La verdad del cambio

por Teresa Díaz Canals

Hace unos días pude saber de una antigua compañera de escuela, del tiempo en que asistíamos a la secundaria. Al conversar por teléfono ambas nos alegramos mucho, vivió en México por más de cuarenta años y decidió regresar de manera definitiva a La Habana. En la conversación mi amiga me transmitió una gran preocupación por los cambios negativos que encontró en la sociedad cubana, en un momento determinado del intercambio confesó con cierto dolor: me siento extranjera en mi propio país. Ella, por supuesto, no pudo observar mi cara, no podía adivinar que yo, que no tuve la experiencia de vivir por un período tan extenso en otro país, también me convertí aquí en una perfecta extraña; he experimentado durante décadas eso que se denomina insilio. Este proceso de extrañamiento me hace sentir a veces como una persona que estuvo como una espectadora al margen del espectáculo.

Vivo en medio de los libros que no me han sido sustraídos –de todo hay en la viña del Señor –, ellos representan mis instrumentos de trabajo y de destierro. Sin embargo, pobre patria de seres humanos que no saben desterrarse en sus fundamentales cometidos, en sus vocaciones esenciales. Con apenas familia, sin ver costumbres y sin sentir compañías, autoevacuada debido al derrumbe de la casa natal, intento transformar este encierro en una mística, en una escritura que me comunique más profundamente con todos. Me hubiera gustado siempre vestirme con ropa blanca, para evocar de esta manera la memoria tanto de la filósofa española María Zambrano, como de la poetisa norteamericana Emily Dicknson, pero aquí ese tipo de anhelos no se pueden tener. En Emily hay encierro y grandeza, vastedad espiritual, limitada superficie casera en un ilimitado espacio para crear un mundo hecho de palabras.

“¡Disciplina, camaradas, disciplina férrea! Esa es la consigna.” George Orwell, Rebelión en la Granja

Este año de 2020 ha traído -como todos sabemos- consecuencias imprevistas para toda la humanidad. La desatada pandemia hizo que aparecieran otros escenarios donde millones de personas están afectadas. Los cubanos y cubanas vivimos en la actualidad momentos muy complejos, pues la situación nacional venía en franco deterioro en el plano económico mucho antes de la aparición del covid-19. Ahora nos despertamos con un estremecedor toque de queda, con medidas draconianas para los supuestos indisciplinados y un despiadado cercenamiento al trabajo por cuenta propia. Cuba se ha convertido en un cómodo salón de reuniones y una peligrosa e inmensa cola (o fila, como se le denomina en otros países) para adquirir cualquier alimento.

«Nadie olvide que sin la vida sólida económica es imposible todo progreso y toda seguridad en la nación» José Martí

Nos dicen que hay que ir en pos del objetivo de la soberanía alimentaria, después de experimentar un sinnúmero de ensayos-errores durante seis largas décadas, sin pausa y sin prisa, aunque en esa lentitud a muchos se nos fue la vida entera, he ahí un duro detalle. Es una evidencia palpable esta realidad cruda y vergonzosa: el modelo de sociedad diseñado no funciona, si es que podemos hablar de un modelo. Cada vez que entramos en una fuerte crisis es el absurdo total.

Recuerdo que en medio de los espantosos años noventa del pasado siglo, llegó el del Partido de la zona a mi casa, me traía un “turno” para que fuera a comer por una vez una hamburguesa a una cafetería en la esquina. Esa fue la solución a la hambruna desatada. Desde marzo del presente año, los militares organizan las aglomeraciones formadas debido al total desabastecimiento. Formaron un “ejército” adicional de ayudantes que reparten turnos, escanean carnets de identidad para comprar un ridículo nylon con muslos de pollo. ¿Qué políticos son estos que no ponen la mano sobre las fibras reales de la patria, que cierran los ojos para no ver los problemas reales?

El estatismo burocrático se aferra a un discurso en el que se enfatizan palabras bélicas: enemigos, seguimos en combate, batalla, enfrentamiento, trinchera, mercenarios, traidores… Sí, es verdad que en las redes sociales podemos encontrar falsas noticias, vulgaridades, enjuiciamientos infelices. No obstante, también ellas nos permiten acceder a informaciones, noticias, reflexiones, que no ofrecen ni la prensa escrita, ni la televisión nacional. Dentro del mundo oficial, leemos el diario que es siempre el mismo diario. Es tanto el desparpajo, que a veces te anuncian una película por la televisión y la cortan en medio de la proyección y punto, no hay ninguna explicación. La televisión inventada por el pueblo es “el paquete”, como alternativa al tedio, a la machacona repetición doctrinal, a los viejos programas exhibidos una y otra vez.

Los que intentan resolver un problema no pueden prescindir de ninguno de sus datos. ¿Cómo es posible prohibir a un discapacitado que obtenga un producto necesario, o una mujer que cuide a un niño y viva sola, que salga a la calle?  ¿Cómo es posible que con motivo de la celebración del día de la Virgen de la Caridad del Cobre, aparezcan carteles en Facebook con llamamientos en su nombre a rechazar a los “anexionistas”? ¡Por Dios! Cuba es patria y dolor de todos y no feudo ni capellanía de nadie. Personas que se confiesan no creyentes invocan a la Patrona de Cuba y esgrimen un lenguaje excluyente, agresivo. En nombre de la justicia, se mata la justicia. En nombre del amor, se mata el amor.

En este año de 2020, en el mes que se conmemora la aparición de la Virgen de la Caridad, le imploro que nos ayude al verdadero cambio. Que el valor trabajo reaparezca y que se convierta en un resorte de competitividad para el desarrollo del talento y el bienestar. Que ilumine a los decisores para que perciban que la salvación de un pueblo es antes personal y social, que política.