Contando arboles sin ver el bosque

Por: Arturo López-Levy

En su muro de Facebook, el embajador y director Eugenio Martínez me denuncia por una supuesta “irónica ofensa” a los trabajadores del MINREX. Insinúa que soy parte de una campaña para “sospechosamente y sincronizadamente” (el uso abigarrado del lenguaje es del autor) defender el césped de la calle G en la Habana. Es una acusación rara. El motivo es una opinión que di sobre la pavimentación de un segmento del paseo peatonal de la calle G en la Habana, cerca del Minrex y la Casa de las Américas.

Comentario de Arturo López-Levy en Facebook
Comentario del Embajador Eugenio Martínez en Facebook

No debería resultar raro a un funcionario encontrar críticas ciudadanas a una decisión gubernamental sin previa audiencia pública, sin deliberación ni transparencia. “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento” -dijo el más grande de todos los cubanos. Interpelar a funcionarios, que se supone trabajan para servirnos, no es ofender. Si se aplica la Declaración Universal de Derechos Humanos, el estándar internacional de sí un país es democrático o no, los funcionarios deberían participar en el debate público sin pretensiones de superioridad y respetando la pluralidad política del país.

Nada anormal hay -insisto desde los derechos humanos universales- en que ciudadanos opuestos a una posición oficial “sincronicen” sus demandas comunes. Se llama libertad civil y asociación democrática. El director Martínez debería adaptarse pues es mandatario de un pueblo (los mandantes) cada día más plural. Un funcionario puede decidir ser “atildado, comedido y obediente”, cual “soldado de la revolución”, pero la ciudadanía tiene el mínimo derecho de no imitarlo. El paradigma de república de José Martí, que la constitución de Cuba proclama, postula un ciudadano crítico y suspicaz ante todo poder.

Quizás el director deba usar las probabilidades. “Sincronizar” opiniones que van desde Cubadebate, que se planteó la cuestión en términos nada amigables, hasta un grupo numeroso de ciudadanos en el país y la emigración, a derecha, centro e izquierda, pasando por el cantautor Silvio Rodríguez, es sospechosamente -para usar los términos del director- difícil. Cero es el número de las audiencias públicas celebradas en el municipio Plaza para deliberar y decidir este asunto de patrimonio público y en el que bien podrían participar expertos en urbanismo, arquitectura, medio ambiente e impacto social que nos ofrezcan intervenciones inteligentes y sostenibles en el espacio público, o sea, de todos.

No es la primera vez que se producen arreglos cuestionables, en varios lugares del país. Entre los más recientes se podrían mencionar la barrabasada denunciada por Alfredo Prieto con las aceras de la Rampa -sin el debido cuidado que dicha gestión merecía- y el talado de los árboles de Prado, que también provocaron airadas críticas.

Solo alguien con la paranoia a todo voltaje puede ver una “irónica ofensa” a los trabajadores del MINREX cuando me refiero a ellos como “cultos” e informados. Expresé mi desilusión por su escandaloso silencio con un par de preguntas: “¿Han dicho algo? ¿Ya no les importa?”. Contando los dieciséis árboles que no cortaron, el director Martínez se quedó sin ver el bosque. Cualquier gobierno que vaya a modificar la avenida de los presidentes debe consultar a la población. De allí, la analogía con el parque central de NYC en mi post. Ciertas áreas publicas son justificadamente un tercer rail.

Respeto la importancia de un servicio exterior profesional, reconozco sus méritos técnicos, pero ninguna parte del funcionariado estatal está exenta de crítica. Como el director ha considerado dos simples preguntas una  “irónica ofensa”, aprovecho para reiterar que hay críticas legítimas no ya a la participación ciudadana de los funcionarios sino a su labor concreta y específica.

Por ejemplo,  definir las relaciones del gobierno con los emigrados como entre la “nación y la emigración” es un error político. La emigración es parte inseparable de la nación,  que  por cierto es mucho mas que el estado-partido.  Partido viene de parte, no de todo. Solo desde una indefendible premisa de separación se puede sospechar del interés de los emigrados en asuntos de la isla para mandarlos a ocuparse solo de los asuntos del país donde viven, viendo sincronizaciones que no son. A los emigrados nos preocupa y ocupa lo que ocurre en nuestro país de origen y tenemos derecho a expresarlo, con todo el respeto que imponen las relaciones civilizadas, pero con los mismos derechos que cualquier residente en la Isla, e incluso cualquier alto funcionario del estado.

Dice el director Martínez que en el mundo se han visto horrores, y que este del paseo peatonal pavimentado no lo es. Tiene razón. La actitud escéptica y crítica del ciudadano ante el estado, no la presunción iluminada de partido o funcionario alguno es el mejor remedio para evitar y mitigar horrores y errores en el mundo y en Cuba.

Para que nadie “sospeche” que oculto nada, aclaro que la constitución unipartidista de 2019 no responde a mi preferencia socialdemócrata.  Insté a votar por ella por realismo. Hay un bloqueo norteamericano contra Cuba, que justifica un ordenamiento de emergencia del estado cubano. Tengo también la paciente esperanza de que, si se implementa la constitución; con los niveles prometidos por sus gestores de reforma económica, deliberación, consulta y participación, se agotarán sus limites en un razonable tiempo y habrá que pasar a un marco más libre y democrático, ojalá “de la ley a la ley”.

Dicho esto, es un hecho que sus partidarios defendieron la idea del consenso “hasta el cansancio”, como forma óptima de legitimar las decisiones. El mandato del pueblo -según la propia explicación del unipartidismo- no es solo de la reiterada “continuidad”, es también de cambios. Aunque el uso del consenso no es una panacea (tiene altos costos de transacción, y tiende a posponer y dilatar decisiones), es el paradigma postulado constitucionalmente. Para implementarlo se necesita consulta, deliberación y transparencia. Si ese hubiese sido el procedimiento, la decisión hubiese generado menos críticas, y quizás los trabajadores del MINREX hubiesen opinado contra el desacierto. No fue el caso.