La Ofensiva Revolucionaria

Foto: Peter Stackpole

por Joany Rojas Rodríguez

“(…) hay que decir que no tendrán porvenir en este país ni el comercio ni el trabajo por cuenta propia ni la industria privada ni nada. Porque el que trabaja por cuenta propia que pague entonces el hospital, la escuela, lo pague todo, ¡y lo pague bien caro! (…)” Estas palabras fueron dichas por Fidel en el discurso pronunciado el 13 de Marzo de 1968 en la escalinata de la Universidad de La Habana, en un acto conmemorativo del asalto al Palacio Presidencial. Las repercusiones que tuvo el discurso son bien conocidas: anunció el inicio de lo que hoy se conoce como La Ofensiva Revolucionaria de 1968.

El objetivo fundamental de esa campaña fue acabar, de una vez y por todas, con los vestigios de la época pre-revolucionaria, lo cual era fundamental para la construcción de una sociedad nueva y la forja de El Hombre Nuevo, que no era más que el concepto del revolucionario austero y virtuoso, dispuesto a cualquier sacrificio y alejado de todo tipo de ambición material.

Debo confesar que este hecho me era por completo ajeno, pues nací mucho después, y además no es algo de lo que se hable con frecuencia. Ni siquiera lo enseñan en la escuela, y nunca he oído que celebren el aniversario de aquel discurso, que tuvo consecuencias directas en la vida cotidiana de los cubanos. Me parece sospechoso dado su significado y connotación, siendo nosotros tan dados a enaltecer los grandes hechos históricos, que aquello se haya mandado al país del olvido. Y al parecer sin pasaje de vuelta.

El gobierno revolucionario ya había nacionalizado las grandes empresas y compañías a inicios de la década de los sesenta. La socialización de los grandes medios de producción era un paso indispensable en la conformación de una sociedad socialista. Sin embargo, la expropiación de pequeñas y medianas empresas y de cualquier tipo de negocio privado era un paso radical que iba más allá. Muchos no entendieron de qué manera incidía la expropiación de un puesto de pan con croqueta en la construcción del socialismo, pero como dije más arriba se pretendía la destrucción total del viejo paradigma social. Sobre las ruinas de la anterior se erigiría una sociedad nueva, formada por seres humanos incorruptibles, monásticos y virtuosos, y, por encima de todo, revolucionarios y sacrificados, dispuestos a inmolarse por la patria nueva.

Y es verdad, era un ideal digno por el cual luchar, porque en eso consiste la belleza de los ideales, sirven de faro y guía para ser mejores, pero ese deseo no puede ser impuesto, ni ir en contra de las lógicas más elementales. Fueron expropiados comercios de víveres, carnicerías, bares, establecimientos de comida, a saber, restaurantes, cafeterías, etc. También lavanderías, barberías, zapaterías, talleres de mecánica automotriz, talleres de artesanía, carpinterías y todo aquello que representara un atisbo de independencia económica y autosuficiencia. Por supuesto, aquello no tenía cabida en la nueva sociedad socialista, ya que, en esa sociedad, sería el estado el garante absoluto de la satisfacción de las necesidades del pueblo, de todas las necesidades del pueblo.

Definitivamente, la belleza de los ideales es tentadora. ¿Qué razones se esgrimieron para este golpe definitivo al emprendimiento individual? Según el discurso al que ya hice referencia, se habla en primer lugar de las ganancias que dejaban estos negocios. Otro argumento es la actitud revolucionaria y moralidad de sus dueños y de la clientela. También se refiere a la legalidad, tanto en los documentos como en las fuentes de suministros. Se expresa dudas sobre las condiciones higiénicas e incluso se cuestiona que la mayoría de estos establecimientos no prestaban ningún servicio social a la comunidad. Pero si la venta de alimentos al por menor no es un servicio social a la comunidad, entonces no entiendo el concepto.

Es curioso cómo en dicho discurso se arremete contra los bares. Por las expresiones usadas puede inferirse que estos eran vistos como focos conspirativos, donde la degradación de la moral revolucionaria era demasiado grande como para no tenerla en cuenta. Y yo me pregunto: ¿no hubiera sido más beneficioso si en lugar de suprimir el sector privado se hubiera llevado a cabo un reordenamiento de este en función de una relación armónica y complementaria con la empresa estatal? Ah, sí, es lo que van a hacer ahora…cincuenta y dos años después.

¿Acaso no había nadie que alertara de las consecuencias que esta Ofensiva podía traer, y que de hecho aún sufrimos hasta el día de hoy? Hay muchos otros elementos relacionados con la ofensiva que no menciono aquí porque no haría sino repetir lo que ya está dicho de manera detallada, con abundante información en varios medios digitales. No obstante sí quiero hacer referencia a uno del que no se habla mucho, y que es para mí el más importante: el ser humano.

Muchas de estas pequeñas y medianas empresas, o negocios privados, como quieran llamarle, que fueron confiscadas en la Ofensiva Revolucionaria de 1968, formaban parte del patrimonio familiar de muchos cubanos que, por generaciones y con gran esfuerzo, sacaron adelante para garantizar a sí mismos y a sus descendientes una vida mejor. El despojo de los bienes que  con tanto sacrificio adquirieron, tuvo costos humanos irreversibles. Familias enteras quedaron en la ruina, algunos enloquecieron, otros buscaron la salida en el suicidio, otros emigraron, y muchos vivieron el resto de su vida desahuciados.

La alta dirigencia revolucionaria haría bien en pedir disculpas, porque, además de ser políticamente correcto, sería un alivio a tantos rencores y amarguras contra la Revolución, que al día de hoy son heridas aún sin cerrar, y que tuvieron su origen en aquellos días de 1968, cuando creíamos que los ideales se cosían a mano y que teníamos el paraíso a la vuelta de la esquina.