Después de la muerte

Foto: Luis Ruiz Tito/Presidencia República Dominicana

Por: Lixandra Díaz Portuondo

«Nuestra vida individual no es tan importante como lo que somos y significamos socialmente». (Eusebio Leal Spengler. Junio de 1995)

Es difícil escribir de alguien a quien lees para escribir. Tan difícil como hablar de alguien a quien también escuchas para aprender a comunicar. Solo él podía darle permiso a estas letras que pretenden encender luces tenues sobre uno de los temas más abordados por el Doctor Eusebio Leal.

Los grandes cambios, las grandes transformaciones siempre han tenido detrás hombres con el don de la palabra, el poder del convencimiento. Eusebio Leal era uno de esos hombres con tan envidiable talento.

Pensaba yo mientras escribía, en hablar de las condecoraciones otorgadas a Leal Spengler, pero la información es fácil de encontrar y poco homenaje a él sería el de repetirme. También podría mencionar su obra en el Centro Histórico de la Ciudad, pero no hay mejor experiencia que la palpable.

Lo invito entonces a caminar La Habana Vieja, donde es inevitable percibir su esencia, o -para el foráneo- preguntar quién está detrás de todo ello. Se sabe que de forma omnipresente hay un “genio” (porque salvaguardar la cultura es una genialidad que ayuda a mantenerse a flote). La Habana Vieja es más que un sitio para el paseo sabatino. Es un convite para descubrir la Ciudad y el país en su inquebrantable reconocimiento y relación histórica consigo y con otras naciones.

Leal lo tuvo presente en toda su labor de restauración y preservación del Patrimonio material e inmaterial, por ello La Habana Vieja, es el lugar dónde muchos descubrieron -como yo- a qué dedicarían sus días. Dicho esto, solo si se disfruta el sonar del adoquín con las presurosas pisadas, en medio de muchísima gente intentando aprender, vender, comprar, mirar, enseñar, o simplemente entablar una grata conversación mientras se ven las palomas pasar; puede uno comprender lo fructífero de la lealtad de Eusebio a La Habana.

«La Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana es heredera y depositaria de la labor desplegada por sucesivos historiadores, desde Félix de Arrate, en la segunda mitad del siglo XVII, hasta Emilio Roig de Leuchsering, cuya fecunda existencia terminó en 1964. La amplia labor de divulgación y defensa de temas del patrimonio habanero que Roig de Leuchsering promovió y llevó a cabo, ha permitido que todo cuanto hacemos hoy tenga un valor de continuidad» (1)

Lo anterior, lo expresó Eusebio Leal en 1995 a la revista ICOMOS, mientras su labor como historiador de la Ciudad estaba muy lejos del actual deceso. En esa lista de personas entregadas a la incansable batalla por defender La Habana hasta el último suspiro, ha llegado la hora de incluirlo.

La noticia de su muerte la supe-internet mediante- sobre las 11 de la mañana. Recibí un mensaje de mi mejor amiga por messenger: “¿Oye, viste lo de Eusebio?”, y aunque no explicó más, sabía de qué iba. Entonces revisé mi WhatsApp y todos los estados dejaron ver imágenes de Leal con comentarios como “Buen viaje”, “EPD”, “La Habana se viste de luto”… Confirmado.

Otra cruz en el obituario de este año que nos duele.

La personificación del año 2020 se ve como un señor molesto, o tal vez ingenioso que cada semana trae novedades -en su más estricto sentido y relevancia- para avivar emociones. ¡Y vaya manera de lograrlo!

Aunque es inminente el dolor ante la pérdida de quien para muchos es un adalid; lo más útil es pensar en nuestro compromiso después su muerte, puesto que «no se nos pedirá cuenta de lo que se nos quita, sino de lo que no hicimos» (2). Mientras parezca que aún nos habla cuando leamos sus intervenciones, será útil su obra. Eusebio solo aspiraba a la utilidad de su trabajo, y fallarle en el mantenimiento de su obra sería defraudarlo.

Consciente estaba de nuestro papel y el de unas cinco generaciones anteriores a la nuestra, cuando en 1995 nos identificó como «la generación que ha de someter a juicio la obra realizada» (3) por los de su tiempo.

El justo homenaje y preservación de esta tarea encomendada por el historiador se verá al volver sobre la historia de La Habana y de Cuba, sobre nuestra identidad y lo que significa la nación cubana.

Y creo que es necesario volver porque hay posiciones -que comparan el fallecimiento del Doctor con otros representantes de nuestra cultura-, de las que no me haré eco, pero que más allá de ignorar la magnitud de la pérdida en cuestión, señalan una depauperación del sentimiento de nación en general y un desconocimiento no solo de la obra de Leal Spengler, sino de la historia de Cuba. Y, por ende, carecen de respeto hacia ella.

Ni la juventud, ni Cuba, ni La Habana están perdidas, mas algo pasa en la enseñanza y apropiación de nuestra historia, y es hora de prestarle atención. Evaluemos el estado de la cultura y la tradición cubana hoy día, punto por punto, y encontraremos las justas señales. «La historia es la memoria de las cosas. Una persona sin memoria es una víctima, un pueblo sin memoria es una fatalidad, jamás encuentra su camino». (4)

En estas líneas no pretendo brindarles un Eusebio Leal Spengler perfecto, no intercambiamos lo suficiente como para afirmarlo. Solo tengo dominio de su desempeño como cubano, conservador y profesional comprometido con la obra de La Habana. Basada en ello, si afirmo que fue el hombre que no impuso el amor a la nación cubana. Y cuando digo nación me refiero a lo que somos, a nuestro suelo, al país.

De ese Eusebio hablamos aquí. De alguien que, incluso en medio de una agonía personal por su dualidad cristiano-revolucionaria, reafirmó su voluntad de apoyar la Revolución como única alternativa para el panorama de la época.

Hablo de nuestro PAÍS en este texto. Ese que usted ama, más cuando está lejos. No mezcle desavenencias gubernamentales con su afecto a la isla. Y antes de que comience a refutar, note la diferencia que hay en su corazón entre lo gubernamental y su amor por Cuba. Porque a Cuba, es imposible no amarla, pero a veces parecemos desconocerla.

Eusebio lograba que usted amase a Cuba y la conociese sin imposiciones.

Le bastaba un exhaustivo relato sobre el origen de un parque de La Habana, una tarja, un museo… He aquí la razón por la que podía hablarle a los ancianos para los que procuró hogares en la Oficina, a los adultos que acogió como trabajadores encargados de preservar el patrimonio de la ciudad, a los jóvenes para los que creó iniciativas como la Escuela Taller “Gaspar Melchor de Jovellanos”. También depositó su fe en los púberes para los que cedió A+Espacios Adolescentes; en los niños para los que previó la restauración de la Escuela Primaria Rafael María de Mendive, por solo citar ejemplos.

Llámele don de la palabra, del convencimiento, dominio exquisito de la historia, o fiel compromiso por reparar y creer en «el signo de sumar». El punto es que su «discurso ha sido siempre para todos los cubanos» (4). Quién no lo ha leído, lo ha escuchado o lo ha visto cuando en el empeño por transmitir su respeto por este país, mostraba su versatilidad para enseñar la Cuba que se guardaba.

No hay generación perdida, ni nuestra cultura está del todo mal. Lo reafirmé cuando, horas después, el homenaje virtual pasó de los comentarios de condelencias a: “Hoy y el fin de semana estaremos colgando sábanas blancas en los balcones, en homenaje a Eusebio Leal”. “Favor de pasar a todos sus contactos de La Habana”. (Propongo hacerlo extensivo). “Honor a quien honor merece”. Y las redes sociales que parecen un enjambre de mediocridad y neurastenia en no pocas oportunidades, esparcieron hoy un justo homenaje que no se encomendó, sino que surgió del pueblo, y ese es el más fidedigno láureo.

«Necesito personas que aspiren a hacer cosas» decía en una entrevista. Y esta es entonces nuestra tarea: la aspiración de preservar y defender cada uno de nuestros derechos y los de este país, no la de transigir por su ausencia. Y este primer paso, este homenaje impulsado desde las redes sociales, me parece un buen signo.

Mi aspiración es que «el mejor de [sus] amores, la mejor de [sus] pasiones, el mayor de [sus] desafíos»: La Habana, siga en pie. Dijo en una oportunidad que, de haber otra vida después de esta, su alma vagaría eternamente por la ciudad. Sería bueno que quedase como ancestro protector de cada esquina habanera y de cada esencia cubana.

«La isla nos invita, y yo hago particularmente mío ese deseo, a conocerla y a amarla. No la vean con ojos judiciales, sino con ojos de amor. Hay mucho por hacer, pero habita en su interior, invisible para algunos, pero real y palpable para mí, el corazón de una generación nueva que hará suyo los sueños y quimeras de la que ya se extingue». Seamos nosotros quienes luchemos por mantener «esta isla, por levantarla, por que sea siempre la más bella» (2).

  1. La gesta de la restauración. Junio, 1995, para Revista Icomos (UNESCO)
  2. Ciudad y natura. Intervención especial en la Conferencia Regional (América Latina y el Caribe) de Geografía, La Habana, 31 de julio, 1995
  3. El concepto de patria. Discurso de clausura del evento Cuba: cultura e identidad nacional, La Habana, junio, 1995.
  4. Dialéctica personal. Entrevista “Indiferente a nada” concedida a la periodista Magda Resik Aguirre y publicada en Juventud Rebelde. 19 de noviembre de 1995.

*Todas las intervenciones se pueden encontrar en La Luz sobre el espejo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2017.