Hay cargos que implican conductas aprendidas y recitadas… artificiales

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Por: Rodolfo Romero Reyes

Son las 12 de la noche. Hace poco más de tres horas que salí del cine y ahora tengo que escribir. Sé de antemano que con este título y sin ser yo experto en crítica cinematográfica, estas líneas se perderán en un mar de artículos que se publicarán en la web a partir del estreno en Cuba de la película Conducta. Aun así, no importa, yo debo escribir.

Debo hacerlo porque desde hace 4 años, desde que me gradué de periodismo, he tenido el placer de conocer bastante bien a 6, 12, 17… 9… ¡44 en total! adolescentes que son como Chala. Quizás por eso algunos amigos me escribieron al móvil, al email, y me insistieron en que fuera de una vez y por todas al cine. Fui hoy, con mi novia que también es del proyecto Escaramujo. El cine Acapulco se me hizo un lugar incómodo y a la vez acogedor.

Al igual que decenas de espectadores vibré con cada frase lapidaria de la maestra Carmela, sobre todo con su tajante respuesta ante la insinuación de que llevaba demasiados años impartiendo clases; me emocioné cuando Chala le respondió al taxista: /Ella no es mi abuela… ojalá lo fuera/; y sentí un apretón en el pecho cuando al final el niño le pregunta a Ignacio: /Asere, ¿de verdad tú eres mi papá?/

La película muestra un mundo que muchos desconocen. Triste, pero cierto. Desde las primeras malas palabras, la indisciplina en el aula, la apuesta por el trompo, el silbido provocado por las curvas de la nueva maestra y los juegos de manos violentos entre amiguitos de la misma escuela, supe que esta película iba en serio. Entonces me metí en un drama del que solo ahora puedo salir, escupiendo estas palabras que espero alguien les encuentre razón o sentido.