El estanco agrícola cubano

Foto: @feetitchy via Twenty20

Por: Ernesto Formoso Lahera

En 1716 el rey español Felipe V ordenó instaurar en la Capitanía General de Cuba un monopolio tabacalero que tributara a las arcas de la metrópoli. Con esta política se ilegalizó la venta libre de la hoja aromática y comenzó a gestarse un proceso conocido en la historia cubana como Estanco del Tabaco.

Era un negocio redondo para la corona. Mediante la Real Factoría de Tabacos de La Habana “España se convirtió en el único comprador de las cosechas, fijaba los precios y determinaba el volumen de las producciones. Además, estimulaba el cultivo de las variedades que más se demandaban en Europa, podía preparar un escalafón de preferencia y fijaba las cuotas de importación. Se excluía a cualquier comprador libre y se prohibía vender el tabaco que no había sido comprado, tenía que ser quemado. Por ello se erigió como un férreo monopolio estatal.” (Casares, Hernández y Marín, 2017 p.4)

La aplicación de esa política provocó las sublevaciones de los vegueros de 1717, 1720 y 1723, pero también llevó a la caída drástica de las producciones de tabaco y abrió el camino a una variante de comercio ilegal que mitigaba la opresión de los campesinos: el contrabando.

300 años después el cultivo de varios productos agrícolas es muy controlado por el Estado.

Tabacuba, como organización superior de dirección empresarial, planifica, compra (al precio que ella misma impone) y procesa la producción tabacalera en la isla. Esta especie de factoría del siglo XXI acapara el 90 por ciento de la cosecha de cada productor privado y el diez por ciento restante pueden quedárselo para consumo personal, pero no pueden venderlo a nadie más.

Este emporio comercial reportó casi 270 millones de dólares en 2019, sin embargo, muy poco de ese dinero queda en manos de los productores. Los pagos que realiza el gobierno por un tabaco de excelente calidad y que se vende en el mundo entero como un producto de lujo son bajos. Para colmo el dinero llega muy tarde o no llega (las deudas y cadenas de impago son reconocidas por el Ministerio de la Agricultura de Cuba como una de sus mayores deficiencias).

En ese contexto, el mercado negro se abre paso como una alternativa para los turistas que no pueden pagar los puros o para los cubanos necesitados del buen humo. Las cajas y etiquetas parecen tan reales que han engañado a miles de fanáticos del habano. Trescientos años han sustituido al tabaco rapé que salía en barcos ilegales a la sombra de España, por valijas que burlan aduanas llenas de puros.

Como si no fuera lo suficientemente terrible ver como se repite una historia tan macabra con el tabaco cubano, el estanco afecta a otros renglones agrícolas “priorizados” por el gobierno.

En el caso del Café el Estado tiene otra factoría medieval en acción. Cubacafé regula y procesa a tal punto la producción del grano, que hace pocos días el Noticiero Nacional de Televisión publicó un reporte sobre la instrucción penal y decomiso de todos los medios empleados por un campesino para la venta “ilícita” del café que producía.

En el año 1961 la producción de café en Cuba superó las 60 mil toneladas y en el 2019 rondó las 9 mil. Casi 60 años de monopolización han hecho implosión en un sistema productivo que lejos de promover y socializar el café tan demandado por el cubano, lo ha encarecido. Redes clandestinas (que muchas veces parten de “factorías” estatales) han creado mercados paralelos que ofertan el café ausente en las tiendas en divisa.

¿Qué conclusiones podemos sacar de este panorama?

En primer lugar, que los guajiros cubanos no ven (o al menos no demuestran ver) en este contexto económico una política perversa y degolladora de las fuerzas productivas (como si lo vieron los vegueros criollos sublevados del siglo XVIII). El campesinado cubano se mueve en las aguas del único mar que ha surcado, pues la mayoría nació con la revolución y no ven en ella a quién, al menos en materia económica, los asfixia inexorablemente.

Por otro parte, la política estatal del café y el tabaco no es nada nuevo en Cuba o inherente a estos renglones; es algo que está presente en toda la economía cubana. Como un fantasma endemoniado que desestimula y atenta contra la producción de cualquier cosa, la centralización de la economía es, cuando menos, ineficiente e inoperante.

En aras de eliminar actores económicos que le hicieran competencia y pudieran atentar contra el poder supremo del Estado, la Revolución Cubana eliminó a los pequeños propietarios en la década del 60 del siglo XX. La extinción masiva de aquellos trajo vacíos productivos y de servicios en la mayor de las Antillas que fueron tapiados con los mangos bajitos de la URSS. Luego vino el Período Especial en los 90 y la crisis condicionó una apertura ligera a la propiedad privada. En la década del 2000 dimos marcha atrás a la iniciativa gracias al apoyo del comandante Chávez y a partir del 2010 un deshielo empezó a mostrar los bríos de cambio que trajo Raúl como presidente.

Es decir, el nivel de centralización económica en Cuba ha fluctuado de acuerdo a las crisis económicas y a los cambios de poder internos (estos últimos casi imperceptibles de manera general, pero ligeramente influyentes en este tema). En la actualidad se combinan ambos factores: en la isla el único producto que abunda es nada y Díaz-Canel no porta el apellido Castro.

Aunque el café y el tabaco son dos joyitas exportables de la menguada cartera de productos cubanos que circulan por el mundo (y el Estado las controla y “atiende” con esmero), existe una demanda interna que quizás decidan aprovechar e inicien una apertura hacia el mercado con las nuevas medidas anunciadas. La crisis nos abre la muralla, debemos ahora pasar por ella.

Referencias: El estanco del Tabaco: su influencia en las luchas sociales en Cuba (1717-1723) Claudia Casares Alomá, Maricary Hernández Reyes, Wilian Marín Hernández (2017)