Yo no hablo de política, a no ser…

Imagen: Brady Izquierdo

«No, mi hermano, yo no hablo de política».

Si me dieran un peso cubano por cada vez que he escuchado esas palabras de algún conciudadano, probablemente podría comprarme una lata de refresco nacional, que en los tiempos que corren tiene un valor para nada despreciable.

Sin embargo, no es una novedad que los cubanos «de a pie», como los llaman en algunos sitios, han tenido una relación cuando menos complicada con la política a lo largo de las décadas, e incluso, con el término «política» en sí mismo. Esto no es de extrañar cuando, durante tanto tiempo, hablar de política ha sido motivo de «problemas» —decirles problemas es un claro eufemismo— en el trabajo, en el centro educativo y en la sociedad; o en el mejor de los casos, fuente de tedio en alguna reunión «obligatoriamente voluntaria» y no siempre deseada.

No sería difícil descubrir que esa distancia tomada por algunos hacia la praxis y el discurso político es muestra también de una apatía generalizada, existente en gran parte de la población, hacia la vida política de un país donde toda participación es percibida como vana e infructuosa, pues un ciudadano que siente su voz como irrelevante, a sabiendas de que los poderes fácticos harán lo suyo con total independencia de sus opiniones, se sentirá tentado a centrarse en sus asuntos privados y dejar que «los de arriba» hagan lo suyo. El papel del ciudadano en una sociedad así es adaptativo, no participativo.

Propaganda política en Cuba / Foto: vero4travel

No obstante, sería interesante preguntarse hasta qué punto es posible desentenderse de «la maldita política». ¿Acaso es posible ser políticamente indiferente, o no emitir criterios que posean un matiz político, incluso si no es explícito?

El origen de la palabra «política» nos remite —no puede ser de otra manera—, a la antigua Grecia. El término proviene del griego politikós (πολιτικός), en referencia a la práctica relativa a los asuntos de las polis, es decir, las ciudades-estado que constituían la civilización helénica en su período más próspero. A primera vista, podríamos traducir lo político como aquello relativo a la gestión de los asuntos de las ciudades, idea un tanto vaga, teniendo en cuenta la connotación de la polis para los griegos del período clásico.

La polis clásica, con Atenas como modelo canónico, no se presentaba únicamente como la ciudad, tal y como la entendemos en la actualidad. La polis era además un espacio de convivencia donde cada ciudadano debía participar. Lo político era de todos, y no podía ser de otra manera, ya que la polis solo podía funcionar cuando todos los ciudadanos estaban involucrados de algún modo en su administración y gobierno. La política de la ciudad-estado griega, y los asuntos cotidianos de la vida y la convivencia, eran indistinguibles los unos de los otros. Quienes no atendían los asuntos públicos eran, de hecho, rechazados socialmente y para denominarlos se utilizaba una palabra que, alegremente, ha quedado en nuestro vocabulario: idiota, proveniente de idiotes (ιδιωτης), con la raíz idios, cuyo significado es: «centrado en uno mismo». Es decir, para los griegos, quien no se interesaba en la política era, literalmente, un idiota.

Con el tiempo, el término política evolucionó, y cambió, además, el contenido de los fines y sujetos políticos. En Cuba, la ciudadanía suele percibir la política como un asunto de gobierno, más que público. Las bases marxistas-leninistas fundacionales del proceso revolucionario cubano, que planteó a la clase trabajadora como sujeto político, y luego a la «vanguardia organizada» —en el Partido Comunista de Cuba— como el canalizador de la voluntad de dicho sujeto, provocó a largo plazo que la concepción de política esté ligada a su carácter partidista. Cuando la «masa» habla por su cuenta —en la voz de sus intérpretes designados—, con independencia de los individuos que la componen, se produce una monopolización y exclusión agresiva en el discurso político, que crea una tendencia a la enajenación del ciudadano.

Propaganda política en Cuba / Foto: Radio Progreso

Lo anterior, unido a la nula formación política de la ciudadanía, tras muchos años de priorizar lo ideológico por sobre lo cívico, o lo cívico como sinónimo de lo ideológicamente conveniente, ha generado la sensación de que lo político queda en el plano ideológico de lo burocrático y lo discursivo. La política en Cuba es, según la percepción extendida, hablar y pasar papeles de un lado a otro con un cuadro de Fidel al fondo.

Entonces, no es difícil entender por qué los ciudadanos no «hablan de política», o al menos, no de la política tal y como se percibe en el contexto cubano. Pero, aunque los ciudadanos eviten utilizar el término para describir el contenido de sus conversaciones, ¿realmente no hablan de política?

Muchos de esos cubanos «apolíticos» hablan en su vida cotidiana de sus problemas en el trabajo debido a cierta medida novedosa, hablan de las necesidades de la comunidad, hablan de la escasez, de los precios, de las subidas del dólar o de lo que vieron en el noticiero.

En una cola de la bodega, cual asamblea de rendición de cuentas, pueden ventilarse toda clase de cuestiones geopolíticas sobre la cercanía de determinados proveedores internacionales de arroz y nuestras relaciones con ellos, la solución al problema de la agricultura o, en una tarde de verano, durante una charla en la azotea, algún cubano puede hablar con su primo del Norte sobre las medidas iniciales de la Revolución, pero como es en familia, no se percibe como «política». Sin embargo, lo es, así como también lo es todo lo anterior. Si entendemos, como los griegos, que la política es aquello relativo a los asuntos y problemas públicos, cada apagón genera una conversación política, sea consciente o no el ciudadano.

La política, como aquello que rige la vida pública y comunitaria de la ciudadanía y del Estado, se infiltra de manera inevitable en nuestras charlas cotidianas. Intentar cambiarle el nombre es como tratar de ocultar al elefante en la habitación, pues, incluso rehuyendo del término, se pueden emitir criterios con una definida connotación política. Como decían los Borg en Star Trek: «la resistencia es inútil». Es imposible separar el pensamiento de la opinión en torno a las cosas públicas, o imaginar los futuros más deseables en el plano personal, que siempre están mediados por lo social, lo comunitario y, en fin, lo político.

Foto: Jorge Luis Baños – IPS Cuba

En el intento de evitar nominalmente lo político y, por tanto, la adquisición de una cultura política seria, el ciudadano se expone a mensajes malintencionados procedentes de todas las posturas ideológicas, y así, movido más por sus emociones iniciales que por un razonamiento consciente, podría verse tentado a abrazar posturas extremas, cuya velocidad de propagación entre la población, especialmente los jóvenes, ha sido abrumadora en los últimos tiempos.

Desde la llegada masiva de internet y las redes sociales, la juventud cubana ha accedido a nuevas formas de pensar y entender la política. La ausencia de contrastes de esas ideas con la «política oficial», o evitar hablar de política, se transforma a menudo en esquemas discursivos poco analíticos, acompañados casi siempre de mucha influencia grupal, de vivencias personales, y del comprensible resentimiento social hacia el estado general de las cosas.

Por otro lado, cuando los ciudadanos deciden «no hablar de política» abren la puerta para que otros, bajo la máxima falaz de «el que calla, otorga», interpreten su silencio como consentimiento para hablar en su nombre, o promover determinadas medidas que, en última instancia, pueden ir en detrimento del bienestar de los mismos apolíticos nominales, sin voz ni voto tras perder la partida desde el principio por no presentación, como ha pasado numerosas veces en el escenario político cubano. En ciertos contextos, incluso, no votar puede verse también como una forma de voto indirecto.

Quizá sería hora de comprender que la política no dejará de influir en nuestras vidas, solo por mirar hacia otro lado. Ignorarla es un esfuerzo vano, y al final terminará desbordando la barrera de contención e impregnando la vida colectiva de todos, que sin la preparación adecuada seremos arrastrados al pozo de la alienación, la radicalización, o la instrumentalización, por otros que convenientemente sí se ocupan —y viven— de ella.

 Al final, como rezaba una canción del popular grupo contestatario Porno para Ricardo, «a mí no me gusta la política, pero yo le gusto a ella, compañeros». Es redundante decir que hay que hablar de política porque, de hecho, ya todos lo hacemos. Es cuestión, más bien, de llamar a las cosas por su nombre, para que luego, al final del cuento, los griegos no puedan llamarnos idiotas a nosotros.

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5 comentarios

mepiamo 4 septiembre 2023 - 8:08 AM
No hablan de Política porque saben que están suprimidos como ciudadanos y que serán reprimidos si tratan de serlo.
dario 4 septiembre 2023 - 9:50 AM
cuando tener opiniones politicas y expresarlas,se convierte en un tema que,ademas de ser ninguneado, nos puede perjudicar,pues no hablamos de politica.No es que no sepas o queramos,es que esta prohibido ,a no ser que los que se va a expresar,coincida con el pensamiento del Amo !!
Manuel Figueredo 4 septiembre 2023 - 11:58 AM
Mientras no sigamos hablando las cosas por su nombre , algunos por ahí, nos seguirán llamando idiotas. Por mi parte haré todo lo que esté a mi alcance por llamar al Pan, Pan y al Vino, Vino, lo demás se caerá por si sólo. Un artículo digno de interpretar para que no nos juzguen de IDIOTAS. Lo considero válido y muy actual. Gracias.
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