Darwin y una científica hippie

Foto: @robypangy via Twenty20

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Charles Darwin, al publicar El origen de las especies, le brindó un pretexto científico a la ideología burguesa y el totalitarismo. Primero, los teólogos más ortodoxos arremetieron contra la selección natural. Darwin y Alfred Russel Wallace habían puesto en los predios de la biología lo que había sido obra de Dios. Pero la competencia por la vida, el éxito del más fuerte, del mejor dotado, es tan atractivo para justificar el modo y las relaciones de producción capitalistas que, apenas con la llegada del siglo XX, el darwinismo sería convenientemente compaginado con el Génesis y hasta hoy, en el catecismo, te enseñan que los tiempos de la creación divina son meros símbolos inescrutables de la Palabra Divina. En Occidente, sería suficiente con que el Altísimo fuera creador de los genes siempre que los sacerdotes –los católicos más que cualquier otros- sobrevivieran al racionalismo decimonónico y continuaran ejerciendo la hegemonía sobre la espiritualidad de la gente.

Un drama que cuente la historia de la Biología, tendría como anécdota obligada el descubrimiento en 1910 por Thomas Hunt Morgan de una mosca mutante de ojos blancos. La publicación de El mecanismo de la herencia mendeliana , en 1915, por Hunt y sus compañeros y el artículo de Ronald Fisher en 1918 The correlation between relatives on the supposition of mendelian intheritance”  constituyen las bases  de la síntesis evolutiva moderna en el estudio de la vida. El neodarwinismo, como también se le conoce, resultaría el “sustento” científico de ideopolíticas tan aparentemente opuestas como el estalinismo y el fascismo, manifestaciones de un darwinismo social que, aunque había sido enunciado por Hebert Spencer incluso antes de la aparición de El origen de las especies, encontraron perfecta aplicación en los «experimentos» sociopolíticos de alemanes y soviéticos. Nada como una guerra para demostrar a las masas que el más fuerte está destinado a sobrevivir, tener éxito y vencer. Sólo en la primera mitad del siglo XX hubo dos, devastadoras.

La noción, vulgarizada por el cine, la prensa y el resto de los medios de comunicación, de que la Evolución ha de interpretarse como la ley del más fuerte, del mejor dotado. Soslaya el papel de la colaboración biológica y la simbiosis en la adaptación de los seres vivos a las condiciones ambientales y la evolución. Se sustenta en unas Ciencias Sociales nacidas como hijas del matrimonio incestuoso entre la Ideología y las Ciencias Exactas y Naturales.  El desarrollo de las Ciencias Sociales fue resultado del auge del racionalismo decimonónico y trae consigo la traslación de paradigmas metodológicos y modelaciones teóricas de disciplinas milenarias, como la matemática, la física y la bilogía, a las entonces imberbes psicología social y sociología. El neodarwinismo sirve para inocular la idea de la superioridad de los escogidos, y argumentar lo mismo los pogromos de los nazis que la imperiosa necesidad de que los ucranianos abastecieran de granos a la URSS, una de las causas del Holodomor.  El pueblo ruso como «la fuerza superior de la Unión Soviética», la raza «aria» y los métodos políticos usados por unos y otros en el sostenimiento del mito, son manifestaciones implícitas de ese darwinismo social.

La bióloga y activista social norteamericana Lynn Margulis, publicó más de setenta libros y cientos de artículos, algunos de ellos, en colaboración con su hijo Dorion Sagan, hijo también del famoso astrónomo Carl Sagan. Margulis aunque reconocía el trabajo de Darwin, entendía que los neodarwinistas no habían logrado explicar las incógnitas que trascendieron al inglés, una de ellas, y quizás la más importante: la fuente de las variaciones que impulsa la evolución de la vida. Según la científica hippie, las mutaciones genéticas aleatorias, esgrimidas por los neodarwinistas, no bastaban para explicar la evolución biológica que significaba la incorporación de nuevos rasgos a los seres vivos. Entonces desarrolla sus respuestas en otros ámbitos teóricos, basadas en las ideas del estadounidense Ivan Wallin y del ruso Konstantin Mereschkowski, que habían postulado la simbiosis –colaboración biológica-, entre los organismos simples como el proceso catalizador de la aparición de organismos complejos.

Aunque al principio sus postulados fueron rechazados por la comunidad científica, y los divulgadores hicieron caso omiso de sus planteamientos, para 1970 desarrolla su teoría de la simbiogenésis en su libro Origin of Eukaryotic Cells¸ y a partir de ahí encuentra apoyo experimental. En agosto de 2014, en la revista Nature se publicaron los resultados de la comparación de más de un millón de genes de 55 especies de eucariotas, y más de seis millones de genes de procariotas, por un equipo investigativo dirigido por Wiliam F Martin, y se ha demostrado la teoría de Margulis.

O sea, se ha comprobado experimentalmente que Margulis tenía razón al subvertir el neodarwinismo, exaltando la simbiosis, o sea, la colaboración, como desencadenante de la evolución.  Obviamente, este no es un resultado atractivo para las teorías filosóficas basadas en la supresión mediante la acción violenta o implantación hegemónica de contradicciones sociales identificadas como antagónicas. Cualquier noción de que la evolución de una sociedad dividida en clases hacia una que se distinga por la participación y la colaboración entre grupos portadores de roles, es imposible sin que una derrote, aplaste, a la otra definitivamente, va a negar la posible replicación sociopolítica de los postulados de la endosimbiosis de Lynn Margulis.

La interpretación apriorística y sesgada de que la Ley de la Unidad y Lucha de Contrarios se manifiesta en la sociedad exclusivamente en forma de lucha de clases y búsqueda de la hegemonía política, soslayando otras alternativas allí donde las condiciones histórico-concretas lo permitan, propiciarán que los legionarios de las clasificaciones y los atrincheramientos divisorios corran a acusar este artículo de centrista o pro Tercera Vía, y los supremacistas de derecha y anticomunistas viscerales lo aúpen sólo según la perspectiva aparentemente conciliadora que tendría, en aras de continuar expoliando y oprimiendo a millones de personas.

Pero los resultados científicos de Lynn Margulis están ahí, conviviendo con el neodarwinismo y otorgando una respuesta al origen y evolución de la vida mucho mejor demostrada experimentalmente, que las que se lograron con las teorías que le antecedieron. La endosimbiosis está ahí, lo mismo que la necesidad que tenemos en Cuba de que convivan varios tipos de propiedad, de que colaboren y se complementen varias formas de producción, y de que se interrelacionen tipos de mercados según el nivel adquisitivo de los diferentes actores económicos. Si el resultado de esto es o no la aniquilación de los más débiles o desventajados según el darwinismo social, será responsabilidad, en primer lugar, de los que estén mejor dotados culturalmente para evitarlo, del Estado, y de todos los que conformamos la nación.

Para contactar con el autor: grmilanes@gmail.com