La jerga antitotalitaria

Foto: The Daily Beast

por Yassel A. Padrón Kunakbaeva

El concepto de totalitarismo ha llegado a ocupar un papel central en la reflexión teórica de las ciencias políticas. Sin embargo, se trata al mismo tiempo de un término cuyo sentido se desfigura de manera habitual en los usos ideológicos y propagandísticos que se hacen de él. Existe toda una jerga sobre el totalitarismo que se ha convertido en una especie de sentido común anticomunista, de la cual se puede rastrear su genealogía como una supervivencia de la Guerra Fría. Por la pregnancia que ha alcanzado esta jerga, y la cantidad de discursos que contamina, se hace necesaria una discusión sobre el concepto de totalitarismo, enfocada principalmente en criticar el uso ideológico que se hace de él, aunque sin dejar de notar que ya en la forma que le dio Hannah Arendt, este era susceptible de tal manipulación.

Arendt fue una filósofa, alemana y judía, formada en la Europa de entreguerras, por lo que se entiende que tuviera razones para criticar los regímenes que asolaron ese continente durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, su libro Los orígenes del totalitarismo, al poner en un mismo plano al fascismo y al estalinismo como dos manifestaciones del mismo fenómeno, sirvió para darle un viso de fundamento teórico a la propaganda norteamericana de la Guerra Fría. De ese modo, y a pesar de estar ella bien lejos de ser una defensora a ultranza del capitalismo, le hizo un gran favor a la maquinaria de guerra cultural del bloque occidental capitalista.

Para entender su trayectoria intelectual, es necesario conocer esa trágica historia de tantos intelectuales de izquierda en el siglo XX, que por muchos motivos pasaron a defender la tesis de que el poder norteamericano era la opción más progresista en la alternativa que planteaba la Guerra Fría. Hubo sinceras decepciones ante los horrores del estalinismo, hubo también penosas traiciones, pero lo cierto es que muchos terminaron sirviendo de un modo directo o indirecto a las campañas propagandísticas que organizaba la CIA. La obra de Arendt corrió ese destino de ser materia prima para la propaganda, razón por la cual, además, son olvidados muchos de los matices de su libro, quedando en la jerga anticomunista solo un conjunto de tesis simplificadas.

Pero, ¿qué se entiende por totalitarismo? Para los que no están familiarizados con el término, vale la pena hacer una pequeña introducción. Un sistema político totalitario, según han planteado diversos autores, entre ellos Arendt, se supone que cumpla con los siguientes parámetros: 1) estar constituido y apoyado por un movimiento de masas, 2) contar con una ideología difusa, que proponga una idea de perfección humana que debe ser alcanzada, 3) tener al frente un líder supremo, máximo intérprete de la ideología, el cual debe tener en sus manos un poder total sobre todos los aspectos de la sociedad, 4) el uso sistemático del terror, ya sea a través de la actividad de la policía política o de otras instituciones; se considera que el terror debe ser usado de manera sistemática, arbitraria y aleatoria sobre grandes sectores de la población, 5) el papel central de la propaganda, basado en primer lugar en un virtual monopolio sobre los medios masivos de comunicación, 6) progresiva identificación institucional entre el partido totalitario y el aparato del Estado, incluyendo la construcción de una institucionalidad paralela que va sustituyendo a las estructuras supervivientes de la sociedad anterior, 7)  todo esto se considera dirigido a un objetivo fundamental, hacer que para los sujetos se haga indiferenciable la realidad de la ficción que el partido totalitario intenta recrear, 8) la definición de un enemigo objetivo, un sector de la sociedad que por su sola existencia debe ser reprimido o exterminado, 9) expansionismo militar, 10) control centralizado de la economía, sea directo o indirecto, lo cual redunda en una primacía del colectivismo por sobre la autonomía del individuo, 11) la experiencia fundamental de los individuos es la de un aislamiento, soledad e impotencia, lo cual los arrastra a la definitiva destrucción de todo pensamiento, 12) se considera que la dinámica de los campos de concentración se adueña de toda la sociedad, una dinámica que escapa a la comprensión de la racionalidad común, pues se trata de la presencia de un mal radical, y 13) como resumen de todo lo anterior, se considera que el totalitarismo es un sistema político asociado al uso de las técnicas de la sociedad industrial moderna para la dominación.

Ciertamente, sería absurdo negar que ha habido sociedades que han cumplido parcial o totalmente con esta definición. De lo que se trata es de mostrar que el uso habitual que se hace de este concepto implica plantear la cuestión del análisis de la sociedad desde unas premisas insuficientes, razón por la cual lleva casi siempre a conclusiones sesgadas. Con un uso creativo y riguroso del concepto, no se descarta la posibilidad de construir una crítica antitotalitaria que sea consecuente con la realidad; sin embargo, aquí la atención estará dirigida a analizar la jerga antitotalitaria realmente existente, esa que se socializa como una plataforma discursiva hostil a cualquier alternativa socialista o comunista.

Lo que prima en la jerga antitotalitaria es la superficialidad.

El concepto de totalitarismo intenta referirse a un sistema político; sin embargo, se le usa de un modo esencializante, como si a partir de él se pudiera definir la esencia de una sociedad y todas sus características. No obstante, para conocer realmente una sociedad es necesario, o al menos eso es lo que enseña la teoría marxista, tener en cuenta las relaciones económicas, así como la posición que ocupan las diferentes clases sociales unas frente a las otras, y las dinámicas culturales que a partir de ahí se determinan.

Cuando no se tienen en cuenta todos esos factores, y se quiere despachar en un mismo saco de “sistemas totalitarios” lo mismo al fascismo que al estalinismo o a una teocracia, el concepto se está reduciendo a la función de una etiqueta sumamente abstracta. Deja de ser una categoría explicativa, para pasar a ser cuanto más descriptiva. Es algo así como lo que pasa con el concepto de “animal con cuernos”; ciertamente, hay muchos animales con cuernos, pero el concepto no sirve para para diferenciar un mamífero de un reptil. El imaginario más difundido alrededor de la palabra “totalitario” expresa solo eso: un estereotipo caricaturesco de sociedad disciplinaria, con alambradas y reflectores, completamente ineficaz para entender sistemas sociales complejos.

Lo segundo, es que se trata de un concepto que ha sido instrumentalizado muy cómodamente por la propaganda ideológica del liberalismo. El discurso sobre el totalitarismo se ha convertido en uno de esos que lleva trampa en su interior, de tal modo que usarlo implica ponerse determinados anteojos. Una vez que lo incorporas de modo acrítico, te lleva a reconstruir tus coordenadas mentales de tal modo que no puedes dejar de ver la democracia liberal como la única alternativa ética y política posible, y a todo el que se le oponga como potencialmente totalitario.

No en vano Zizek, en su artículo ¿Alguien dijo totalitarismo?, ha afirmado que “en el momento que uno acepta la noción de totalitarismo, uno está firmemente colocado en el horizonte democrático-liberal”. Y también que: “La noción de totalitarismo, lejos de ser un concepto teórico efectivo, es una especie de barrera, lejos de permitirnos pensar, nos fuerza a adquirir una nueva perspectiva dentro de la realidad social que describe, nos releva del deber de pensar, o incluso nos previene activamente de pensar”.

El filósofo esloveno va más allá, y describe la popularidad tanto de Hannah Arendt como del concepto de totalitarismo como la más clara señal de la derrota teórica de la izquierda. Esto es porque dicho concepto, convertido en artilugio ideológico, ha sido eficiente en la tarea de bloquear la capacidad para pensar alternativas a la sociedad capitalista global. Y de paso, ha servido como ariete contra las supervivencias que quedan en el mundo de lucha anticapitalista o antimperialista.

Es muy interesante que una de las cosas que se le achaquen a los sistemas totalitarios sea tener el objetivo de crear una ficción sobre la realidad, y llevar a los sujetos a un punto en que sean incapaces de distinguir la realidad de la ficción (punto 7). En este punto de la argumentación, se hecha a ver una de las bases más profundas de la teoría del totalitarismo: su carácter conservador. Los que así argumentan sobre la diferencia entre ficción totalitaria y realidad, olvidan que no existe ninguna realidad pura a la que los seres humanos tengamos acceso. Todo lo que conocemos está mediado por la cultura, esa “segunda naturaleza” que hemos proyectado sobre el mundo que nos rodea.

Si le damos vueltas a esta idea de la ficción totalitaria, tendríamos que ponernos a pensar que también los hombres y mujeres que fueron testigos del ascenso del cristianismo en la Antigüedad, sin compartirlo, pudieron haber pensado que les estaban tratando de imponer una gran ficción. Sin embargo, algunos siglos después, las verdades del cristianismo eran la Verdad. Lo mismo vale para la época moderna: los defensores del Antiguo Régimen podían haber visto la acción de los revolucionarios franceses como el intento de imponer una gran ficción, lo cual no habría evitado que cien años después las ideas de la Ilustración se hubieran convertido en verdad aceptada en gran parte del mundo.

Lo cierto es que todo intento de cambiar de manera radical la sociedad humana ha estado acompañado de la difusión de una nueva manera de ver el mundo, o sea, de una nueva ideología. Para lo cual hay una muy buena razón: el mundo es en gran medida lo que pensamos que es. Ver este intento como la imposición de una ficción será siempre la reacción natural de los conservadores, es decir, de los que estén anclados en la vieja ideología.

Cuando uno analiza los puntos 1, 2, 3 y 5, se da cuenta que las sociedades que han sido tildadas de totalitarias se han caracterizado por una intensa movilización popular. Esa constelación de la ideología, el líder, las masas y la propaganda, nos habla de momentos históricos en los cuáles ha habido un intenso proceso de pedagogía social. De momentos en los que se ha querido insuflar a grandes masas de la población una nueva cosmovisión. Se trata de una manera de conformar el sistema político que ha encontrado su justificación, en el socialismo real, en la necesidad de llevar a cabo esa transformación cultural que acompaña toda revolución social.

Por supuesto, se puede estar en desacuerdo con este paralelo que se ha trazado entre el esfuerzo pedagógico de la Ilustración y el del socialismo real. Sobre todo, se le echará en cara a este último su aspecto de sociedad disciplinaria, en la que una ideología simplista es repetida una y otra vez por los altavoces. Se ha instalado la imagen de la sociedad realsocialista como un gigantesco experimento pavloviano sin ningún objetivo trascendente. Pero el paralelo no es para nada descabellado: del mismo modo en que la imprenta fue el vehículo técnico para la difusión de las nuevas ideas durante la modernidad, en el siglo XX se intentó utilizar la propaganda de los medios de difusión masiva, y las nuevas técnicas de control de la población, para llevar a cabo la tarea de la transformación cultural.

Alguien podría objetar aquí, que la intención de llevar a cabo una pedagogía social intensiva hermana tanto al fascismo como al socialismo real, y que todo lo nuevo que quiere ser impuesto en una sociedad no debe ser considerado como positivo. Esto es cierto, lo nuevo no se puede considerar progresista por la mera novedad. La diferencia entre las intenciones pedagógicas del socialismo y el fascismo están, no obstante, en que el primero parte de un diagnóstico a grandes rasgos correcto de los problemas de la sociedad capitalista, lo que le permite vislumbrar el camino de salida hacia una sociedad superior, mientras que el segundo construye su ideología a partir de pulsiones de la psicología de masas, mayoritariamente reaccionarias, por lo que no puede conducir a otra cosa que a una explosión de barbarie.

Llegados a este punto, se hace evidente que en la lucha contra sus enemigos “totalitarios” el liberalismo aprovecha las ventajas de su modelo de sociedad con una esfera pública y una comunicación descentralizadas. La sociedad liberal clásica parece un oasis de tolerancia y espacio para el individuo, frente a la sensación de ahogo que provocan los modelos de sociedad que se conocieron en Europa del Este. Sin embargo, la trampa está en que el liberalismo no solo critica y denuncia las formas que ha tomado la pedagogía social en los socialismos reales, sino que cuestiona la legitimidad misma de todo proceso consciente de pedagogía social intensiva.

La jerga antitotalitaria se convierte en una forma de descalificar cualquier alternativa anticapitalista.

¿A qué se debe esta paradoja de que sociedades que se proponían construir un futuro superior al capitalismo hayan terminado generando modelos en los que el individuo se sentía aplastado, más de lo que lo podía estar en las sociedades liberales capitalistas? Bueno, a veces el viejo vagón en el que hemos estado mucho tiempo, a pesar de que sabemos que el tren se dirige hacia el abismo, nos resulta más cómodo que el salto hacia afuera, sobre todo si nos lanzamos de la forma más chapucera posible.

La sociedad liberal no necesita pasar por un fuerte proceso consciente de ideologización intensiva, puesto que no se propone la transformación social. Su paradigma de funcionamiento de la sociedad no tiene que ser alcanzado, puesto que este es el capitalismo, el cual es una realidad ya desarrollada. Del mismo modo, no necesita de la construcción de una nueva clase de ser humano, puesto que su materia prima, el hombre burgués, ya se encuentra bastante difundido. De ahí su ventaja frente a los socialismos reales.

En esta clase de sociedades, dada la existencia de una economía capitalista desarrollada, las clases dominantes pueden darse el lujo de pasar sin la necesidad de una ideología oficial explícita para poder garantizar la reproducción de su hegemonía. La misma red de intereses entrelazados que genera el sistema económico es uno de los pilares en los que se sostiene el sistema. Pero además, al tratarse de economías mercantiles, el fetichismo de la forma mercancía genera una forma de ideología descentralizada mucho más efectiva que la propaganda del Estado.

Por todo esto se entiende que la jerga antitotalitaria, ya devenida apología de la sociedad burguesa, considere como una aberración la aspiración de construir una nueva clase de ser humano (punto 2). Ello implicaría la destrucción del actual modelo hegemónico de subjetividad y, por supuesto, del capitalismo mismo. Es muy sintomático que esta jerga derrame sus lágrimas por la destrucción de viejas formas de sociabilidad típicas de la vida burguesa o pequeño burguesa, a las cuales piensa que verá sustituidas por el aislamiento y la pérdida de toda voz auténtica. Sin embargo, en ningún momento se recuerda que esas formas de sociabilidad han sido un privilegio negado a los excluidos y oprimidos del capitalismo, a los que nunca aprendieron a leer y escribir, aquellos para los que la clase media es una barrera infranqueable.

Entonces, se puede decir que la jerga antitotalitaria se trata de una forma de capitalizar los defectos de las sociedades de transición socialista del siglo XX en favor de un conservadurismo liberal. Pero cuando se mira de cerca esos defectos, se ve que el problema no estuvo en los objetivos propuestos, sino en los medios utilizados, y en lo lejos que se estuvo de avanzar realmente en la dirección socialista. Al no construirse una economía de nuevo tipo, que pudiera implicar de un modo real a ciudadanos en la construcción de la sociedad, el socialismo real se estancó en su primer momento ideológico-propagandístico. Al no cumplirse la promesa socialista de autogobierno de la sociedad, la única herramienta que quedaba para sostener la hegemonía del nuevo poder era la promesa misma, repetida una y otra vez por los altavoces, fetichizada como un discurso metafísico del Estado.

¿Por qué no se construyó la economía socialista? Es tiempo de decirlo con claridad: se trata de algo extremadamente difícil. La razón está en que no se conocen modos de organización de la producción que sean orgánicos a las clases tradicionalmente explotadas, que les permitan a estas dirigirse a sí mismas. Todas las formas que se conocen para organizar el proceso de trabajo implican la separación de la función dirigente, y adoptarlas implica continuar dentro del horizonte de las sociedades divididas en clases. Desgraciadamente, esas formas eran las que se conocían y fueron las que se adoptaron en los experimentos socialistas.

Cuando se analizan aquellas características que se le achacan a la sociedad totalitaria, el Partido, la ideología, los manuales, la propaganda, el control de la población, los monopolios, se ve que ninguna es original de estas, sino que fueron herramientas mimetizadas de la sociedad capitalista anterior. Incluso el líder forma parte de la instrumentalización de una forma cultural tradicional, el caudillismo, en función del objetivo de pedagogía social intensiva. Entonces, si algo se le puede achacar a las sociedades realsocialistas, es haber sido poco radicales técnica, filosófica y éticamente, en su pretensión de construir un mundo nuevo.

Una crítica antitotalitaria consecuente, no propagandística, debería comenzar por emplazar al capitalismo como la matriz de las técnicas y los modelos de racionalidad que han hecho posibles los totalitarismos políticos. Además, requeriría valorar la sociedad liberal clásica no como un paradigma  definitivo, sino como uno de los modos de dominación política de la clase burguesa. Implicaría señalar que por ser espacio para el desarrollo de las relaciones capitalistas, esta ha generado condiciones sociales que han hecho cada vez más restringido el ejercicio de las libertades liberales, condiciones que hacen posible también, en cualquier momento, la deriva hacia un sistema político totalitario.

¿Un poder total?

El poder no es una sustancia, decía Foucault. No es algo que se tiene en la mano. El poder siempre tiene una dimensión microfísica, donde a cada acción le corresponde una reacción. Entonces, ni siquiera la peor de las tiranías tiene un poder absoluto. Ni siquiera Stalin podía hacer cualquier cosa. Todo Estado tiene un marco de posibilidades, una forma de ejercer el poder hasta donde es coherente con la reproducción de la hegemonía.

Por supuesto, todos los Estados no tienen las mismas premisas en lo que se refiere a modos de distribuir la coerción, los consensos y los consentimientos. Algunas premisas son más coherentes con la dignidad humana que otras. Es por eso que algunos sistemas políticos merecen ser más condenados que otros. La forma de Estado que se construyó en la URSS, bajo el mando de Stalin, es una de esas que se merecen ser condenadas.

¿Un mal radical?

La posibilidad del terror estuvo siempre presente en la URSS, desde el momento en que se formó una nueva clase social que dirigía a las masas trabajadoras aplicando una racionalidad instrumental. En general, la onda larga de las tragedias históricas tocaba fuerte a las puertas de la naciente sociedad soviética. Entre esos avatares estuvieron también los permanentes ataques de las potencias imperialistas, que actuaron como una cadena más para amarrarla a la prehistoria humana. Allí se cumplió a cabalidad lo que Adorno y Horkheimer plantearon como una de las leyes secretas de la modernidad: que la apoteosis de la racionalidad instrumental coincide con el paso a la irracionalidad.

La jerga antitotalitaria, no obstante, quiere construir sobre ese fondo una dicotomía absoluta: la sociedad liberal como paraíso de lo auténticamente humano, frente al estado de excepción permanente de la sociedad totalitaria. Pero a través de esta operación alquímica se pretende glorificar, junto a las libertades individuales liberales, al capitalismo, y al imperialismo norteamericano con todas sus dictaduras aliadas, gobiernos títeres, empresas corruptas y vulgares sicarios. Se le da la vuelta a la rueda, y se cantan alabanzas a los mismos caminos civilizatorios que llevaron a los autos de fe de la Inquisición, a las purgas estalinistas y a los vejámenes de Abu Ghraib. Se olvida en qué consiste realmente el estado de excepción.

Esta es otra forma de volver a matar a las víctimas de los Gulags, de entregarlas a ese peligro del que hablaba Walter Benjamin, el de “prestarse a ser instrumento de la clase dominante”. Al final, es como él decía, “tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza”.