Sin esperar orientaciones

Foto: Carsten ten Brink via Flickr

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Para los que vivimos en Cuba, es fácil desilusionarnos de las posibilidades de cualquier actividad cívica. En lo que se refiere a mi generación, los nacidos entre finales de los ochenta y principios de los noventa, la mayoría no quiere escuchar hablar de política y menos intentar participar en la vida pública. Esto es consecuencia directa de tantos años de una política oficial encartonada y rígida, décadas en las que se ha exigido de nosotros únicamente resistencia y cumplimiento de las orientaciones. No obstante, desde hace muchos años han aparecido alternativas a esa rutina gris, que han servido para que muchos recuperemos o aprendamos el gusto por la participación, entre las cuales se encuentran el activismo y el periodismo no institucionales.

Sí, fue necesario buscar un camino fuera de las instituciones establecidas. La vieja organización estudiantil, o la UJC, resultaron incapaces de ofrecer un camino atractivo y fecundo para los que tuvieran inquietudes cívicas, incluso en el caso de los que nos acercamos a ellas sin prejuicios y con convicción. De reunión en reunión, entre acta y acta, mientras los más pedestres problemas se quedaban sin resolver, todos fuimos aprendiendo que allí no había nada que hacer. Además, nos quedó la experiencia de lo que significa una organización internamente enferma, falta de vida, aplastada bajo su propio peso.

Muchas de las instituciones de la Revolución surgieron del maremágnum de hace sesenta años, y es evidente que en aquel momento estuvieron llenas de vida. Pero como dije en mi artículo Movimientos tectónicos, ocurrió una especie de congelamiento en el cual la lava acabó convertida en piedra. Toda la vida de una institución u organización, le viene de su nacimiento en el horno de la sociedad civil que se auto-organiza. En ese sentido, es el pueblo en su multitud de individualidades, el soberano, la única fuerza instituyente.

Al convertirse las viejas organizaciones más en un obstáculo que en una vía para el ejercicio de la actividad cívica, se hizo necesario el surgimiento de nuevas formas de auto-organización de la sociedad civil. El comienzo de este proceso puede rastrearse hasta finales de los años ochenta con el proyecto Paideia, o quizás más allá. Sin embargo, sería a partir de los años noventa cuando habría una explosión de proyectos comunitarios en todo el país, cuando comenzarían a desarrollarse nuevas formas de activismo antirracista, feminista, ecologista, etc. Muchas veces estos proyectos actuaban en espacios muy reducidos sin que pudieran ser conocidos, en una sociedad donde no existía aún Internet y donde los medios oficiales no les daban cobertura.

Este proceso continuaría en el nuevo siglo. Algunos proyectos tenían una perspectiva comunitaria, centrada en el barrio, otros tenían un objetivo más intelectual, de análisis teórico de la realidad cubana. En este sentido, no puede dejar de mencionarse la experiencia de Observatorio Crítico, con sus aciertos y desaciertos. También debe ser recordado el papel de Espacio Laical, una revista de la Iglesia Católica, en la difusión del pensamiento de una parte importante de la intelectualidad cubana.

Mi generación llega con los Lineamientos, Internet y la normalización con EE.UU.

Muchos de los viejos proyectos surgidos en décadas anteriores ya han desaparecido o se han debilitado, mientras que muchos nuevos han surgido. Se han consolidado experiencias de activismo, en los campos del feminismo, el antirracismo, la lucha por los derechos de la comunidad LGTBIQ, el ecologismo, etc. También ha aparecido una blogosfera, y en general una nueva hornada de medios de comunicación digitales no institucionales, como El Toque, OnCuba, Periodismo de Barrio y La Joven Cuba, entre otros. El periodismo fuera de las instituciones oficiales se convierte en la vía para que una nueva generación, ávida de decir muchas cosas y a su manera, pueda expresarse.

Las relaciones entre este mundo del activismo y las instituciones nunca fueron sencillas. Hubo proyectos que, por diversas razones, entre ellas haber hecho alguna clase de cuestionamiento político, fueron atacados desde la oficialidad y forzados a desaparecer. Otros fueron deliberadamente invisibilizados. Pero también ha habido experiencias de articulación efectiva, casos en los cuales las instituciones se han convertido en facilitadoras para llevar adelante esas causas, y donde muchos activistas han podido realizar su actividad bajo su manto. Estoy pensando por ejemplo en el Centro Martin Luther King, el Instituto de Filosofía o el CENESEX, que han realizado un trabajo valioso.

Siempre ha habido disposición, sobre todo entre los activistas que se ven a sí mismos en el campo de la izquierda y aún perseveran en creer que el sistema cubano es en alguna medida coherente con el proyecto socialista, para buscar articulaciones con las instituciones del Estado. Pero esto no quiere decir que esa articulación sea el único camino válido y efectivo para el activismo. Vamos a tener las cosas claras: el elemento activo en todo este escenario ha sido el impulso de los activistas que han decidido llevar adelante sus causas con o sin el Estado. El caso de las instituciones que han sido vías efectivas para el avance de esas causas ha sido siempre un caso excepcional. En su mayoría, las instituciones solo han estado para poner trabas, obstáculos, o para cooptar los activismos y llevarlos a un punto en el que se pierda su filo crítico y se burocraticen.

Al día de hoy, la lava volcánica del impulso popular en la lucha por darle solución a los problemas de nuestra sociedad, late en el activismo y el periodismo que se hace desde fuera de las instituciones. En aquello que se hace porque sí, porque le nace de adentro a las personas, porque les quema el interior. En la medida en que algunas instituciones han logrado canalizar esa fuerza y reverdecerse, maravilloso. Pero pretender a estas alturas que es la vinculación con el Estado lo que da la llave para diferenciar una lucha auténtica de lo que es una “histeria irresponsable destinada a la manipulación”, es hacer gala de un vulgar espíritu carcelario.

Esa exigencia de pureza, de estar anotado en la nómina, solo cabe en la cabeza de los que se sienten cómodos con la rutina de cuartel y quieren que todos nos jodamos junto con ellos.

Por supuesto que en una transición socialista puesta sobre sus pies, las instituciones deberían convertirse en nada más que la sociedad civil organizada. Ese es el punto de vista socialista, por oposición al liberal. El problema es que hoy, desde la oficialidad, se comparte el punto de vista liberal de ver la sociedad civil como algo ajeno. Para comenzar a salir de la situación a la que hemos llegado, habría que empezar por sacar adelante una nueva Ley de Asociaciones que permita que se ponga de manifiesto la verdadera estructura de la sociedad civil, una Ley de Prensa que le otorgue un espacio de legitimidad a los medios no institucionales que estén dispuestos a cumplir con la legalidad, y hace falta un trabajo político creativo que provoque un realineamiento de la sociedad civil con el proyecto socialista.

Es cierto que los proyectos surgidos fuera de la institucionalidad se han visto sometidos a otro peligro, el de ser cooptados por intereses extranjeros a través del financiamiento, muchas veces con dinero destinado por EEUU para el cambio de régimen en Cuba. Por lo general, este proceso termina teniendo un efecto similar a cuando son cooptados desde el Estado: caen en una propaganda vacía y se pierde tanto su filo crítico como su compromiso por la comunidad. Pero de este lamentable proceso no se puede sacar la conclusión de que la sociedad civil es un arma en manos del enemigo, como parece que piensan algunos teóricos de las guerras culturales.

La sociedad civil es el lugar de donde nace todo socialismo auténtico.

Dentro de este mundo fuera de las instituciones, que como decía más arriba, es donde late con más fuerza la lucha por la solución de nuestros problemas como sociedad, hay algunos proyectos de activismo o periodismo que han aceptado financiamientos de la NED o la USAID. Eso es, en muchos casos, una derrota para la Revolución. Cuando EEUU construye un fantoche de organización opositora en Cuba, sin vínculos reales con la sociedad, eso no tiene mayor trascendencia. Pero cuando se trata de un grupo de jóvenes formados por la Revolución, que deberían compartir sus valores, y que tienen raíces dentro de la sociedad y una audiencia, se trata de una auténtica derrota en primer lugar de los que no crearon las condiciones para atraer y comprometer a esos jóvenes con el campo revolucionario.

Sin embargo, la sociedad civil no se reduce a esos grupos que han aceptado un financiamiento norteamericano, ni se la puede concebir como un arma en manos del enemigo. Tampoco se le puede exigir a la sociedad civil una disciplina partidista cuando, al revés, es el Estado el que no debería ser otra cosa que la sociedad civil organizada. Para los que sienten placer en cortar alas, debería llegar este claro mensaje: los tiempos están cambiando, y cada vez serán menos los que se sentarán a esperar que les den las orientaciones.