El odio de ambos lados

por Joany Rojas Rodríguez

En días recientes se publicó en Granma el artículo El odio no es cubano, referente a ese sentimiento tan dañino y oscuro. En este caso el que a diario se proyecta en las redes y otros medios contra la Revolución Cubana. En dicho artículo se plantean preguntas que parecen sacadas de una torre de marfil, y que ignoran hechos y realidades que los cubanos de acá, muy a pesar nuestro, conocemos bien. Reacción violenta, amenaza rugiente, groseros epítetos por el solo hecho de no coincidir políticamente, son algunas de las expresiones utilizadas para referirse a los que, desde aquel lado, se manifiestan visceralmente contra nuestro sistema político y todo aquel que lo defiende.

Seamos claros. La campaña mediática contra la Revolución Cubana es brutal, ofensiva y en ocasiones ridícula. Los que la llevan a cabo no tienen límites ni escrúpulos. Muchos de los que interactúan en las redes sociales han sido víctimas de todo tipo de insultos cuando defienden posturas favorables a nuestro proyecto político. Esa es una verdad indiscutible. Pero también lo es que de este lado también se insulta, se ofende y se degrada, y lo peor, que se suele echar en el mismo saco a todo aquel que vive allá y que cuestiona el proceso revolucionario desde cualquier punto de vista. Sí porque, como siempre nos han enseñado, quien olvida su historia está condenado a repetirla, y no podemos olvidar que aquí en Cuba también se fomentó y se fomenta el odio, aunque en el presente los matices sean tal vez más sutiles.

No podemos olvidar las tristemente célebres Brigadas de Respuesta Rápida.

En décadas pasadas estas tuvieron como misión linchamientos morales, y a veces hasta físicos, a todo aquel que quiso emigrar. Si tenemos en cuenta que la emigración es un fenómeno tan viejo como la humanidad, y que parte del deseo natural del ser humano de buscar mejores condiciones de vida, que criminalizaran tan ferozmente a quien quisiera hacerlo, al día de hoy nos parece una barbaridad. Tampoco podemos olvidar las aún más tristemente recordadas UMAP, en las que se encerró a todo aquel que no comulgara con la “moral revolucionaria”, considerados ajenos al concepto del Hombre Nuevo, vejándose la individualidad y la dignidad humanas de todo el que sufrió semejante disparate.

Tampoco podemos ignorar la intolerancia practicada durante años por nuestro gobierno con todo aquel que se ha atrevido a criticar o cuestionar, desde un punto de vista u otro, ya sea de manera constructiva o no, el sistema imperante, en aras de la unidad a ultranza. Debemos también recordar a los artistas e intelectuales que han sido condenados al ostracismo y al silencio, por disentir o expresar sin tapujos y con transparencia sus opiniones sobre determinados temas. Es triste, pero los hechos están ahí, y han condicionado la visión de muchos respecto a Cuba, tanto dentro como en el exterior, creando rencores y resentimientos que aún perduran en los que residen fuera del país, principalmente en Estados Unidos.

Algunos odian porque sufrieron en carne propia lo antes mencionado, otros se dejan arrastrar por el contexto, otros lo hacen sin motivos aparentes, aunque es probable que al emigrar ya llevaran dentro el germen del odio, debido a malas experiencias vividas en su país.

Sin embargo, el odio, el desprecio, el insulto, la ofensa, no son patrimonio exclusivo de quienes, desde afuera, atacan el proceso revolucionario. Si usted revisa en las redes los foros y comentarios de partidarios de la Revolución, va a encontrar pequeñas joyas de maledicencia y encono verbal. Malnacidos, mercenarios, gusanos, malagradecidos, vendepatrias, apátridas, son de los insultos y ofensas más decentes que pueden leerse. Lo peor es que reconocidas figuras públicas del gobierno han caído en esta especie de chusmería virtual que muy poco favor nos hace.

Esos adjetivos son también posturas de odio, intolerancia y desprecio.

¿Qué moral nos asiste entonces para criticar a quienes la emprenden contra nosotros desde posiciones extremistas? ¿Qué tipo de disposición al diálogo podemos enarbolar, si, incluso desde el gobierno, se alienta este tipo de comportamiento? ¿Qué decencia y qué respeto vamos a reclamar si no somos capaces de llevarlo a la práctica nosotros mismos? La Revolución tiene derecho a defenderse, es innegable, pero ello no puede convertirse en un pretexto para ofender y denigrar.

El caudal político de la Revolución no es lo que era hace treinta o cuarenta años, la miseria y las constantes escaseces, además de otros factores, han creado mucho descontento, y la reacción a eso no puede ser la misma que la de nuestros enemigos cuando ven que el poder revolucionario sigue en pie. Más aún, si queremos que nuestros emigrados formen parte del proceso de reformas económicas que pretende llevarse a cabo, no podemos seguir echando a todos en el mismo saco, ni juzgarlos porque decidieron irse de Cuba, ni apartarlos con ofensas e insultos porque no estén de acuerdo con el socialismo como sistema político y así lo manifiesten. Pagarles a nuestros enemigos con la misma moneda es facilitarles el camino.

Hay odio, sí, pero en ambas orillas. Ya es hora que del lado de acá nos llamemos a reflexión. Si los que nos odian persisten en su retórica, allá ellos. Pero nosotros no podemos seguir ese camino. No es sano ni constructivo. Bien que lo sabemos.