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Paradojas de la juventud cubana

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paradojas

El filósofo alemán Ernst Bloch utilizó la palabra “asincronicidad” para referirse a la coexistencia, en un mismo tiempo y una misma sociedad, de diferentes formas de concebir la realidad que se suponen correspondientes a épocas diferentes. Es una categoría que muy bien se podría utilizar para Cuba, donde coexisten a la vez una realidad de Guerra Fría, y un sector de la sociedad que a nivel subjetivo ha dejado atrás ese paradigma, al sentir que este ya no responde a sus necesidades. Esta asincronicidad ha sido bien retratada en una conocida frase, esa de que actualmente hay muchas Cubas dentro de una misma Cuba.

Esta contradicción entre épocas que coexisten se hace especialmente traumática en lo que se refiere a las generaciones más jóvenes. Muchos de sus representantes se sienten ajenos al discurso del socialismo cubano, manifiestan rechazo a la propaganda oficial y buscan refugio en paradigmas de la cultura de masas globalizada y postmoderna. Sin embargo, esto no debería ser leído de forma simplista como un fracaso de la Revolución, o un avance de ideas conservadoras dentro de Cuba. Más bien se trata del resultado lógico de un éxito parcial.

El modelo de socialismo de Estado burocratizado que vio la luz en la URSS, principalmente de la mano de Stalin, ha sido descrito por Isaac Deutscher como un socialismo de analfabetos. Su modelo de sociedad, en el que esta es vista como una gigantesca fábrica en la que los cuadros del Estado dirigen todos los procesos, resultó ser eficaz para sacar a millones de personas de la pobreza, darles educación, etc., pero no para crear sujetos emancipados.

Esto tiene una explicación muy simple: en un primer momento lo que necesita toda persona es un grupo de condiciones mínimas que dignifiquen su vida, un techo, una escuela, un hospital, y cualquier sistema que le garantice eso será perfecto para ella; acto seguido, una vez satisfechas esas necesidades, esa persona querrá ser sujeto de la cultura, de la política, tener voz en las decisiones de la comunidad, y entonces chocará con ese mismo Estado, para el cual ella no debe ir nunca más allá de ser una pasiva estadística.

En Cuba se aplicó una versión del socialismo de estado burocratizado, el socialismo para analfabetos.

La experiencia cubana tuvo menos acento en el productivismo y la disciplina pero la misma pretensión de tutelaje eterno de la sociedad por parte de un Estado paternalista. Como era de esperar, los resultados han sido semejantes. Se ha logrado la hazaña de garantizar servicios sociales para todos durante décadas, lo cual ha permitido que los cubanos seamos como promedio más informados y saludables que la media latinoamericana.

Sin embargo, este modelo de Estado se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo material y espiritual de quienes no están en una situación de precariedad, sino que se encuentran en capacidad para hacer un aporte desde su creatividad, tanto a la economía como a la cultura y la política.

Entonces tenemos la paradoja de que el propio éxito de la Revolución se vuelve en su contra. El Estado, con sus servicios sociales, es el creador de sujetos que entran en contradicción con él. Dicho de otra manera, el mismo Estado al cual los individuos le deben parte de su bienestar, se convierte para estos en fuente de frustración.

Esta contradicción explota de manera particular en los jóvenes, que no vivieron el primer momento de expansión de bienes y garantías sociales, que consideran todo esto como un derecho dado por la naturaleza, y que se encuentran existencialmente en el segundo momento, el del sistema como obstáculo al desarrollo del individuo.

Lo que aquí se ve es el resultado de intentar construir una sociedad superior recurriendo a paradigmas obsoletos. En esta prehistoria del socialismo en la que vivimos, todo se ha querido resolver con paliativos y parches. Tanto el modelo de la gran fábrica como el del Estado-Padre pertenecen a épocas superadas del capitalismo, si no a un pasado más remoto.

Nunca ha existido un modelo de empresa socialista, solo camisas de fuerza administrativas para maniatar el mercado. Estos paliativos que en un primer momento resuelven problemas, se convierten en cascarones vacíos que son barridos por la historia, pues no dan a luz un nuevo principio de realidad.

El ideal marxista de que desaparezca la separación entre el Estado y la sociedad civil ha sido sistemáticamente malinterpretado. La idea original era que el Estado se disolviera en la forma de sociedad civil organizada, y hasta cierto punto se puede afirmar que en los primeros años de la Revolución Cubana la cosa iba por ahí. Sin embargo, desde entonces ha llovido mucho, y la ecuación se ha resuelto a favor del Estado. De un modo macabro, el ideal terminó justificando la petrificación de la sociedad civil bajo un paradigma de lo que es el Estado nada liberador.

Frente a lo que tenemos actualmente, es preferible defender la autonomía de la sociedad civil.

Esto nos lleva a las paradojas de la consciencia en los jóvenes cubanos. No es que en Cuba no haya jóvenes progresistas: por el contrario, tras sesenta años de Revolución Cubana, la mayoría de los jóvenes están de acuerdo con la universalidad de los derechos sociales, el aborto, la igualdad de género, e incluso se manifiestan en contra de las prácticas imperialista en el plano internacional.

La paradoja está en que no ven al Estado cubano como una fuerza progresista, al percibirlo como un obstáculo a su desarrollo individual, tanto económico como espiritual. Incluso a muchos que agradecen los beneficios sociales, les cuesta defender un Estado que tiene prácticas estalinistas, sobre todo en el modo de tratar a críticos y opositores.

Y aquí es donde está la tragedia, porque la Guerra Fría sigue existiendo, aunque algunos no quieran vivir en ella. El bloque de poder que se opone al gobierno cubano, o sea, el de las oligarquías latinoamericanas y la plutocracia norteamericana, es tan reaccionario y fascista que el gobierno cubano aparece como un aliado objetivo, casi una coraza protectora. Muchos no quieren verlo de este modo, porque estas elucubraciones de la geopolítica son algo lejano, y lo que se percibe existencialmente es al Estado como barrera, pero no por ello deja de ser real.

Para los jóvenes cubanos, esos a los que la Revolución ha hecho inteligentes, sanos y preparados, y que son los que se encuentran más representados en las redes sociales, el capitalismo liberal es muy atractivo. Es normal que así sea, porque el liberalismo postula una autonomía de la sociedad civil y del individuo que no encuentran en la sociedad que se ha construido en Cuba. Pero olvidan muchas cosas. Olvidan que no existe ese capitalismo abstracto y hermoso, sino formas reales de capitalismo que pueden ser desastrosas.

Es triste, porque parece que estamos en un proceso indetenible. Una parte importante de la juventud cubana cada vez más abraza los ideales del liberalismo, seducida por plataformas y formas de manipulación de la conciencia, sin darse cuenta de la catástrofe que sería que Cuba se rindiera en su pulso con el capitalismo realmente existente. Y muchos de los que perciben que hay valores positivos en la Revolución Cubana, se encuentran desmoralizados, sin argumentos para defender un Estado que no deja atrás su modelo burocratizado, y que se encuentra por debajo de las expectativas existenciales de toda una generación.

La mayor crisis del socialismo real es su falta de imaginación.

Todas las revoluciones han caído por no ser lo suficientemente radicales. Pero esto nos lleva a otro problema: ¿acaso se le puede exigir imaginación a un Estado que se bate todo el tiempo a la defensiva, entre bloqueos, deudas, desabastecimiento y ahora pandemias? No parece muy realista.

Esto me hace pensar que el bloqueo ha tenido otro impacto deseable para nuestros enemigos: aunque no ha logrado la rendición por hambre, ha sido efectivo en mantener al socialismo cubano como un prehistórico y nada liberador socialismo de guerra. Les basta sentarse a esperar, para ver cómo los mecanismos que creamos para defendernos nos destruyen desde adentro.

Analizar hoy lo que está pasando dentro de la mente de los jóvenes cubanos, equivale a asomarse al futuro. Los tiempos no están como para optimismos, y ninguna solución va a caer del cielo.

Postnormalidad y glocalización

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La amplia y eficaz experiencia criolla en la lucha contra huracanes nubla el entendimiento de muchos sobre qué es la Covid-19 y provoca un falso trasplante de fases. Para algunos meteorólogos-epidemiológicos ya pasamos la etapa de seguimiento (contagio externo), estamos en la alerta (transmisión local limitada) y aún no sabemos si habrá o no alarma nacional (epidemia), la que daría paso –más o menos rápido- a la bienvenida recuperación. Error, nada será así.

Si el ciclón afecta por unos días, esta pandemia lo hará por años, y no pasará por determinados lugares sino que llegará a todos y se quedará después como una endemia más. Cuando esté controlada –sea por inmunidad poblacional o vacunas efectivas- y comience la postnormalidad, casi todo será diferente. El mundo que conocemos habrá cambiado, y Cuba con él.

Todo parece indicar que la globalización dará paso a lo que han llamado glocalización, un ajiaco de globalización con economías locales. La pandemia pone de manifiesto que el mito de la aldea global es endeble, que países y regiones no pueden confiarse en que todos sus problemas se resolverán mediante la producción de algunos bienes y/o servicios para un mercado planetario que los proveerá de todo lo demás.

En pocos meses el sars-cov-2 descoyuntó, no solo varios de los sistemas de salud más sofisticados, sino el funcionamiento del comercio mundial, flujos de capital, migraciones laborales y la industria globalizada. De súbito, el slogan imperante del necesario achicamiento del Estado y sus servicios públicos se vino abajo, y dio paso a reclamos por un rol más fuerte y decisivo del poder central en el aseguramiento colectivo.

Temas tales como: soberanía alimentaria, industrias nacionales, mercado interno, y estímulo a la producción local en detrimento de lo importado, se esparcieron por todo el mundo. Mientras cerraban miles de negocios, millones de obreros eran desempleados y los trabajadores informales se quedaban sin sustento, los gobiernos se debaten entre dos opciones contrapuestas: mantener el distanciamiento físico para salvar una mayor cantidad de vidas, o reabrir la economía para evitar la bancarrota y una crisis económica global quizás peor que la pandemia.

Cosas que el establishment global aceptaba a regañadientes, como criptomonedas, energías renovables, salud pública, gobernanza digital y ciudadanía en red, pasan al discurso de políticos y parlamentos de cualquier signo como si nada. Mayorías que clamaban por sus derechos amenazados por los Big Brothers, aceptan la vigilancia digital epidemiológica más rigurosa ?vía móvil/cámaras/internet? como una bendición de Dios. Las criticadas experiencias china, coreana y de Singapur en el monitoreo de la ciudadanía, son copiadas y perfeccionadas por Europa, Rusia y USA.

Mientras, en Cuba la Covid-19 nos cambia la vida aceleradamente. Si el comercio en línea apenas había llegado hace par de meses, de pronto se anuncia como la más reciente novedad nacional. Plataformas como tuenvío.cu aún prometen más de lo que cumplen, pero ya existen como alternativa cómoda para los que pueden y tienen cómo usarla. En muchos lugares, los trabajadores por cuenta propia (TCP) –y sus clones de la economía sumergida? se las arreglan para montar sistemas locales y barriales de venta a domicilio mediante redes sociales, para bien de muchos. Y en primerísimo lugar, de nuestra querida ETECSA.

La producción local de los campesinos, TCP y las innombradas pero existentes micros, macro y medianas empresas son reconocidas en los medios nacionales y territoriales –¡hasta en el NTV!? por su aporte a los consumidores en cuarentena. Propaganda política y publicidad comercial se unen para el bien de todos.

El papel de los municipios y sus gobiernos locales se agiganta, mientras se contrae el de los provinciales. La presencia de ministros y otros ejecutivos nacionales en los medios muestra públicamente quién es quién, a pesar de preguntas sosas y la benevolente actitud de los periodistas. Vecinos y emprendedores, artistas y cacharreros, policías y bandidos, adquieren relevancia nacional. ¡La glocalización cubana ha echado a andar!

Los contrarios

contrarios
extremismo-politico

Nací tras el triunfo de la Revolución y viví siempre en Cuba. La educación que recibí fue conductista y autoritaria, centrada en verdades absolutas y poco abierta al diálogo y la negociación. Estudié Marxismo-Leninismo y la variante manualística no ayudó a mejorar ese condicionamiento de base.

Los medios de comunicación también hicieron lo suyo al favorecer una visión restringida y excluyente que impide todavía hoy una apertura a todas las zonas de ideología, que no admite la polémica, la contrastación de ideas y la diversidad de pareceres, ni siquiera en un marco de discusiones pro-socialistas.

El sistema político, con su Partido único y su culto a la disciplina y la unanimidad, ha promovido en el imaginario social cubano la tendencia a no respetar, aceptar o tolerar siquiera lo diferente. Una persona que se aparte de lo considerado políticamente correcto es ya un enemigo en potencia.

Presenciamos hoy un grave conflicto entre la situación que acabo de describir y la posibilidad real que ofrecen los medios digitales para que la ciudadanía en Cuba pueda difundir con libertad sus opiniones políticas y proponer alternativas. Pero la libertad de expresarse debe contener también el reconocimiento a la diferencia.

La libertad de expresión no debe ser para mí, sino para todos.

Durante algún tiempo pensé que esta especie de prepotencia y autoritarismo  era algo natural; propio de nuestra idiosincrasia. El acercamiento a la historia de las ideas me mostró otra realidad.

Ser comunista en Cuba fue peligroso en el pasado. El Partido, fundado en 1925, estuvo ilegalizado hasta 1938. En el intervalo, muchos intelectuales que no eran ni remotamente partidarios de esa ideología, como Fernando Ortiz, entendía que aquí se debía hacer como EE.UU., donde: «en el corazón de Wall Street le ofrecen a uno unos señores elegantemente vestidos copiosa literatura comunista». Juan Marinello, aun sin ser miembro del Partido, en carta a Navarro Luna del 15 de febrero de 1931 le decía: «Eso se hace a la vista de capitalistas y guardianes del orden capitalista, pero a nadie se molesta por eso. ¿Y no sería lo interesante al cubano de ideas comunistas, que ese mínimum de posibilidad se diera en nuestra tierra? ».[1]

La legalización del Partido en Cuba abrió enormes posibilidades para sus miembros, que llegaron a formar parte del Senado y la Cámara durante doce años (1940-1952). Ahora se invertían los términos, pues desde 1947 hasta 1957, fueron los comunistas norteamericanos y sus simpatizantes quienes vivieron un verdadero calvario. El solo hecho de una posición ideológica afín al comunismo era motivo para ser interrogados, expulsados de los centros de trabajo o estudio y encarcelados. Las personas eran obligadas a declarar ante una Comisión para las actividades comunistas, lo que contradecía la primera enmienda de la Constitución norteamericana que proclama la libertad de pensamiento, expresión y asociación.

Mientras en el Norte se les perseguía, aquí los comunistas tenían un diario, una revista, una editorial, una librería, una agencia de viajes… y aunque tuvieron que sufrir los embates de la Guerra Fría jamás se llegó a los extremos antidemocráticos que se vivieron en el vecino país.

Los extremismos en el ámbito de la política no son atribuibles a una ideología específica, responden a carencias cívicas. A las tensiones actuales que se manifiestan dentro de Cuba, se suman las posturas de algunos actores de su emigración, con semejante nivel de revanchismo y absolutismo. Son perspectivas tan extremas que llegan a acercarse. Ambas se creen únicas dueñas de la verdad, ambas reclaman para sí la razón y la autenticidad.

Somos testigos hoy de un campeonato de intolerancia entre las dos orillas.

Si al interior de Cuba se firman decretos-leyes que desconocen la Constitución y permiten multar o encarcelar a los ciudadanos por manifestar críticas y denuncias o, en el mejor de los casos, se les ofende burdamente en las redes sociales; entre algunos sectores de la emigración se impulsan ajustes de cuentas y se induce una cacería de brujas que recuerda al macartismo en sus peores momentos, aderezado con la experiencia de un reality show.

Política en tiempo de reguetón, que olvida que el irrespeto al pensar diferente es tan reprochable aquí como allá. Que si queremos que aquí se permita la libertad de pensamiento, palabra y expresión tendrían que empezar por dar ejemplo de ella. ¿Qué ofrecen a cambio de intolerancia y extremismo? ¿Más intolerancia y extremismo? No, gracias, prefiero luchar por cambiar mis circunstancias activamente pero sin mirar al otro lado del mar. Esa no será nunca una solución verdadera.

[1] Ana Suárez Díaz: Cada tiempo trae una faena… (Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta 1923-1940), Editorial José Martí, La Habana, 2004, p. 231.

Tres preguntas cardinales sobre el bloqueo

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Foto: @GlobalNewsArt via Twenty20

Calificado por las autoridades cubanas como “bloqueo económico” y por los gobernantes estadounidenses como “embargo”, esta anomalía de las relaciones bilaterales entre ambas naciones nació como medio de presión para liquidar la Revolución del 1ro. de enero de 1959. Y era explicable, una nación como Estados Unidos, primera potencia mundial, no podía permitir, por lo menos en su área de influencia más cercana, la aparición de un electrón libre que, además de escapar de su redil, pudiera infectar o servir de ejemplo a otros países dañando sus intereses. Por eso, mucho antes de las nacionalizaciones de octubre de 1960; las cuales, directamente expropiaron gruesos intereses empresariales norteamericanos en la isla, los norteños tomaron el camino directo de la presión económica para ahogar una isla atada a ellos en este sector desde finales del siglo XIX.

Hubiera sido muy difícil a Cuba resistir la montaña que se le venía encima de no contar con el apoyo brindado por la URSS, apoyo que -preciso es reconocerlo-, pretendía, además de la solidaridad internacionalista, extender el área de influencia socialista al clavar una pica a 90 millas de su adversario más recio. Y fue este apoyo, junto con la aplicación de una política de justicia social, efectiva gestión de control ciudadano y una proyección humanista internacional, la que hizo posible que la resistencia insular pareciera un remedo del relato bíblico de David contra Goliat; pues, cuando implosiona la URSS y el sistema socialista que esta aupaba, la mayor de las Antillas siguió moviéndose a su aire y resistiendo la fuerza de gravedad generada por Estados Unidos. Sin embargo, las reglas habían cambiado y ya no podía gobernarse como antes; entonces, hacia adentro, comienza un lento proceso de “democratización” que tendría su culmen teórico cuando en el 2000 Fidel Castro señala en su concepto de Revolución que esta es, entre otras cosas: libertad y justicia plena para todos; o sea, incorpora a la teoría de la Revolución Social un concepto que hasta ese momento resultaba herético -por lo menos el de la libertad plena- para el canon marxista ortodoxo implementado en la ex-Unión Soviética y el desaparecido campo socialista.

En el plano externo, con la terminación de las misiones marciales en África, la política exterior cubana tomará vuelo extraordinario, ahora no serán militares; sino, envío de médicos, maestros, constructores, artistas y deportistas. Esta diplomacia humanista resultó efectiva en un mundo interconectado y realmente necesitado de edificadores y no de soldados. El in-crescendo de los votos en la ONU a favor de Cuba y en contra del bloqueo desde 1992 demostraron el acierto de dicha diplomacia y el aislamiento, en ese sentido, de EUA. Pero las cosas no cambiaron solo para Cuba, también lo hicieron para USA. La oleada progresista que invadió América Latina en la primera década del presente siglo y plantó cara a la exclusión cubana, la elección de un afronorteamericano para dirigir los destinos estadounidenses y un Papa argentino, convergieron cual triángulo equilátero para cambiar el rumbo de la política norteña, no por generosidad y si por sentido común; pues, como decía Einstein, resulta locura querer obtener resultados diferentes si se sigue haciendo lo mismo. La mayoría de los cubanos vieron con buenos ojos los cambios acaecidos, a fin de cuentas, una normalización de las relaciones con Estados Unidos era deseada desde inicios de la década de 1990; en tanto, hasta esa fecha, el impacto del bloqueo era mitigado en gran medida por el apoyo soviético; empero, a partir de la desaparición del aliado socialista, la isla quedó, desde el punta de vista económico, al pairo.

La realidad que comienza a vivirse en Cuba a partir del 17 de diciembre de 2014 contribuye a generar una visión diferente, especialmente en el soberano, sobre el gobierno estadounidense. Claro, a toda acción corresponde una reacción y si aumentan las remesas, se abre la embajada, se facilitan los viajes, crecen las visas, llegan los turistas, mejoran las comunicaciones y se produce un aflojamiento de las tensiones, “los yanquis no son tan malos”. En las estructuras de poder y sus voceros se perciben dos tendencias, una que ve con más preocupación que beneficio el acercamiento porque el cambio de política tiene para ellos, como objetivo indirecto, la destrucción de la Revolución por otros medios, dedicándose entonces a descalificar a aquellos que aplauden la distensión y critican los errores de la construcción social cubana como elemento real de la erosión ideológica, espiritual y sentimental en el proyecto de vida  insular. Otra, aunque no dejaba de reconocer los riesgos, acepta el reto porque sabe que se puede convivir respetando diferencias y entiende que nunca hubo buena guerra.

Un giro de 180 grados se produce en 2016 con la elección presidencial de Donald Trump, negociante, no político; quien, anula casi todo logrado por su antecesor y vuelve a llevar las relaciones al áspero estado anterior. Para lograrlo, el actual mandatario norteamericano echa mano a las herramientas que le brinda el bloqueo y es aquí donde resulta preciso evaluar, aunque sea brevemente, el tema a través de tres preguntas:

1.-¿Puede el bloqueo norteamericano hacer cambiar el sistema socio-político de Cuba?

En realidad comenzó a sentirse con fuerza hace 30 años y aunque la solidaridad de gobiernos de Latinoamérica al día de hoy ha disminuido por la inclinación de algunos hacia la derecha y las presiones estadounidenses, la diversificación de las relaciones con otros países y la incorporación de nuevos mecanismos económicos, pone la nación en mejores condiciones para sortear presiones, mientras su sostenida política exterior de solidaridad le sigue granjeando amigos y buena voluntad. El número de países que le apoyaron en la última votación de la ONU (183) lo hace sentirse acompañado y da sostén moral a la resistencia, especialmente al gobierno. El valor pedagógico de esta resistencia es una carta exhibida por Cuba a los cuatro vientos y no sin razón, más de diez administraciones no han podido hacerle variar el rumbo y, si le ha dado resultado, seguirá haciéndolo.

2.-¿El bloqueo afecta más al gobierno y partido cubanos que al pueblo?

En todo tiempo, lugar y sistema, quienes detentan el poder están en mejores condiciones de sortear problemas y dificultades diarias. No obstante, y más allá de una idea de servicio al pueblo, la dirigencia cubana sabe que la práctica y tolerancia de los actos de corrupción, imposibles de ocultar en una época como la actual, resultan más peligrosos que los marines, puesto que restarían credibilidad y confianza a su gestión otorgando razón a sus adversarios políticos. No es que no haya, es que no son tan groseros, ni estimulados y como la distribución de la riqueza se hace a través de productos y servicios, la mayor parte de ellos subsidiados, el peso de las carencias cae sobre la población, no sobre el grupo dirigente; el cual, no se cansa de decirlo y más importante que ello, demostrarlo. Es difícil, muy difícil creer en la buena voluntad y deseos de un gobernante de traer libertad y progreso a un país cuando en medio de una pandemia le niega medios y recursos para obtener medicamentos y salvar vidas. Desde los evangelios se dice que los hombres, como los árboles, se conocerán por sus frutos.

3.-¿Es el bloqueo, como dice el gobierno cubano, el principal obstáculo al desarrollo cubano?

Los hechos, los obstinados hechos, parecen darle la razón al gobierno cubano; pues, cuando en virtud del bloqueo no se pueden obtener medicamentos, materias primas, equipamientos o acceder a fuentes de financiamiento, cuando se amedrentan inversores o es preciso buscar los elementos para sostener el país en sitios alejados encareciendo su precio, nadie, en su sano juicio, podría argumentar que el bloqueo no es rémora ni obstáculo al desarrollo del país. Finalmente, el bloqueo no solo entorpece el desarrollo económico y social; también el democrático del país; pues, en la medida que privan al país de recursos, le ofrece en bandeja de plata a los extremistas de izquierda, a los intolerantes, a los que no hacen bien su trabajo, a los que viven del puesto y a los negligentes los argumentos que necesitan para barrer bajo la alfombra sus falencias y responsabilizar al bloqueo de sus yerros. El bloqueo debilita la labor cívica del pensamiento honrado y la denuncia ciudadana porque es muy complicado, estando en una misma trinchera, denunciar a quien robó tres litros de aceite o cinco libras de harina, de los cuales, a lo mejor, te da uno del primero y dos libras de la última, cuando el que está enfrente y dice ser amigo, niega medicinas al herido, comida al hambriento y medios para el progreso humano.

El activista de El Nuevo Herald

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En lo que concierne a Cuba, la prensa de Estados Unidos puede ser bipolar. Lo mismo profundiza un día en aspectos cruciales de la realidad cubana, que al siguiente publican textos políticamente parcializados. En su plantilla coexisten periodistas y activistas, aunque todos se presentan como lo primero.

Ayer un texto publicado en El Nuevo Herald sugirió que La Joven Cuba es un medio subordinado al gobierno de la isla y que su editor Harold Cárdenas Lema realiza activismo en Estados Unidos. Minutos después, Cárdenas le respondió al autor del texto: Mario J. Pentón dice que La Joven Cuba es una “revista a favor del gobierno cubano” y me llama activista. No Pentón, soy analista con una maestría en Columbia, el activista eres tú. Yo he criticado y elogiado al gobierno cubano y el estadounidense cuando les toca, eso es análisis. Lo que tú haces en El Nuevo Herald, de criticar exclusivamente a uno y elogiar exclusivamente al otro, eso sí es activismo. Y mediocre.

Desde La Joven Cuba queremos recordarle al periódico estadounidense, que en fechas recientes ha replicado artículos de esta revista “pro-gobierno cubano”, lo que nos deja con muchas preguntas sobre su línea editorial. Los medios radicados en la Florida durante la administración Trump, deben ser cautos en no ser cómplices de las agendas que fomentan el odio entre cubanos y la radicalización política de los migrantes que llegan al país.

No está de más sugerirle a El Nuevo Herald que cuide más que las preferencias políticas de sus periodistas no superen sus estándares profesionales. Y en el caso de un activista como este, que con sus textos hace favores a la política de sanciones a Cuba y cambio de régimen político en la isla, que le brinde un curso de superación con motivo del Día Internacional del Trabajo. Este defensor de la libertad conservadora y anticomunista profesional, persiguiendo a quienes tienen ideas independientes de ambos gobiernos, parece más miembro de la PNR de Miami y coordinador de un CDR en Hialeah, que periodista. Porque es sólo eso, un activista.

Bicho malo

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Foto: @Nodar via Twenty20

No hay dudas de que estamos viviendo un momento trascendental con esto del virus coronado. Todo el mundo se equivoca y acierta mientras muchos se afanan por encontrar soluciones. No dudo de sus buenas intenciones.

Hace días apareció en YouTube un cubano de Miami dando la solución preventivo-curativa para el Covid-19: ponga en el microwave por 5 minutos una taza de agua con un limón picado y tres aspirinas; bébase una taza diaria y estará curado e inmune. Otra youtubera latina, tenía una solución más mística: abra la Biblia por la mitad, encontrará un pelo. Hiérvalo en un caldero con agua y tome abundante de ese líquido. Abrí mi Biblia y no encontré el pelito salvador. ¿Será que estoy condenado? No sé qué castigo espera a los ateos, tal vez sea la hora.

Nosotros, que tanto bien estamos haciendo, también tuvimos una embarrada con el Prevengho-Vir que nos costó algunos cocotazos. Y en esta línea salvadora Donald Trump recomendaba desinfectante y luz ultravioleta, por dentro del cuerpo, enfatizó en un tremendous effort para resolver este problema que lo trae tan disgustado. Después que le cayó el mundo encima dijo que era en broma, pero no lo aclaró en el momento y ya los servicios de toxicología comienzan a recibir víctimas con el esófago en flecos, pero libres de Covid. Bicho malo.

Hablando pues de bichos, nos inclinamos a pensar que este coronavirus es un bicho malo por el daño que nos hace, pero atención, tiene muchos matices. Para empezar, un virus es apenas un bicho. Mucho se discute sobre si son o no seres vivos. Se reproducen si, pero solo dentro de otras células utilizando la maquinaria celular de replicación de otro. Porque los viruses no tienen organitos celulares ni metabolismo.

Son una carta molecular de ADN o ARN dentro de una botella proteica. Si alguien la encuentra y abre la botella está perdido, condenado a copiar hasta la muerte por agotamiento el mensaje de la botella. Si no, el “bicho” se desarma en poco tiempo. Evito decir muere porque solo puede morir lo que está vivo.

Eso por un lado. Por el otro lado su maldad. Es malo, claro que sí, es malo para nosotros por el daño que nos ocasiona, pero eso no significa que sea un ente perverso con la intención de matarnos. Los virus y bacterias no tienen intención. Son seres que se reproducen solo porque pueden hacerlo y si tienen condiciones para ello.

Solo actúan INTENCIONALMENTE los seres que tienen conciencia de sí mismos, es decir, nosotros. Los seres humanos y solo nosotros concebimos escalas de valor ético para juzgar nuestras acciones: solo ahí caben las etiquetas de bueno o malo. Y si miramos los resultados de nuestra presencia en el planeta debemos reconocer que de todos los bichos con quienes lo compartimos, somos el peor. Bicho malo.

Cuba vista por un socialista democrático

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Foto: @451Photo via Twenty20

Recientemente hubo un supuesto escándalo en la primaria del Partido Demócrata de Estados Unidos. El asunto eran los comentarios de Bernie Sanders, el candidato socialdemócrata, con respecto a Cuba. En un programa importante, el presentador recordó que en los años ochenta Sanders observó que Fidel Castro “le dio educación a los niños y atención médica a la gente de Cuba.” Por supuesto, aludiendo a estos antiguos comentarios de Bernie, el presentador quería insinuar que este tenía tendencias autoritarias preocupantes.

El intercambio entre ellos es esclarecedor al respecto. Sanders dijo que “estamos muy opuestos a la naturaleza autoritaria de [l régimen de] Cuba” pero notó a la vez que “cuando Fidel Castro asumió su cargo… tuvo un programa de alfabetización masiva” y “es injusto decir que todo está mal” en Cuba. Su interlocutor respondió que hay “muchos disidentes encarcelados”. Sanders contestó rotundamente: “Eso es cierto. Y lo condenamos.” No obstante, hubo numerosos artículos críticos cuestionando la relación entre Sanders y el autoritarismo.

Como nos muestra el diálogo anterior, el discurso convencional sobre política exterior en los Estados Unidos es lamentablemente simplista. La corriente principal tiende a generalizar sobre Cuba, tratando el régimen actual como un mal absoluto e ignorando el papel problemático que los EE.UU. han desempeñado en la historia del país. Además, por lo general, al público estadounidense le falta muchísimo conocimiento de hechos básicos sobre nuestros vecinos de Latinoamérica y el comportamiento despreciable de los Estados Unidos en el hemisferio.

No existe ningún consenso entre los ciudadanos estadounidenses sobre Cuba.

Por esta razón, lo siguiente solo refleja el punto de vista de un segmento de la izquierda estadounidense, un intento de apreciar la complejidad de la situación existente y dar cuenta de las dificultades que impiden que realicemos un análisis verdaderamente justo.

Desde el punto de vista de un socialista democrático, la historia humana hasta ahora ha sido una larga cadena de decepciones. En países capitalistas, las grandes empresas dominan el proceso político, crean enormes desigualdades económicas y frustran la posibilidad de una democracia genuina, obstaculizando cada avance hacia la justicia para preservar sus ganancias y aumentar su poder.

Algunos países capitalistas—particularmente los escandinavos—son más humanos y tienen beneficios sociales generosos; algunos menos. Otros países capitalistas tienen democracia formal y libertad de expresión; algunos son autoritarios y represivos políticamente. Pero al final, incluso en los países más socialdemócratas, el control se queda en las manos de una pequeña élite.

Por otro lado, en países supuestamente “socialistas” la adopción de una retórica socialista, el vocabulario de la lucha de clases y algunas medidas económicas asociadas al socialismo, ha venido de la mano con la imposición de medidas autoritarias que pisotean derechos humanos fundamentales, en particular la libertad de expresión y el derecho a asociarse libremente, incluso en sindicatos que no estén controlados por el gobierno. Sin embargo, en muchos casos, aunque sean autoritarios, estos países han tenido cierto éxito en mejorar las condiciones materiales de su gente, a veces de una manera sorprendente.

La simpatía con los logros económicos y sociales de estos regímenes, incompletos pero encomiables, acompañados por sus historias de antiimperialismo, crea una tentación para la izquierda: apoyar estos regímenes incondicionalmente, sin indagar en sus violaciones de libertades individuales fundamentales. Pero la razón por ser socialista demócratico en primer lugar es una creencia profunda en la necesidad de liberar las posibilidades de cada individuo.

A los socialistas democráticos nos importan el cuerpo y el alma a la vez: valoramos el bienestar material pero también la salud cultural y espiritual. Así que la democracia formal sí es requisito para la creación de una sociedad socialista de verdad. Regímenes que se identifican socialista pero no respetan los principios de democracia formal, faltan al espíritu de un proyecto socialista.

Todo esto tiene mucho que ver con la cuestión de cómo analizar la situación cubana. Tenemos que considerar la larga y trágica historia del colonialismo estadounidense en Cuba; incluyendo la Guerra Hispano-Americana, las tres ocupaciones militares, el plattismo, el establecimiento de la base militar en Guantánamo, la invasión de la Bahía de Cochinos y otras manifestaciones de interferencia imperialista.

También debemos tener en cuenta la influencia que el bloqueo y marginalización de Cuba en el escenario internacional ha ejercido en su desarrollo económico y social, incluso en algunas características del régimen actual. El sentimiento de estar rodeado por una superpotencia hostil tiene que ser un factor en el análisis. También los efectos extremadamente perjudiciales del bloqueo estadounidense en la calidad de vida de los cubanos.

Con razón, el bloqueo ha estado condenado por las Naciones Unidas anualmente desde 1992.

El régimen de Fulgencio Batista fue atroz y corrupto. Cuba necesitaba un cambio drástico para liberar a su gente de la pobreza grotesca, la dominación corporativa y neoimperialista, y una represión feroz. El inicio de la Revolución y algunos pasos como la reforma agraria, la revisión comprensiva del sistema educativo, la protección de recursos naturales, la institución de un sistema de atención médica universal, y la adopción de medidas antirracistas y antisexistas, incluso la legalización y provisión de abortos, definitivamente eran beneficiosos.

Aunque las estadísticas oficiales no necesariamente son confiables, al parecer han tenido resultados impresionantes: la calidad de atención médica, la tasa de alfabetismo, el nivel de biodiversidad e integridad de la naturaleza, y la representación política de las mujeres son innegablemente mejores que antes de la revolución, especialmente en comparación a otros países de Latinoamérica y el Caribe (por ejemplo, Haití, la República Dominicana, y Guatemala). Adicionalmente, Cuba ha mandado médicos a muchos otros países en desarrollo y ha jugado un papel extraordinario en respuestas internacionales a varios desastres y en el campo de salud mundial.

Sin embargo, el defecto fatal que ha ensombrecido la sociedad posrevolucionaria desde su comienzo ha sido la ausencia de democracia auténtica y el abuso de poder. La disolución de los partidos políticos excepto el Partido Comunista, la persecución de otros revolucionarios, la institución de Comités de Defensa de la Revolución, la consolidación del control gubernamental sobre los sindicatos, la detención y hostigamiento de periodistas y opositores políticos, así como el encarcelamiento y ejecución de disidentes después del derrocamiento del régimen de Batista, pusieron fin al sueño de una sociedad democrática por completo después de la Revolución.

El socialismo se debe basar en la responsibilidad pública y la distribución igual del poder decisorio en todos los niveles de la sociedad, ni jerarquía vertical ni impunidad. La centralización de poder en órganos estatales sin mecanismos bien definidos para responsabilizar al Estado, así como una planificación económica sin que los trabajadores y ciudadanos puedan participar y tomar decisiones juntos, no son medidas socialistas, sino medidas de corporativismo. Una revolución exitosa no necesita violencia ni vigilancia para seguir viva y segura, y un buen sistema de gerencia económica requiere que la gente participe activamente.

Ahora, medio siglo después de la Revolución, hay la oportunidad de facilitar cambios positivos en Cuba, mientras la isla preserva y amplía sus considerables logros en atención médica, educación, y servicios sociales. Las libertades de expresión, de prensa y competencia política abierta, son imprescindibles para que los cubanos avancen. El autoritarismo no es la expresión de los deseos originales del pueblo cubano, y como tal, es hora de empezar un nuevo capítulo en su historia.

Para ayudar a Cuba, EE.UU. tiene que poner fin al bloqueo y normalizar relaciones cuanto antes.

Esto no es decir que Cuba debería adoptar ningún “consenso de Washington.” Encontrar el equilibrio perfecto entre la planificación y el mercado es indudablemente difícil. Las recientes acciones del gobierno cubano para aumentar el papel del mercado en la economía parecen necesarias, ya que el balance antes parecía inclinado demasiado en la dirección del control estatal. Es preciso que las reformas hacia la liberalización de ciertos sectores económicos no resulte en un aumento innecesario de la desigualdad económica, ni en el resurgimiento de la explotación por parte de las multinacionales, ni en la contaminación del medioambiente.

Los problemas graves que el mundo enfrenta actualmente exigen cooperación y solidaridad, y la lucha por justicia social no tiene fronteras. Si Cuba puede demostrar de manera definitiva su compromiso con la libertad de expresión plena y el debate abierto, facilitaría el establecimiento de relaciones más amistosas entre nuestros países, particularmente si el Partido Demócrata triunfa en las elecciones de noviembre. De todos modos, aun si Trump gana otra vez y el bloqueo sigue en pie, intentar cumplir la promesa de un socialismo no autoritario vale la pena y serviría como un ejemplo para el resto del mundo.

La vida en la postnormalidad

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postnormalidad
Foto: @9_fingers_ via Twenty20

La Covid-19 ha de cambiar nuestra forma de ver la vida y la muerte. Un pueblo alegre, solidario y alejado del tema por razones culturales, se estremece cuando seis de sus miembros mueren por la epidemia en una jornada, pero en el mundo mueren de hambre 6000 infantes en ese lapsus, y no pasa nada. En la Isla, cada día “normal” del 2018 falleció una media de 291 compatriotas por diversas causas. Solo por influenza y neumonía –cuarta causa de muerte? lo hicieron 8248, 22 por día.[1]

Claro que lo importante para todos en este momento es respetar el aislamiento para evitar la explosión del contagio y que vayan a colapsar los servicios de cuidados intensivos, con su triste corolario de muertes evitables. Pero, cuando esto pase, sería bueno que hiciéramos una relectura de nuestros conocimientos, puntos de vista y valores sobre la vida y la muerte, la cuestión más importante para los seres humanos desde que Zeus nos la impuso como castigo por aceptar  el fuego que el generoso Prometeo nos había obsequiado.

Cuando muchos sueñan con regresar a la normalidad yo me digo: “No, la normalidad no funcionaba. Ella fue la causa del problema”.

En primer lugar, porque si el virus viene de los animales salvajes, como afirman la OMS y la mayoría de los científicos, fue la explotación desmedida del planeta la que, al destruir cada vez más terreno virgen, puso en contacto directo a la fauna silvestre con personas que la compran habitualmente para comer. Por eso existen esos infectos mercados populares en China y otras regiones de Asia, África y América Latina, adonde acuden los proletarios ante la falta de dinero para comprarse una alimentación adecuada.

Las hermosas imágenes de mares y ríos transparentes, animales creídos extintos que reaparecen, y otros silvestres que inundan los espacios temporalmente vacíos de personas en campos y ciudades, en lugar de parecernos regalos de Dios para embellecer nuestro temporal encierro, nos debían llenar de vergüenza y hacernos meditar largamente. Mientras muchos disfrutamos de verlos, otros engrasan sus fusiles y afilan sus arpones para la fácil matanza que harán el día que puedan caer sobre los desprevenidos animales.

¡Cuanta razón tenían los ecologistas y defensores de la permacultura y que mal los hemos tratado! ¡Cuánto nos reímos de ellos, tildándolos de irresponsables, retrógrados y ecoanarquistas, ante sus reclamos de salvar el planeta! ¡Gloria a las “locas” distopías de la ciencia ficción que nos prepararon para lo que venía mucho mejor que los gobiernos! En Cuba, nos alcanzó el sars-cov-2 sin haber avanzado lo suficiente en la reforma del modelo.

Ahora surge la pregunta clave: ¿hay que congelar las reformas y continuar con los viejos métodos –si es eso posible aún?, o hay que seguir adelante a marchas forzadas y hacer en tiempos de pandemia lo que se podía haber hecho en la normalidad?

Ahora, las cosas se tornan más claras para tirios y troyanos: el sistema primario de salud, los grandes centros de investigación y sus colectivos de científicos y la industria biofarmacéutica, frutos del alto grado de socialización socialista que permite la propiedad estatal, son las grandes fortalezas que el pueblo agradece y la mayor parte del mundo admira. Pero, la agricultura estancada, el desbarajuste de acopio, la industria minimizada y la escasez sempiterna de los mercados populares, se muestran incapaces de hacer frente a las demandas de una población en cuarentena.

Durante décadas se han escrito artículos, ensayos y libros enteros llenos de propuestas viables para dar solución a esos problemas mediante el fomento de la autogestión empresarial, cooperativas en diferentes sectores, fomento de las pymes y una reforma general de la circulación monetario-mercantil que facilite el funcionamiento económico. Están engavetados casi todos, sometidos a lo que Engels llamara con sorna: “la crítica demoledora de los roedores”.

Espero que esta crisis vírica nos lleve a acelerar las reformas y alcanzar un estadio superior en el funcionamiento del modelo cubano. No: “regresar a la normalidad”, sino alcanzar un estado de postnormalidad que permita superar la época de las inversiones inexplicables, la gobernanza por decretos, la televisión feliz y la soberbia burocrática. ¡Si hasta el planeta parece resetearse al paso de la Covid-19 y se habla de un inevitable reacomodo de las potencias y sus esferas de influencia global, es lícito pensar que en Cuba también se harán las cosas de otra forma!

Espero que novedades como: el teletrabajo, la relación más directa del productor agropecuario con los mercados, el “descubrimiento” oficial de que no se puede tratar por igual a proletarios y burgueses como TCP, el poder de las redes sociales, y la revalorización del lugar que ocupan los científicos, artistas y el personal de servicios en la sociedad, formen parte habitual de la vida en la postnormalidad.

También, que mirar la muerte a los ojos es parte del día a día y prepararse para ella ha de ser parte de la vida desde la niñez. Por eso hay que facilitarle oportunidades a la gente para lograr la mayor cuota de prosperidad y felicidad posible en el breve lapsus de sus vidas, no en un futuro incierto cuyo horizonte se aleja cada vez más.

[1] Anuario Estadístico de Cuba 2019, Cuadros 3.15: “Defunciones por edades quinquenales y sexo”, 19.18: “Tasas de las principales causas de muerte”; Anuario Estadístico de Salud de Cuba 2018: Cuadro 19: “Mortalidad según primeras 35 causas de muerte. Ambos sexos” y cálculos del autor.