El tiempo perdido

Foto: Pedro Szekely via Flickr

por Joany Rojas Rodríguez

Ya es casi mediodía. Llevo cuarenta minutos en la parada esperando el milagro del transporte público. Sí, porque quién lo duda, que una guagua aparezca y te puedas montar en ella, es un milagro en toda regla. Hoy decidí que debía salir en busca de algo para comer. Pasé toda la mañana dando vueltas por la ciudad, y el panorama aterrador de las grandes colas casi me hizo desistir de mi propósito. Casi.

El hambre es una mala palabra con el don de la tragedia, así que me involucré en una de esas colas. Después de ver que en las dos horas y algo que estuve allí apenas habían entrado seis o siete personas, y haciendo un poco de cálculo elemental, viendo la multitud que tenía por delante, desistí con resignación. Estar todo el día parado al sol, o sentado en la acera como un perro triste, no me hacía ninguna gracia, más cuando había la posibilidad de no alcanzar el paquete de muslos de pollo que allí vendían.

Y seguí en la búsqueda infinita y paciente, no de la sabiduría ni del bienestar del espíritu, sino del básico sustento que te ayuda a ir tirando. Y es que el asunto de la comida es una cosa seria. Puedo pasar días lavándome la boca sin crema dental, bañándome con una lasca de jabón llevada hasta la miseria misma, reciclando a más no poder el pomito de desodorante que sientes como si te mirara con lástima cada vez que intentas resucitar su contenido… hay escaseces tolerables hasta cierto punto cuando no te queda más remedio, pero no puedes pasarte quince días o un mes sin comer, a no ser que una fe poderosa te lleve a una huelga de hambre por una buena causa. Pero eso no me toca a mí, no tengo madera de héroe.

Y seguí mi caminata. Salí de la casa a eso de las siete. A las diez de la mañana todavía daba vueltas de aquí para allá, y solo pensaba que para la cena no tendría con qué acompañar el fufú de plátano. Sí, fufú de plátano, o es que no sabes que el arroz de la tan llevada y traída canasta básica normada no da ni para quince días, y que el arroz liberado desapareció por completo. Gracias que ha habido plátano todos estos meses, no ha faltado. Es raro, porque no he oído de ningún sobrecumplimiento en las noticias.

En fin, bien que dicen que la esperanza es lo último que se pierde, que nunca es tarde cuando la dicha llega, que a mal tiempo, buena cara, que la suerte es loca y a cualquiera le toca… así que me encontré con uno de esos establecimientos de fachada insignificante, y al que se suele ignorar en tiempos de crisis, al menos acá en Cuba: una carnicería. Claro que no había ningún cárnico en oferta, por algo se ignora su existencia en tiempos de crisis. Y no me pregunten por qué se le sigue llamando carnicería. Supongo porque la costumbre es más fuerte que el amor. Croqueta conformada… 50 ctvos, decía la tablilla de ofertas, ¡y sin cola! ¿Pueden creerlo? Cincuenta croquetas, pálidas y derrengadas (no se me ocurre otra palabra) cayeron en mi jabita de nailon y salí de allí raudo y veloz, con la moral en alto y los pies adoloridos de caminar.

Y ahora estoy aquí en la parada, hace cuarenta y pico de minutos, esperando la guagua para regresar a casa. Con la pequeña alegría de cincuenta croquetas en la jabita de nailon, dentro de la mochila (esos pequeños sueños que ayudan a vivir). Estoy cansado, hambriento, con un calor que ni el demonio en los mil infiernos. Y por más que le doy vueltas, solo una idea persiste con la misma tenacidad del sol que me hace sudar a chorros. ¿Cuánto tiempo he invertido en busca de algo para comer? ¿Cuántas horas que pude haber empleado en concebir nuevas ideas, nuevos proyectos de vida? Horas y horas que pude haber usado en mejores propósitos, horas enteras invertidas en cincuenta croquetas anémicas que al tercer o cuarto día empiezan a echarse a perder.

Entonces me vienen a la memoria todas las horas desperdiciadas desde mi niñez: actos políticos de “reafirmación revolucionaria”, castigados bajo el sol mientras algún funcionario daba su discurso oportunamente ubicado bajo la sombra, caminatas en conmemoración de alguna fecha histórica, las sacrosantas escuelas al campo (todavía me pregunto qué podía aportar a la producción un puñado de muchachos a los que nos importaba un rábano lo que íbamos a hacer allí). Las becas masivas en el campo, que le quitaban a la familia el papel que debía tener en la formación de los hijos.

También me vienen al recuerdo aquellas grandes movilizaciones agrícolas, especialmente una en la que estuve, que justo en el momento en que íbamos a almorzar, después de pasar la mañana pegados al surco, aparece un fulano del partido a reunirse con nosotros: hora y pico duró la perorata, y nosotros ahí, sudorosos, hambrientos, queriendo despellejar vivo al inoportuno visitante. También los mítines, las reuniones, las marchas, las tribunas… ¿Y para qué? Tantas horas retenidas, tantos días y meses malgastados, tanto tiempo secuestrado, ¿a dónde fueron a parar? ¿De qué sirvió tanto derroche inútil?

Yo solo sé que llevo mes y pico lavándome la boca sin pasta dental, que ya casi no me acuerdo de lo que es un baño decente con un jabón de verdad, y que hoy para la cena tengo plátano y croqueta. Poco me importa de quién sea la culpa. Es como dice la canción, es todo el tiempo perdiendo el tiempo.