El dilema de las voces platinadas

Por: Giordan Rodríguez Milanés*

El término voces platinadas es un invento no patentado (dicen que data de 1816), un dislate que muestra, en el menor de los casos, cierto déficit de visitas al diccionario de la RAE por parte de quienes dicen dirigir la Radio Cubana.  Platinado es la acción y efecto de platinar, que es cubrir un objeto con una capa de platino, un elemento de la tabla periódica de Mendeleiev. Un experto en bioquímica quizás pueda esclarecerme si existen iones de platino en la composición de los tejidos del aparato de fonación humano.

Se dice que un locutor es atiplado (jamás en mis más de dos décadas como director de radio escuché eso de voz platinada) cuando su voz es aguda, proyecta pocos armónicos graves, o se acerca al tono dominante de la voz tiple, más frecuente en mujeres y niños que en los hombres, aunque sin que sean exclusivos de aquellos.  Viene de tiple, un instrumento musical de viento madera que produce un sonido muy agudo, también una guitarra pequeña. El término es de etimología desconocida.

Los primeros cincuenta años de radiodifusión cubana se hicieron con voces que se escuchaban un tanto atipladas, aunque esa no fuera su naturaleza, por una razón muy simple: los micrófonos de condensadores usados hasta los años sesenta tendían a cancelar las bajas frecuencias. Por lo que una voz, por «macha» que fuera, siempre se escuchaba un poco más aguda, más suave (si cabe el término) de lo que en la realidad era. Aunque tuviera un tono bajo dominante o proyectara muchos armónicos en bajas frecuencias, sencillamente no los registraba el transductor. Escúchense las grabaciones de las transmisiones de Radio Rebelde desde la Sierra Maestra, y me dirán si notan una voz de Orestes Valera «a lo Marlon Marlon».

No recuerdo ninguna referencia en La Radio en Cuba, el imprescindible libro de Oscar Luis López, a que, para el dueño de una emisora cubana de antes del 59 o para los anunciantes, el tipo de voz de un locutor fuera impedimento para realizar su labor si, claro está, tenía audiencia suficiente, o «vendía», como se decía entonces. Hay incluso antecedentes de programas que, por su alcance marcaron pautas en la historia de nuestra radiodifusión, como aquel Pon tu pensamiento en mi, el  del agua de Clavelito, cuyo locutor, cuando no cantaba una de sus décimas improvisadas, llegaba a tartamudear al leer las miles de cartas que le enviaban sus oyentes.

Los programas radiales cubanos, hasta bien avanzada la década del sesenta, se caracterizaron por una locución más bien desenfadada, (feriada, diríamos ahora) sin demasiados énfasis graves ni mucha solemnidad. Lo varonil, lo «macho», se relacionaba mejor con la expresión de la caballerosidad, el respeto a los invitados y al oyente, la educación formal manifiesta, al estilo de Germán Pinelli o Eduardo Rosillo; o con la riqueza de matices, el gracejo y el uso ameno de las intenciones, baste recordar a Manolo Ortega, Boby Salamanca o Jesús López Gómez. El tipo de voz era un elemento a tener en cuenta, pero un elemento más y no más importante que, lo que un lingüista llamaría: la actitud del hablante.

En la década del setenta hay una especie de obsesión por acabar de eliminar cualquier vestigio de código que nos remitiera a la radio comercial. El edificio metodológico de la radio cubana se comienza a sustentar en el funcionalismo lingüístico donde es más importante el cómo  y el quiénes  que el qué, porque de establecer el qué se encargan los ideólogos desde el Partido. Ante la imposibilidad de abrir el espectro temático –pongámonos en contexto, hablamos del periodo del Quinquenio Gris que, para algunos, fue década- se enfatiza más en la clasificación formal de los programas que en el enriquecimiento y la diversidad de los contenidos acorde a la riqueza cultural y la pluralidad subyacente en la sociedad cubana. Ni hablar entonces de agenda pública.

Pero hay que procurar que te escuchen (De qué sirve una radio que no se escuche), con la condición de que eso que se escucha debe adecuarse a un plan temático preestablecido por los ideólogos, y no puede parecerse a la radio comercial. Es ahí cuando le llega su momento al pop español –ahora los nostálgicos le llaman: música de la década-  y a las voces graves, los tonos bajos, la «piedra», como le decíamos en el argot de los radialistas. Aclaro que siempre existieron locutores con esas características, pero si los prefería la audiencia no era por su tipo de voz en si mismo, sino por la intencionalidad elocutiva¸ o sea: la actitud del hablante. Asociadas a las voces graves (no pocas veces brutalmente impostadas con ayuda de los recién llegados micrófonos de diafragma y las consolas con ecualizadores analógicos multibanda), se impone, o nos imponen, lo que particularmente denomino: el estilo Nocturno. Es ese programa de Radio Progreso uno de los que mejor sirve de patrón para que a lo largo y ancho de la isla, proliferaran las «piedras», los tonos solemnes con o sin melcocha, «la sobriedad, compañeros, la sobriedad»,  porque la radiodifusión se ha convertido en un asunto muy serio, se trata de «la identidad, la defensa de la nación cubana, la Patria», como nos dice la directora de comunicación y contenido de la Radio Cubana. Esa defensa, según el criterio predominante en el ICRT, hay que hacerla con el trombón de vara y no con el tiple, con la piedra, no con el platino, con una voz a lo Elvis Presley y no a lo Bola de Nieve.

De tal modo la Radio Cubana, al pretender negar el estilo comercial de los años 50, magnifica la distribución machista de roles genéricos que asocia lo grave con la fortaleza y la agudeza con la debilidad. Yo no puedo asegurar que esa sea, en si misma, una postura homofóbica. También pienso que es un estereotipo discriminante, relacionar la homosexualidad con la voz aguda y la debilidad, y la heterosexualidad con lo grave y fuerte. Vamos, que algunas grandes «piedras» de nuestra Radio nunca se atrevieron a salir del closet, y emblemáticos conductores heterosexuales tuvieron voces atipladas y tenían que impostarlas para «salir ilesos».

Si la directora de comunicación y contenidos de la Radio Cubana le dice al periodista Francisco Rodríguez Cruz que ni ella, ni ningún otro cuadro del ICRT, son homofóbicos,  y además se lo cree un activista por los derechos LGTBI como Paquito, ¿quién soy yo para dudarlo? Sí puedo asegurar, incluso testimoniar, la batalla campal que tuvimos que echar  en la década del noventa desde la Asociación Hermanos Saíz, para que los evaluadores de la locución en Cuba abrieran el diapasón de los matices de lo que ellos –algunos mis amigos, reconocidas personalidades que respeto y aprecio- consideraban una voz radiofónica, y permitieran el acceso al micrófono a excelentes comunicadores que, ahora no creyéramos, pasaron por ese vía crucis, y lo mantienen calladito.

Tuve compañeros que esperaron años para que los avalaran como hablantes, que tuvieron inclusive que esperar a obtener, paradójicamente, una decena de premios en Festivales Nacionales de la Radio, para que los evaluaran como locutores. Decían que tenían voces atipladas o un tono central no acorde con su género. A más de uno, algunos directores de programas, les enseñamos a «colocar» la voz, que no es más que aprender a impostarla sin que se note artificial, para que aprobaran el ejercicio evaluativo. Puedo mencionarlos con nombre y apellidos. No lo hago por una cuestión de respeto elemental, no he pedido su autorización. Me consta que la directora de comunicación y contenido de la Radio Cubana conoce personalmente, por lo menos, a uno de ellos.

Pero no hay que caer en la trampa de pensar que el gran reto comunicativo de la radiodifusión cubana, ni en lo formal ni en lo conceptual, está en el tipo de voz o la orientación sexual de sus locutores, ni siquiera en los roles que se les adjudican basados en estereotipos machistas y ortodoxos. El gran reto de la Radio Cubana actual es, tan simple y llano, como oírse, escucharse. Y más que eso, ser creíble, y ser portavoz del debate ideológico nacional, del verdadero, del que se produce en las colas, en la mesa del dominó, en los cinco minutos de cambio de turno en las escuelas, en las redes sociales. Y para salir airoso de ese gran reto lo primero que necesitan sus directivos es despojarse de sus propios amarres metodológicos, propiciar que sus realizadores salgan del closet conceptual en el que están escondidos con criterios propios de la diversidad y riqueza cultural del siglo XXI cubano. Ya muchas de las voces de «piedra» que aún rigen los destinos de la locución en Cuba, lamentablemente, no alcanzan a entender. Y para ello, para defender la identidad y la Patria, como la Canción con Todos de Tejada e Isella, se necesitan: «todas las voces, todas». Una diputada seguramente ha de saberlo.

*El autor trabajó durante 23 años como guionista y director de programas de radio. Tiene en su currículum tres decenas de premios en Festivales Nacionales de la Radio Cubana, y la Orden al Mérito Artístico otorgada por la antigua Universidad Pedagógica de Granma por su labor como radialista.

Para contactar con el autor: grmilanes@gmail.com