Solo los pozos se hacen de arriba para abajo y, si no se estudia bien el suelo, a veces, no dan agua.

Por SAYLI SOSA BARCELÓ

En los ya lejanos ´90, mi tía Ana obtuvo la licencia para elaborar alimentos ligeros. Montó un pequeño timbiriche en los bajos del edificio y comenzó a vender refrescos instantáneos, galletas caseras, hasta pizzas. En aquellos días era muy difícil acceder al permiso, las disponibilidades para este tipo de ocupación eran limitadas y casi se concedían de mala gana. Y si por alguna razón la perdías…era mejor olvidarla.

El cuentapropismo entonces se veía, oficialmente, como un mal necesario, al que no debíamos darle tanto margen, porque traía implícito el germen del capitalismo. Solo unas pocas actividades eran legales, mientras el resto de los “trabajos” informales campeaban por su respeto en medio de una economía maltrecha, aislada y bloqueada que, sin embargo, se empecinaba en mantener invariable el mandato social de ofrecer gratuitas, entre otras conquistas,  la educación y la salud.

Tiempo ha pasado desde las aciagas jornadas que buena parte de los cubanos de hoy vivimos y sufrimos, algunos con más secuelas que otros. Y aunque parezca lo contrario, los días que corren  trajeron cambios en cuestiones que se creían esenciales y no lo eran tanto, dejando al descubierto temores y prejuicios que fueron solo eso.

Resulta que uno de los pilares de la actualización