viajar libremente: no hubo un éxodo. Cada paso ha demostrado que podía haberse hecho desde mucho antes. En estos días se están eliminando en Cuba las pequeñas tiendas particulares que venden ropa a la población, por cualquier ángulo que lo vea no le encuentro lógica al asunto, parece un paso atrás.

Todo comenzó con un discurso de Marino Murillo en la Asamblea Nacional donde dejó entrever que las licencias de sastrería se estaban utilizando para vender ropa importada y eso acabaría pronto. El vicepresidente tenía razón, los locales donde se comercian las prendas foráneas rara vez tienen que ver con sastre alguno y por tanto es legítima la preocupación gubernamental. Pero la solución al asunto no puede ser la usual: botar el sofá por la ventana. No debería ser, pero ya es un hecho. En vez de crear licencias para esa labor o adecuar las ya existentes para que contemple esta nueva realidad, la respuesta ha sido cerrar dichos establecimientos.

Existe un entramado social que depende de estas tiendas,

images (3) Por: Jorge Morales

Según Wikipedia, la información es el conjunto organizado de datos procesados que brindan un mensaje que cambia el estado de conocimiento del sujeto o sistema que recibe dicho mensaje. Está claro que la información nos modifica y nos convierte en personas proactivas con lo que nos rodea, desde ese momento ya estamos ganando.

Siempre he creído que los cubanos debemos conocer con lujo de detalles cómo se gasta y en qué se gasta el dinero público. Si pretendemos tener un país con una base social y socialista que sea cada vez más más justo, cualquiera debe tener el derecho de auditar la información pública, esto no puede quedar relegado solo a las instituciones estatales.

El espíritu de secretismo autoimpuesto debe terminar, su existencia se debe al contexto en el que se ha tenido que mover la Revolución, unas veces más justificado que otras. Primero por la necesidad de sobrevivir en la lucha guerrillera en la Sierra Maestra y luego con el objetivo de esconder lo que hacíamos a nuestros «vecinos» para que no fuera utilizado en nuestra contra. Esta situación nos ha permeado a todos los cubanos de un secretismo muy grande.

Por: Harold Cárdenas Lema

“La sospecha corroe la cabeza mi gente
 pero que no nos coma el corazón
por tantos años de tirar pa´l frente
 entre bloqueos y mala administración”
Buena Fe (π 3,14) 

Cuando yo nacía, la Unión Soviética comenzaba ya a morir lentamente, de un fallecimiento lamentable pero natural (si se tiene en cuenta la magnitud de los errores cometidos y lo tardío del reconocimiento de estos). En fecha tan temprana como el año 1986 ya se veían los síntomas: después de un año en Bulgaria, al llegar a Cuba mi padre sentaba a la familia a la mesa y con toda la seriedad del mundo les aseguraba su convicción en el derrumbe (al menos en las ideas) del socialismo europeo. Siempre me pregunté las razones principales que provocaron la caída soviética; sopesé la corrupción y la burocracia, el divorcio entre el Partido y las masas, etc., y aunque seguramente peque de reduccionista o simplista, al final tuve que resumirlas todas en una sola: la sospecha.

Fue la pérdida de confianza en el proceso y sus líderes lo que provocó el efecto dominó a finales de los 80 y comienzos de los 90. Hace poco tuve la oportunidad de conversar con una persona que vivió precisamente en Bulgaria y otros países del campo socialista durante este período, me expuso sus puntos de vista y su mirada particular al respecto. Mientras me contaba la separación gradual entre el Estado y las masas, provocada por la corrupción y excesos de sus dirigentes; entendía por qué en el imaginario social de esos pueblos se destruían los ideales socialistas.