Desmesuras de pandemia

Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

por José Manuel González-Rubines

Aunque no es práctica común a todos los municipios del país, hace poco pasó ante mí la caravana que en Los Palos recoge a los contactos de casos confirmados con la COVID-19. La modorra dominguera de ese pueblo sur-oriental de Mayabeque se quebró con el maullido de las sirenas de carros de policías. Tras una patrulla, medio pueblo congregado en sus portales vio pasar a un auto con médicos, seguido por dos guaguas y otro auto, también con sirena, que se atravesó en medio de la calle como en una película de gánsteres. Venían a recoger a un hombre, vinculado a un caso recientemente confirmado.

La escena era temible, por atípica y desmesurada. Y se volvía aún más dramática puesto que los contactos que iban en las guaguas, colectados en otros barrios, saludaban desde detrás de las ventanas con el rostro colorado y empapado de lágrimas, como si fueran rumbo a Auschwitz para ser gaseados. Terminado el desagradable desfile, una idea se materializó en grito colectivo y rompió el sobrecogimiento reinante entre los vecinos: ¡Qué espectáculo!

Ciertamente, qué espectáculo. Movidos en aquella caravana que consume el combustible faltante para tener siempre disponible alguna ambulancia –porque, vale recordarlo, a la gente aún le dan infartos, apendicitis, o derrames cerebrales- los contactos de los casos confirmados recorrieron el pueblo como los leprosos en el Medioevo. En este caso, las tablillas de San Lázaro que anunciaban su paso fueron aquellas chillonas sirenas.

Ambulancia cubana transporta casos de COVID19. Foto: Rodolfo Blanco Cué / Juventud Rebelde

Por alguna razón que desconozco, desde que aterrizó en nuestra tropical república, el coronavirus exacerbó esa propensión dañina y casi intrínseca en nosotros a los extremos, a lo surreal. Sobran ejemplos que son caricaturescos para ilustrar eso, mucho más que este, particular y localizado.

Imposible olvidar como después del tremendo esfuerzo bastante exitoso por controlar el virus, las autoridades relajaron las medidas ante la cercanía de los meses de vacaciones y eso trajo este rebrote, más terrible según los números que el brote inicial y que ha comprometido, entre otras muchas cosas, el inicio normal del curso escolar. Ciertamente, la situación parecía más o menos controlada en aquel entonces y con el lenguaje épico ya conocido quisimos pregonar que habíamos “ganado la batalla”, en lugar de esperar antes de permitir que la gente fuera a celebrar a playas, piscinas y bares. Pero no esperamos y como el virus no entiende de épicas, volvió cariñosamente, gracias a la ligereza de los de arriba y a la imprudente indolencia de los de abajo.

Desmesurada como pocas cosas ha sido también la llamada lucha contra las ilegalidades, que junto a la novela cubana, se ha robado el show de las noches familiares. Ante la llegada de la COVID-19, como si de una esperada visita sorpresa se tratara, con más saña que nunca un ejército de oficiales, guiados por las denuncias de oficiosos, se ha lanzado contra acaparadores, coleros y revendedores. Han multado y prendido a otros hombres y mujeres que, en muchos casos, llevaban años cometiendo la misma ilegalidad, en el mismo lugar y ante la misma gente. Pero parece ser que su tiempo de correrías se ha acabado y ahora, por antojos pandémicos, deben cumplir con la ley.

Cuarentena, pan y circo

Y eso está bien, mejor tarde que nunca. Pero las ilegalidades son únicamente una consecuencia de la precariedad económica que campea desde hace muchísimo; las causas siguen inamovibles, como las rocas prehistóricas de Stonehenge, y la auténtica corrupción muchas veces se esconde tras informes, en oficinas, lejos de colas y sudores, entretenida en reuniones infértiles.

Algunos de esos casos –que han merecido un curioso spot televisivo con el simpático hashtag #NoMarquesMás y la correspondiente frase de Martí endilgada -hacen reparar en otras desmesuras. Un ejemplo es lo referido a los revendedores de divisas internacionales. Ciertamente, el Código Penal cubano establece sanciones para tal delito. Eso es incuestionable. Pero incuestionable es también la existencia de tiendas que operan en Moneda Libremente Convertible (MLC), que se adquiere a partir de divisas internacionales las cuales, irónicamente, resultan imposibles de adquirir de manera legal en Cuba.

Entonces, ¿solo pueden comprar en esas tiendas quienes tengan personas en el exterior que les manden el dinero? ¿No tienen derecho a ellas el resto de los cubanos, esos a los que no se les fue una tía cuando el éxodo del Mariel o un primo en la Crisis de los Balseros? Resulta que ahora a esos que se fueron, para reflotar nuestra economía socialista, sí los queremos, sí los necesitamos. ¿Qué hace quien no tenga manera de obtener las divisas, si muchos productos de extrema necesidad solo se consiguen en esas tiendas?

Otro de los casos paradigmáticos es el del productor ilegal de queso blanco. Sus niveles de productividad, la calidad de su oferta y la inexistencia de esta en el mercado estatal, lejos de despertar la solidaridad ante la detección de un delito, generó cuestionamientos en torno a la incapacidad del Estado de satisfacer muchas demandas y las reservas que existen en el sector no estatal de hacerlo, si no estuvieran estás coartadas por un sin número de trabas, inexplicables en su mayoría.

Del queso y otros demonios

Tales prácticas empresariales, aun al margen de la ley, contienen la solución a algunos de nuestros problemas más acuciantes, por extrapolación del principio homeopático de que lo similar cura lo similar (similia similibus curentur).

Precisamente en el ramo de ese asunto se inscribe la infausta intervención en una reciente emisión de la Mesa Redonda del compañero Sobrino Martínez, quien dirige la Industria Alimentaria, una de las carteras más sensibles por su incidencia directa en el bienestar -o malestar, dado el caso- de la población. El carismático ministro ha puesto al descubierto la incapacidad de algunos actores políticos para liderar procesos fundamentales y ha llevado al extremo lo grotesco del discurso político, en tiempos tan sensibles como estos.

Conocemos qué hacer para combatir el virus y lo estamos haciendo.

También sabemos desde hace mucho qué hacer para mejorar la economía, al menos la parte que nos corresponde, pero por causas que escapan al entendimiento siguen sin materializarse y seguimos entregándonos a extremos que convierten nuestra existencia en un calvario invivible. Tras cada ensayo fallido, debajo de los experimentos y las medidas que no cuajan, estamos los cubanos.

Entre tripas, gallinas decrepitas y toneladas de croquetas imaginarias; sudando la vida en colas permanentes, huyéndole a un virus que se niega a dejarnos, esperando una unificación monetaria que es como un muelle de tira y encoge, sufriendo los últimos capítulos de El rostro de los días y vigilando que del arco de las Antillas Menores no venga un ciclón que nos dé el tiro de gracia, pasa la mayoría de este pueblo sus días de pandemia, soportando, aguantando, sobreviviendo. Hay que ver hasta cuándo.