Repensar el proyecto de país

por Ivette García González

“Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota, quien no se atreve a pensar es un cobarde”.

Sr. Francis Bacon (1561-1626)

Los cubanos solemos convivir siempre con una nación real y otra soñada. Somos seres racionales pero también pasionales e inconformes. Por eso, y para bien, cada cierto tiempo se vive una coyuntura especial donde el foco se sitúa en repensar el proyecto de país para superarlo.

Estamos en uno de esos momentos críticos. El debate desde diversas corrientes de pensamiento acerca de variados tópicos de la vida en Cuba y el proyecto de la Revolución se ha incrementado. El acceso a internet, a pesar de su elevado costo, ha permitido más socialización de ideas y participación cívica.

La avidez por la información, muy limitada en los medios de comunicación oficiales, que fueron los únicos hasta hace poco, favoreció descubrir sucesos y asuntos silenciados, controversiales e incluso historias inéditas en redes sociales y fuentes alternativas. De ahí a emitir criterios no iba nada. Se trata de una población instruida, afectada por crisis económicas recurrentes, cuyo escenario es de desgaste institucional  y erosión del consenso en torno al liderazgo político. Pero como diría Albert Einsten (1879-1955) Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias”. Y en nuestro caso está la ventaja, por primera vez, de que coinciden ahora tres grupos generacionales con experiencias diferentes y muy ricas dentro de la Revolución.

Tres generaciones con capacidad de pensar, debatir y aportar a un nuevo proyecto.

Los últimos 20 años han sido de marchas y contramarchas, empantanamiento e inmovilismo. Sin embargo, los trazos generales del modelo (económico) y los cambios fueron acuerdos de los congresos VI (2011) y VII (2016) del Partido Comunista (PC), plasmados en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución (2011), la Conceptualización del Modelo Económico y Social (2016) y el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social al 2030 (2016). En consecuencia, el país ha retornado al estado de crisis más agudo luego de los 90, una crisis estructural del modelo, agotado hace más de 10 años.

Ahora, en medio del escenario más complejo –crisis económica + Covid19  + endurecimiento del bloqueo estadounidense-, el gobierno ha lanzado un paquete de medidas que estratégicamente responde a aquellos pendientes. Sin embargo, las primeras implementadas y no previstas han generado, por su impopularidad, una mayor tensión social.

A pesar de todas las limitaciones, la sociedad civil se ha diversificado y ampliado durante estos años. Las voces del debate que emana de ella, encuentran receptividad y acompañamiento de la gente, desde diversos orígenes (de dentro y fuera de la Isla, también por primera vez), edades y posiciones socioclasistas. Cuadro que invita a promover algo más, un ciclo de debates y talleres temáticos, o foros acerca del país que queremos, por ejemplo. A través de fórmulas participativas, de debate abierto, respetuoso y constructivo, de lo cual es ejemplo La Joven Cuba, se podrían ir construyendo consensos que contribuyan a la transformación que demanda la nación.

Muchos son los tópicos que se han puesto sobre la mesa. Convendría ir sistematizándolos en campos de reflexión y análisis, develando sus dicotomías  y su relación con él, o los, proyectos de país que piensan los cubanos hoy.

1.- Transformaciones económicas.

La apertura económica no está en discusión, pero sí el qué, cómo y hasta dónde. Algunas cuestiones básicas de consenso en la sociedad civil son: el respeto, estímulo, ampliación y reconocimiento jurídico de las diversas formas de propiedad y gestión de las micro, pequeñas y medianas empresas. La prioridad del sector agropecuario y pesquero, el plan alimentario y su convergencia estratégica con la soberanía alimentaria.

Sigue siendo legítimo y urgente la ley general de empresas, el redimensionamiento del sector estatal y la autonomía de sus empresas, la descentralización del comercio exterior sin que para los actores no estatales tenga que mediar el Estado, y una mayor apertura del sector externo a todas las formas de gestión. También la reforma del sistema fiscal que estimule a productores y empresarios, y la complementariedad de las diversas formas de gestión estatal y no estatal (privadas y cooperativas). Asimismo, la unificación monetaria y cambiaria, ahora más complicada con las recientes medidas. Una vez más se prioriza la succión de la ahorros ciudadanos, lo recaudatorio, que genera más tensión y no decide la salida de la crisis al no tocar la esfera productiva.

Junto con lo anterior tendrán que encararse distorsiones del modelo que afectan la naturaleza del sistema y frenan las mejores intenciones de los cambios: la estatalización por la socialización, que se arrastra desde 1960 y que en la Constitución vigente se reitera expresando que la propiedad socialista es la estatal en representación del pueblo, cuando en realidad debería ser la cooperativa; la primacía de los mecanismos administrativos y burocráticos en lugar de los económicos y financieros en los procesos de ese carácter; la competencia desleal entre actores económicos en base al ejercicio del poder político y no a la eficiencia; la sangría financiera que representa la hiperbolización del aparato del Estado y el PC y, la persistencia en seguir apostando por una fórmula de socialismo vulgar donde la redistribución es el eje que define al sistema.

2.- Quiérase o no, el ámbito de lo político es parte de lo que debe ser cambiado.

A pesar de que en lo económico nos va la vida, es el político un ámbito más conflictivo y definitorio en el mediano y largo plazo. Se necesita voluntad política para implementar los cambios económicos,  y para que no se puedan paralizar una vez más cuando salgamos de la emergencia. Además, el modelo político también necesita actualizarse al tiempo que vivimos. No es un debate nuevo, los procesos de reforma en otros países socialistas ofrecen lecciones respecto a esta resistencia que vemos en Cuba.

La importancia de aligerar el aparato del Estado y el Partido también tiene repercusión política. La burocracia que han producido es cada vez más perjudicial al avance de las reformas y pone en peligro la preservación del sistema. Por otro lado, urge debatir sobre temas que afloran con frecuencia y que hasta ahora no han tenido cambios si no para más atrincheramiento del pensamiento conservador en los sectores de poder y para más control social. Entre ellos la función del PC en la sociedad, la legitimidad de los derechos y libertades de expresión, prensa, asociación incluyendo lo político, reunión y manifestación, el reconocimiento explícito a la no discriminación por preferencias políticas, la pena de muerte, la necesidad de un tribunal constitucional, la democracia, el sistema electoral y la pertinencia de incorporar fórmulas de democracia directa que puedan hacerse efectivas.

El Socialismo, en tanto sistema que sucede y se alterna con el capitalismo desde el siglo pasado, y que es la expresión más sólida, radical y actual de la izquierda internacional, debe ser próspero y sostenible, pero también democrático. Hace unos meses decía López-Levy “Para la izquierda no hay mejor política que el apego a la democracia como principio”. Y como diría el colega Víctor Rolando Bellido: “(…) las estructuras verticalistas no sirven para crear la nueva sociedad. Son pura opresión (…) aunque enmascarada con cosméticos muy eficientes y eficaces. El camino es la red, la construcción horizontal de las interacciones, de los vínculos democráticos desde las bases, con transparencia, cercanía, honestidad y rendiciones de cuenta continuas y constantes.”

3.- La Habana y las provincias: la problemática regional y la unidad de los cubanos.

Solo con el proyecto de justicia social de la Revolución a partir de 1959 se priorizó resolver los desequilibrios regionales. Sin embargo, es fenómeno de matriz colonial que no se soluciona en plazos cortos. Hoy es un problema que requiere atención por sus diversas implicaciones, incluida la del incremento de una cierta animadversión entre capitalinos y compatriotas de otras provincias. De este tipo de discriminación no se habla, o se habla muy poco en Cuba. Sin embargo, es muy lacerante para quienes la sufren y perjudica sobremanera la unidad nacional.

Las recurrentes graves crisis y fenómenos sociales conexos comienzan y terminan en las provincias. Y a eso se suman las consecuencias de la verticalización del sistema, la centralización y el inmovilismo conveniente a algunos sectores de poder, que no favorecen una vida más autónoma y próspera a los municipios. Los procesos de descentralización local, con mayor o menor acierto, diversos ritmos e impactos, se vienen implementando en el resto de América Latina y forman parte del debate en Cuba hace años. Ojalá se abra paso pronto la “Política para impulsar el desarrollo territorial”, aprobada recientemente en el Consejo de Ministros.

En las regiones fuera de La Habana, sin embargo, impresionan el talento, la limpieza y hospitalidad. La falta de oportunidades que empuja a emigrar en busca de mejores condiciones de vida en una capital deteriorada, y la implementación de determinadas políticas de efectos negativos para unos y otros, son elementos de base lamentables. La inmigración inducida por el Estado para emplear fuerza de trabajo procedente de las provincias orientales sobre todo, en labores de muy baja calificación y en los cuerpos represivos, caso de la PNR, es una de ellas. La implementación del Decreto Ley 217 (1997), que violenta el derecho de cualquier ciudadano a la libertad de movimiento y  a establecerse en cualquier parte de su país, es la otra, a pesar de las mínimas adecuaciones que se hicieron luego en el 293 de 29 de octubre del 2011.

4.- La cuestión migratoria: cubanos somos todos.

Este ha sido un tema que ha provocado una dolorosa ruptura en la familia y la sociedad cubanas, tanto de la que vive fuera de la Isla  -1.654.684 emigrantes (14,59%)- como de la que está dentro, 11,338.138 habitantes. La debida sanación de heridas no se ha producido, aunque se han dado pasos importantes. Es fenómeno que roza lo político en todos los tiempos, a pesar del empeño en decir que es una emigración económica. Su incremento sucesivo tiene implicaciones muy serias en lo demográfico y económico para el país. Y también alcanza lo sociocultural, la psicología individual y colectiva de los que quedan viviendo en la isla y los que viven en otros países.

El asunto requiere un profundo debate. Que los intereses de los emigrados no sean solo cuestión de ellos, que los diálogos gubernamentales con esa emigración no estén condicionados a su posición política respecto al modelo de socialismo que rige en la isla. Se trata de derechos, de que esos emigrados son tan cubanos como los que estamos dentro. En realidad, el hecho de que muchos cubanos busquen su realización profesional y personal en otros países, pone en tela de juicio la legitimidad del proyecto y del modelo socioeconómico y político implementado, aun con el bloqueo estadounidense.

Reformas al modelo vs naturaleza del sistema socialista… sin tapujos.

En el fondo de todos los debates está la disyuntiva de hasta dónde las reformas cuestionan el socialismo como sistema. Ignorar o subestimar los derechos individuales por los colectivos, sustituir la explotación del hombre por el hombre por la explotación del hombre por el Estado y apelar a la infinita gratitud del pueblo por los derechos que conquistó y que ante él se les muestran como concedidos, no son prácticas consustanciales del sistema, sino distorsiones del modelo. Con esas prácticas se le niega al soberano, el pueblo, su capacidad y legítima autoridad para el discernimiento, elección y escrutinio de todo lo público. Al mismo tiempo, se vulgariza al socialismo, que como sistema muy joven necesita inevitablemente de la retroalimentación constante y el pensamiento crítico.

No sería ocioso el debate sobre los modelos de socialismo que se han implementado  desde 1917. En Cuba increíblemente no es un conocimiento extendido. Incluso se habla siempre del modelo “económico” y no del “social”, que contempla todas las demás dimensiones, política y social incluyendo lo cultural e ideológico. Si se quiere transformar el modelo social preservando el socialismo, hay que ir al fondo sin tapujos ni esquemas teóricos preconcebidos.

Y también se precisa repensar el socialismo. Tiene que ser próspero, sostenible y democrático, pero el discurso oficial omite, de la frase, precisamente esta última cualidad. Se ha dicho incluso que es una redundancia porque si es socialismo tiene que ser democrático. ¡Pero resulta que no es así! La experiencia de la mayoría de los modelos de socialismo que han existido evidencia lo contrario. Pareciera que esa falla es un problema consustancial o una regularidad. Por tanto, con más razón requiere con urgencia un análisis a fondo y con la mayor transparencia.

El debate de nuestro tiempo en torno al proyecto de país tiene que ser verdaderamente revolucionario. Requiere una mirada holística, crítica y propositiva que asegure preservar indiscutibles conquistas y transformar todo lo que sea necesario. Para eso son fundamentales: el contexto actual con las ventajas consustanciales de las crisis, el nivel de debate existente y la energía incomparable de  la sociedad civil, alejados de todo esquematismo mental y preconceptos caducos. No olvidemos que, como expresó Octavio Paz (1914-1998) “La ceguera biológica impide ver, la ceguera ideológica impide pensar».

Para contactar a la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com