Los demonios de Oscar

Por: Ernesto Formoso Lahera

María lo llama desde la verja. Una vecina en Cuba con noticias tiene mucho de alarma frenética: debes “apagarla” para que deje de gritar. Allá va Oscar con su pierna lenta y ulcerada a recibir “la última”.

–Oye corre que llegó el pollo a la carnicería y las papas a la placita.

Oscar le dio las gracias y disfrutó aquella información como nunca lo había hecho en sus 73 años. Después de tanto cocimiento y dieta de Televisión Cubana su cuerpo pide la comida que no tiene.

Venda en ristre sobre la pierna latosa, sale a buscar las proletarias provisiones que el estado cubano pone en sus manos una vez al mes. En la carnicería seres humanos subyacen a una voz que dice:

–Aquí tiene una libra y tres cuartos. ¡El próximo!

De regreso pasa por su nueva farmacia y retira unos cuantos arbustos del jardín de la vecina. Hace meses escasean los medicamentos para la hipertensión, la gota y la diabetes que padece. Las hierbas que aprendió a usar con su abuela en los batistianos años cincuenta hoy complementan el menguado botiquín del viejo Oscar.

Ya en la cocina, no pudo evitar recordar sus años de servicio militar y posterior misión internacionalista en Angola. No fueron pocas las comidas de pollo con papa en los tiempos guerreros de Oscar. Ahora la carencia de aceite lo obligaba a imitar aquellas recetas saladas que nada bueno le inspiran.

Al rato se sienta frente al televisor y empieza a almorzar con los ojos y con la boca. Ha desarrollado una extraña habilidad para degustar todos los víveres que ponen en el noticiero del mediodía. Una parte del cerebro de Oscar se pregunta dónde venden los alimentos que solo ve por el televisor y la otra los coloca en su plato para alimentar un sueño por el que luchó toda la vida.

Las telarañas que cubren el título de ingeniero mecánico enmarcado en la pared amenazan con llegar al viejo Oscar. Un aura de desilusión recorre su espíritu, choca contra la cordura de revolucionario intachable y apunta al alma de un hombre curtido por treinta y tres años de trabajo en un central azucarero.

Mientras se asea, lucha contra esos demonios pesimistas que lo asedian por ahorrar tanto el jabón y la pasta dental. Hace poco le faltó esta última y por dos semanas hacía gárgaras después de cada comida. A sus dientes postizos esto no le vino nada bien.

Duerme la siesta y piensa en su única hija. El techo del cuarto se convierte en una especie de mapa mental en el que ubica a Tamara sobre la Florida para abrazarla con la añoranza. Decide dormirse rápido para no recordar que pudiera estar con ella. Durante el Período Especial su mujer y su hija llegaron en balsa a Miami y él no se atrevió a dejar su puesto de trabajo cuando más lo necesitaba el país. Unos años después Oscar fue reubicado en una granja agrícola al desmantelarse el central donde trabajaba. Aquel proceso conocido como la tarea Álvaro Reynoso y las reiteradas negativas de visa en la Embajada Americana, lo han convertido en un viejo amargado y solo.

En la tarde se baña y come doble otra vez. Su pierna enferma recibe el último fomento del día y la alegría lo invade cuando recuerda que mañana cobra su retiro de 310 pesos cubanos. Será otro día en la vida de Oscar, pero mañana María no lo llamará.