El otro rostro de Cuba

Foto: Alex Proimos via https://www.flickr.com/photos/proimos/46956369801/

Por: Nilda Bouzo

Quedo desconcertada viendo cómo sigue este país de doble rostro: el que nos muestran diariamente por los noticieros y en la Mesa Redonda… y el real, el de la calle, el que enfrentamos cada vez que debemos salir a pesar de ser personas de alto riesgo de contagio en esta pandemia, independientemente de que somos disciplinados, porque queremos vivir. Claro que queremos vivir mientras podamos valernos y nuestro raciocinio se mantenga como hasta hoy.

Según el noticiero, las personas más vulnerables son los enfermos y los de más de 70 años, los que viven solos, o matrimonios solos. Ives tiene 85, es hipertenso, y yo 78, con una cardiopatía avanzada y otros padecimientos crónicos. Camino apoyada en un bastón de antebrazo por artrosis y problemas de rodilla. Si caemos  con este nuevo coronavirus, estoy segura no la pasamos.

Por la televisión dicen “…está garantizado que las personas solas de más de 60 años permanezcan en sus hogares, porque almas caritativas los visitan diariamente para ayudarlos a solucionar sus urgencias básicas”.  Y “…hay que cuidar que los abuelos se queden en casa”.  Todo eso lo repiten a diario.

Parece que Ives y yo somos “el matrimonio de abuelos invisibles”, o quizá en nuestra circunscripción los encargados tengan una bola de cristal donde pueden ver que estamos bien, porque hasta ahora nadie nos ha insertado en ningún plan para ancianos para poder quedarnos en casa.

No cuento esto para agobiar con nuestras miserias humanas y estoy segura que no somos un caso único.  Solo lo comento para que conozcan que no es cierto que todos los viejos estamos atendidos y cuidados como dicen por el noticiero. Soy consciente de lo que está ocurriendo a nivel global con esta pandemia, lo que ocurre en el resto de los países con miles de enfermos y fallecidos, lo mal que funcionan sus sistemas económicos y de salud.

Para ser franca, hoy día conozco más del resto de los  países que del mío.

Lo que nos muestran de aquí y del modo que funciona nuestro sistema hace pensar que vivimos en un país de ensueño comparado con el resto del mundo.  A veces le digo a Ives por qué no nos vamos a vivir a esa Cuba que nos proyectan por la televisión.

En los cuatro o cinco noticieros diarios que pasan por cada canal nos están bombardeando hasta con la noticia de la aguja que se perdió en un pajar, mejor si fuera en los Estados Unidos. que es de donde más conocemos, con su racismo histórico, cierto, sus conocidísimas ansias de dominar al mundo, cierto, el bloqueo que (la mayoría del pueblo cubano) hemos soportado sobre nuestras espaldas, muy cierto… y ahora las revueltas que están virando al revés aquel país y los comentarios de las personas en las calles a quienes los periodistas independientes les hacen preguntas y estos responden de corazón, criticando abiertamente la mala gestión del gobierno. Es lo que vemos todos los días por el canal Telesur.

Pero me gustaría saber más de aquí, de nuestras deficiencias, nuestros problemas internos, y que los periodistas, igual que en el resto del mundo,  pregunten a cualquier cubano lo que piensan de corazón, y sus respuesta, cualquiera que fuera (no solo las favorables, como siempre hacen) también la pudiéramos ver por Telesur.

Todos los pueblos están con dificultades por la pandemia, pero existen diferencias de dificultades en cada país. En el nuestro, el peligro mayor de contagio son las colas de horas para tratar de alcanzar la consabida botella de aceite y el  pedazo de pollo, sin la garantía de poder lograrlo, como nos pasó ayer, que estuvimos desde las 11am hasta las 3pm haciendo una cola para comprar pechugas de pollo y a esa hora de la tarde anunciaron que se había terminado. Lo que quedaba eran alimentos que no debemos comer y nos fuimos con las manos vacías y el ánimo por el piso.

Hoy, todavía con el cansancio físico de ayer nos atrevimos a irnos a otra tienda, porque algo teníamos que comprar para alimentarnos. A las dos horas de cola ya no podía mantenerme en pie por el dolor por mis hernias discales y le pedí a Ives que me acompañara hasta la puerta de la tienda para pedir a los militares que funcionan en esos controles, que por favor nos dejaran pasar.  Yo había revisado la cola y no había ninguna embarazada ni ninguna persona mayor. Todos eran jóvenes y medios tiempo. En ningún momento nos desatendieron ni nos trataron mal, al contrario me explicaron que por ellos nos dejarían pasar, pero que la población que estaba en la cola iba a protestar, cosa no probable, pero era su criterio.

Les expliqué con lujo de detalle nuestra situación, que éramos un matrimonio de viejos, solos y enfermos, pero su respuesta siempre era NO. Ante tanta impotencia el llanto me abatió. Ellos mismos  me aconsejaron que no llorara que me podía afectar. Yo les decía que no lloraba, que simplemente me sentía anulada como persona, y que me parecía increíble que a un matrimonio cubano de nuestra generación nos impusieran colas como las que se forman todos los días en cualquier tienda. Las personas que hacían la cola en los primeros lugares, ya para entrar a la tienda,  bien cerca de donde estábamos  nosotros, miraban y escuchaban todo. Imagino como si estuvieran viendo uno de los mejores capítulos de la telenovela, pero ninguno fue capaz de alzar la voz para preguntarle al grupo si estaban en contra de que entráramos nosotros, como tantas veces hemos hecho en colas anteriores con embarazadas, y personas aún más ancianas que nosotros.

Como también les hice ese comentario, sin parar de llorar por lo desamparada que me sentía, y su argumento seguía siendo que  la población se molestaría y como también mis argumentos eran sólidos, su sugerencia fue: “lo único que se me ocurre, para veeeeeeer si pueden resolver, porque no puedo garantizarles nada, es que la próxima vez que vengan traigan la Libreta de Abastecimientos para demostrarle a “la cola” que ustedes viven solos, y también traigan sus resúmenes clínicos, para demostrarles que están enfermos… y miren… los voy a dejar pasar, pero no pueden comprar pollo”.  Sus palabras me dejaron “inédita” como decía el finado Churrisco, y eso me hizo sentir más sentimiento.

Le expliqué que precisamente lo que debo comer es pollo hervido, carne de cerdo magra hervida (que tampoco encuentro por ninguna parte), arroz, y viandas hervidas, por mis arterias coronarias tan obstruidas.  Él hizo un gesto como apenado por la situación y ratificó que podía entrar, pero sin comprar pollo. Ya no quedaba más que decir, nada más que hacer allí parada para entretenimiento del personal de la cola. Como somos educados, modestia aparte, les dimos las gracias y nos fuimos de regreso a la casa, más angustiados que el día anterior.

No sé por qué me vino a la mente la antiquísima película de Belmondo, y le dije a Ives que lo vivido bien podría llamarse Las tribulaciones de un par de viejos solos y enfermos, en Cuba. Esta es la crónica de nuestros dos últimos días.

El gobierno está manejando bien el asunto del coronavirus, es el comentario…  pero el de las colas no, y esas colas, en las que tenemos que entrar jóvenes y viejos, son un foco de nuevos casos. No se entiende cómo es que bajan las cifras de contagiados porque en los mercados las aglomeraciones parecen para entrar a un cine o un teatro, en lugar de una cola organizada guardando la distancia requerida. Si no han sabido facilitarle comprar a los matrimonios solos y personas solas… imagina enfermos, además. Al menos en el Vedado, que es donde vivimos, nadie nos ha insertado en ningún plan.

Decidimos no volver a hacer una cola.

Lo de hoy, hablando en buen cubano, le puso la tapa al pomo. Continuaremos alimentándonos de lo que venden por la Libreta de Abastecimientos, que si tuvieran la voluntad de organizarla mejor, bien podrían vender algo más para las personas solas. Sé que este es un país de ancianos pero somos mucho menos los que no vivimos en familia. Y nadie pide que a esos productos le pongan precios subsidiados, solo que estén seguros donde nos corresponda comprar, pero sin exponernos en una cola peligrosa para cualquiera, y que hasta podría ser fatal para un viejo enfermo.

Aquí hay un control de la población tan perfecto, tan riguroso, tan estricto que se sabe quién vive en familia y quién no. Nuestras amistades y familiares que viven en países donde más brava está la situación por el coronavirus, nos aseguran que no debemos preocuparnos por ellos. Cumplen con medidas de seguridad establecidas para no contagiarse, y lo pueden hacer perfectamente.  Cuando salen a hacer sus compras necesarias para la quincena no pasan por las riesgosas dificultades a las que nos exponemos los cubanos.

Si bien parece que aquí han podido manejar con inteligencia este asunto del Covid (lo cual parece ser un asombroso milagro por lo que vemos diariamente en la calle, y muchas personas no creen en esas cifras), no han sabido manejar la situación de las colas. Lo han dejado a la conciencia y la disciplina de la ciudadanía, cuando todos sabemos que el cubano no es disciplinado ni en medio de sus desgracias. Y eso los saben perfectamente los que dirigen.

Decían por la televisión que en lo adelante seremos más solidarios, más sensibles, más unidos, más humanos, pero veo lo contrario. Siento que ya las personas de mi generación no pertenecemos a este mundo. Nuestras victorias y nuestras ilusiones hace mucho tiempo quedaron atrás y no te exagero. Últimamente estoy analizando si hace tiempo nos hicimos invisible y no nos hemos percatado de ello. La impotencia y la ofensa que se siente es mucha.