La nación insultada

por Giordan Rodríguez Milanés

Teresa Melo me insulta desde Cubadebate. Jamás yo la ofendería a ella. Y digo «me ofende» porque si, visto con honradez, me ajusto perfectamente al sujeto que describe en su nota Mi Humilde Gratitud, publicada el pasado 12 de septiembre. No tengo un trabajo estable en Cuba (podría explicar las causas pero no viene al caso), me sobra tiempo para criticar (y efectivamente critico) y no guardo ningún sentimiento de gratitud por dirigente alguno.

Soy un desagradecido, uno de esos parásitos «carente de sentimiento y sentido común y conocimiento». También fui de los primeros en burlarme del ministro de la industria alimentaria. Tuve que escoger entre la burla y la indignación que me provocaron los disparates. Escogí la burla y la aritmética que, a pesar de mi condición de «figurín diletante y susurrador», según Teresa, aprendí en mi lejano cuarto grado.

Pero nada justifica un agravio contra Teresa Melo ni otra persona agradecida de este país.

Nada lo justifica. Ni siquiera que no sea la primera vez (y estoy seguro no será la última) que a los críticos nos descalifiquen en un medio de prensa pagado por el pueblo. Eso lo hemos visto con Leopoldo Ávila escribiendo para Verde Olivo, con Miguel Barnet en Granma pidiendo que dejemos la política en su «cuartel general» y hasta con un profesor de física que usa a José Martí para conminarnos a que no estorbemos.

Condenaré siempre cualquier demonización, asesinato de la reputación o linchamiento mediático contra Teresa Melo, Mariela Castro o cualquier otra persona. Soy categórico: no acepto el abuso. Y no lo acepto aun cuando Mariela Castro, por ejemplo, comparta un post de Facebook donde Antonio Rodríguez Salvador considera a Harold Cárdenas «una personalidad victimista» que puede resultar paranoide, y otras lindezas. O que un montón de blogs (también financiados por el pueblo) le llamen despectivamente «el becario» a nuestro editor. O aunque Marcos Cristo dedique todo tipo de epítetos a la doctora Alina B. López y este servidor, sin tener el valor de mencionar nuestros nombres o discutir de frente nuestras diferencias, como le he pedido a él y a otros.

¿Quiere alguien insulto mayor y más irrespetuoso que llamarle mercenario a cualquiera, con absoluta ligereza y sin presentar evidencia alguna? ¿Quiere alguien insulto mayor que dejar sin trabajo a un profesor universitario, doctor en ciencias, por publicar en Rebelión y en este sitio? Ante esto, los memes y las burlas a un ministro parecen cosas de niños aunque no lo sean. En realidad son expresión del descontento de un segmento de nuestra sociedad en una proporción cada vez más creciente que, aunque algunos lo evadan, va a llegar el momento que ningún agradecimiento va a evitar la explosión social.

Hay que romper de una vez el círculo vicioso que legitima el escarnio.

Y no hay que hacerlo sólo por Teresa Melo, o por Paquita de Armas sobre quien un músico y sus seguidores han bombardeado vulgaridades y groserías sin tener en cuenta que esta señora es una persona mayor. Hay que rescatar la decencia perdida, aprender a disentir desde el respeto porque incluso la burla, la sátira y el sarcasmo, precisan un mínimo de dignidad para no convertirse en manifestación de lo peor de nosotros mismos.

Hay que romper ese círculo vicioso por Cuba, por la nación que somos todos nosotros: los agradecidos y los críticos, con sustento y sin sustento, los que dicen ser revolucionarios y viven como oligarcas y también por los que no dicen que sean revolucionarios y comparten con el proletario ese trozo de pan que el ministro asegura tiene más calidad que en muchos otros países. Porque a una nación que no se respeta a si misma, no la respeta nadie.