Una encrucijada con signo electoral

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

El año 2020 no escampa. Ha sido verdaderamente cataclísmico. Sin embargo, todavía falta una de las mejores entregas: la elección prevista para noviembre por la presidencia de los Estados Unidos de América. Se trata de un acontecimiento que pega con este año, sobre todo porque se deciden muchas cosas a nivel fenoménico en el modo en que se comportará la política mundial durante los próximos años.

El fenómeno Trump será estudiado por mucho tiempo por el lugar interesante que cumple en el devenir de la sociedad y el establishment norteamericano del siglo XXI. Desde que empezó el siglo, han pasado por la Casa Blanca tres modos diferentes de concebir la hegemonía del Imperio estadounidense. Primero, el hegemonismo maximalista neoconservador de Bush Junior, que pretendía barrer sesenta oscuros rincones del mundo. Pero el empantanamiento en el Medio Oriente y el ascenso de las potencias emergentes hicieron fracasar ese sueño trasnochado. Entonces llegó la era Obama, que pretendió llevar a su máxima expresión el soft power y salvar la hegemonía económica, política y cultural norteamericana.

La proyección de la administración Obama hacia el mundo puede definirse como el intento de salvar un modelo de globalización con EEUU al frente. Esto tuvo una expresión en lo económico, mediante las fuertes negociaciones, casi exitosas, para lograr un Tratado Transpacífico de libre comercio, así como el intento por llegar a un Tratado Transatlántico. En lo político, son especialmente reveladores de los fundamentos de esa proyección el discurso de Obama en la Universidad del Cairo en 2009 y su otro discurso en el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” en 2016. De lo que se trataba, era de poner el énfasis en los aspectos positivos de la globalización: la colaboración económica, el multilateralismo, la institucionalidad internacional, el cosmopolitismo cultural, etc., repudiando además los métodos y formas agresivas de anteriores administraciones, pero con el objetivo de sostener la posición privilegiada de EEUU en ese andamiaje.

No obstante, en esto se ve que la doctrina Obama era presa de contradicciones internas. En primer lugar, el objetivo de sostener la arquitectura noratlántica de la globalización la llevó a implicarse en varias guerras de cuarta generación, incluidas Siria, Libia, Ucrania y en un nivel más discreto Venezuela, casos en los cuales el peor rostro del imperialismo norteamericano salió a relucir. Pero también había una contradicción en la economía interna: la apuesta fuerte por la globalización impedía atajar de modo eficiente las consecuencias negativas de la globalización neoliberal en las clases bajas y medias norteamericanas, sobre todo en los antiguos estados industriales. Las contradicciones fueron las que permitieron la aparición del fenómeno Trump.

La victoria de un populista como Trump tiene más que ver con la crisis del modelo hegemónico norteamericano que con un movimiento estratégico de las élites. No me parece muy arriesgado decir que la apuesta mayoritaria de las élites en 2016 era Hillary Clinton. Eso explica, en parte, la repulsa de una gran parte de los medios de comunicación principales hacia Trump. Por supuesto, no se trata de algo unitario, hubo sectores conservadores que lo auparon y, sobre todo, que decidieron aprovecharse de su victoria una vez conseguida. En cierto sentido, podríamos decir que Trump ha provocado en las élites norteamericanas una división mucho más acentuada de lo normal en ese país. Recordemos que estamos hablando de un país donde la alianza entre las élites ha sido uno de los factores de estabilidad y expansión del poder durante más de doscientos años.

Entonces tenemos que Trump surge como anomalía relativa, posible en gran medida a dos factores: el auge de un populismo conservador que se venía incubando en profundas dinámicas culturales, para detectar las cuales Steve Bannon ha resultado un genio, y a ser Donald Trump multimillonario, lo cual lo preserva hasta cierto punto de los embates del poder económico. Pero Donald Trump también tiene un proyecto para hacer a América “Great Again”, solo que este se construye de modo polémico contra los anteriores.

Trump se coloca de plano como un anti-Obama

Pretende abandonar dos aspectos que habían sido centrales, el intervencionismo militar en otras regiones del mundo y la apuesta por el neoliberalismo económico. Pero esto solo se hace posible renunciando en parte al esquema de globalización construido a partir de la Segunda Guerra Mundial, y retomando una antigua tradición en la política norteamericana, el aislacionismo. Aislacionismo y proteccionismo económico, son las divisas de Trump, además de una política antiinmigración y un discurso de superioridad étnica hacia lo interno. O sea, ataca el proyecto de Obama por sus puntos más débiles, pero con ello también se desentiende de las metas de Obama, no es casualidad que una de las primeras consecuencias de su victoria haya sido que los tratados transpacífico y transatlántico quedaran en el limbo.

Esta doctrina Trump está lejos de ser una renovación de la política neoconservadora del periodo Bush. Por el contrario, el actual presidente critica a menudo la guerra en Iraq, abandonó Siria y ha dado los más importantes pasos para salir de la guerra en Afganistán. Para decirlo en pocas palabras, lanzó por el caño los proyectos más ambiciosos de las élites norteamericanas para la hegemonía mundial: su política está más bien pensada como maquinaria electoral. Razón por la cual una parte de las élites lo ven como un problema fuera de control y se oponen a él.

No obstante, como decía antes, también Trump quiere hacer a América “Great Again”, dentro de su limitada e ignorante manera de ver el mundo. Es por eso que aumentó de manera increíble el presupuesto militar. También ha intentado superar a los rivales económicos de EEUU mediante una política de sanciones económicas. Esto nos lleva a dos nuevos planos, cuáles han sido los sectores que han aprovechado la existencia de la administración Trump, y cuáles han sido las contradicciones internas de esta.

Mediante el aumento del presupuesto militar, y la bajada a los impuestos de los supermillonarios, Trump se ganó cierta paz con una parte de las élites económicas. Por otra parte, las élites políticas del Partido Republicano, dependientes en gran medida del electorado, e incapaces de hacer frente al fenómeno mediático de masas que era Trump, se vieron obligadas a aceptarlo en silencio en su gran mayoría. En lo que se refiere al Partido Demócrata, se radicalizó en gran medida contra él, pero eso también entró en sus cálculos políticos de jugar a la polarización.

Entonces, un sector que fue fundamental para que Trump solidificase su posición en la Casa Blanca fue el de los legisladores cubano-americanos, y el de los anticomunistas de línea dura contra el socialismo latinoamericano. Estos aprovecharon la peculiar posición de este presidente, su necesidad urgente de apoyos políticos, para sacar ventajas en sus políticas contra Venezuela y especialmente Cuba. Para ganárselos a su vez, Trump se embarcó en una política de hostilidad dentro del continente que desembocó en el reconocimiento a Guaidó, y en el endurecimiento de las sanciones contra Cuba.

El showman sentado en la Oficina Oval logró así, durante un tiempo, una estabilidad apoyada en parte en sectores retardatarios de las élites, que se habían visto desplazados durante el periodo Obama, y en parte en su maquinaria mediática y populista. También hay que reconocer que sus políticas proteccionistas tuvieron un impacto en la disminución del desempleo, aunque hay fuertes evidencias de que el salario real estaba estancado y la desigualdad aumentaba. Esa estabilidad ya iba en camino a garantizarle la reelección.

No obstante, su política no estaba exenta de contradicciones. La principal de ellas era que la práctica coherente del aislacionismo solo puede debilitar la posición de EEUU como potencia hegemónica global. Ya la relación con la Unión Europea se resintió con las políticas de Trump. Ante esta realidad, y con la necesidad de mostrarse como un hombre duro a nivel de política exterior, el presidente echó mano de las sanciones, convirtiéndose en el hombre de las sanciones. Con lo cual, aunque ha logrado a veces poner la situación difícil a sus enemigos y rivales, también ha alimentado un gran rencor hacia EEUU, y la solidaridad entre los sancionados, que se pone de manifiesto entre otras cosas en la actual relación entre Venezuela e Irán.

El resultado general ha sido que, aunque Trump hasta principios de 2020 había configurado una situación interna que podía llevarlo hasta la reelección, a nivel internacional había acelerado el proceso de pérdida de importancia relativa de los EEUU en el escenario internacional.

Una pandemia para alegrar el día

El mediocre enfrentamiento de la pandemia de Covid-19, la crisis económica y social subsecuente, así como el agravamiento de las tensiones raciales tras el asesinato de George Floyd, han configurado un escenario negativo para Donald Trump, que hace peligrar su reelección. En estas circunstancias, cuando además ha sido criticado por el uso desmedido de la fuerza contra las manifestaciones y por promover un discurso de “Ley y Orden” incendiario y divisivo, incluso figuras de la cúpula militar y del Partido Republicano, que antes guardaban silencio, se han distanciado y han criticado a Trump.

Surgen entonces las preguntas que son de vital importancia para nosotros en Cuba: ¿Qué esperar de los próximos meses de esta administración? ¿Qué esperar de los posibles escenarios después de noviembre?

En la medida en que diversos sectores, incluso dentro de las filas republicanas, le dan la espalda, y las encuestas lo muestran a la baja, Donald Trump necesita cualquier apoyo que pueda recibir. Eso hace que le sean aún más necesarios los apoyos de legisladores cubano-americanos como Marco Rubio. Ellos lo saben, y por eso utilizan la posibilidad que representa este presidente para arrancar concesiones en forma de nuevas sanciones contra Cuba y Venezuela. Así se explican los últimos recrudecimientos, como las sanciones contra Fincimex, que podrían afectar la llegada de remesas a los cubanos.

Entonces, lo más probable es que en los próximos meses haya un recrudecimiento aún mayor. Tampoco se puede descartar alguna acción aventurera de Trump contra Caracas. Una victoria contra alguno de esos gobiernos del socialismo latinoamericano sería una gran victoria en sus manos en lo que se refiere a política exterior.

Pero con Trump nunca se sabe. El 22 de junio nos despertamos con la noticia de que Trump ya no confiaba mucho en Guaidó, y que quizás se reuniría con Nicolás Maduro. ¿Quizás Trump considere que es más conveniente negociar con el gobierno chavista que seguir enfrascado en la confrontación? ¿Podría ser posible que decida escuchar los consejos de Putin? Quién sabe.

Esto nos lleva a noviembre. Es muy posible una victoria de Biden. ¿Qué ocurriría en ese caso? ¿Podríamos esperar que regrese el proceso de normalización con Cuba?

Biden ha planteado que de llegar a ser presidente, reiniciaría el proceso de normalización de relaciones con Cuba. Pero más allá de esta primera declaración, surgen muchas nubes en el horizonte que recomiendan cierto escepticismo o al menos cautela. Un gobierno demócrata como el suyo llegaría a la Casa Blanca para tratar de restablecer la cordura en Washington, lo que ellos consideran cordura, que es restablecer el viejo modelo hegemónico. En ese sentido, tendrían que hacer un intenso control de daños de los problemas generados por Trump, con lo cual Cuba no sería una prioridad.

En ese sentido, surge una fea nube en el horizonte, que es el problema de Venezuela. En general, en la medida en que EEUU pierde hegemonía en el mundo, y ya hemos visto que la administración Trump aceleró ese proceso, se hace más importante para ese país disciplinar el continente americano, y alejar a las potencias del Viejo Mundo de sus recursos naturales. En ese sentido, la existencia del gobierno chavista se hace intolerable. Pero hay algo más, las élites liberales norteamericanas tienen graves barreras culturales para digerir y aceptar la existencia del socialismo latinoamericano, sea cubano o venezolano.

Es posible que un gobierno demócrata se encone en la confrontación con el gobierno de Nicolás Maduro. Cuba, mientras tanto, no puede traicionar a sus principios y abandonar la alianza con Venezuela. Esa puede ser una piedra que descarrile un posible proceso de normalización.

En realidad, nunca podrá haber una paz total entre las élites norteamericanas y los gobiernos socialistas latinoamericanos, pues existen antagonismos de clase irreconciliables. La única paz duradera posible es si los proyectos socialistas latinoamericanos dejan de existir, sea por su derrota incondicional, que es la solución preferida de las élites más retardatarias, dada su cultura racista e imperialista; o a través de la asimilación económica y cultural al sistema capitalista, convirtiéndose las vanguardias socialistas en simples capataces locales al servicio del capitalismo extranjero. O a la inversa, si hay una revolución profunda en los EEUU, que modifique las relaciones sociales de producción. Mientras existan esos antagonismos, a lo más que podemos aspirar es a un armisticio, una tregua inestable de coexistencia pacífica que le dé un respiro económicamente hablando al pueblo cubano, después de tanto tiempo sufriendo el bloqueo.

Cualquier proceso de normalización con Biden será un campo minado

En cambio, en caso de ganar Trump, nos abismamos a lo desconocido. Podemos decir algo: si sigue apoyándose en los sectores cubano-americanos y anticomunistas, pueden esperarnos los peores escenarios en manos de un presidente que ya no tendrá otro quehacer que jugar con el mundo. Pero, por otra parte, ya no los necesitará tanto, porque no habrá horizonte de reelección. ¿O acaso Trump intentará reelegirse para un tercer mandato, tal y como ha bromeado algunas veces, y como seguramente le incita su ego? En caso de esta última opción, podría llevar a EEUU hacia una crisis institucional mucho mayor.

Entre las opciones menos probables también está que decida negociar él con Maduro, luego de lo cual incluso podría intentar retomar él mismo el proceso de normalización con Cuba. Algunos dirán que es una locura, pero a mí no me parece imposible. Los segundos mandatos en la política norteamericana siempre han sido distintos a los primeros.

No obstante, no quisiera sembrar falsas ilusiones. Donald Trump es un peligro para la humanidad sentado en la Oficina Oval, aunque solo sea por sus características psicológicas. Una victoria suya podría ser sumamente trágica en términos de sufrimiento para nuestro pueblo. En ese sentido, prefiero la victoria de Biden, aunque no me hago muchas ilusiones en lo que pueden ofrecer los demócratas partidarios del viejo orden.

Así estamos en esta encrucijada. Y todavía faltan unos cuantos meses.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net