Inflando en la academia

Foto: Alan Kotok via Flickr

Por: A. M. Mustelier

 El futuro, compañero

Cuba iría a ser un país industrializado, el primero de sus dimensiones y en su latitud que alcanzaría este sueño. Se necesitaban dos cosas, la industria misma: recursos y tecnología, y los profesionales. Lo primero quedaba justo en nuestro talón de Aquiles, lo segundo caía exactamente donde somos buenos. Durante la década de los sesenta se comenzó a formar profesionales en todas las áreas posibles. En los setenta y los ochenta, con el sueño de industrialización todavía vigente, la formación de profesionales alcanzó proporciones de países del primer mundo. Luego, talón de Aquiles mediante, todo acabó y el nuevo sueño era la supervivencia nacional, sin embargo, el número de profesionales formados en Cuba lejos de disminuir para adaptarse a la nueva realidad, aumentó de forma tal que para obtener un título universitario sólo había que sentarse en una esquina y aparentar -o ser- un joven sin otra ocupación que estar sentado en una esquina. Puede parecer hiperbólico pero de hecho era así, los trabajadores sociales recorrían las calles ofreciendo carreras a granel entre las que se encontraban Derecho, Comunicación Social y Contabilidad. Desde el punto de vista social, este fenómeno se puede aplaudir con los ojos cerrados, pero lo social, y cualquier otro aspecto de la superestructura de un país, andan montados en la despistada y poco amable economía. Actualmente en la universidad estudia casi cualquier persona que se proponga hacerlo, no hay selección racial, genérica o clasista; cuentan sólo las capacidades del aspirante. Además, el Estado tiene la obligación de ofrecer puestos laborales a todos los egresados. Inmejorable. Podemos seguir aplaudiendo.

Me gradué

Existen miles de puestos de trabajo que por su naturaleza pertenecen a técnicos, e incluso a obreros, y que paradójicamente están ocupados por egresados universitarios. Es común en estos profesionales el sentimiento de que su formación está siendo subutilizada y la impotencia al entender que más de la mitad de las asignaturas del programa de estudio que tuvieron que vencer son un recuerdo lejano de sus días de estudiantes, porque allí a donde trabajan no tienen ninguna aplicación. Los sueños de investigación, o de usar los más avanzados conocimientos (de eso se trata la academia), van cicatrizándose alrededor de la cotidianeidad.

El valor social que estos profesionales creen que tienen (y que deberían), choca con el valor real que se les da, y con el valor de sus nóminas, exiguas porque es imposible para las arcas nacionales costearse tantos y tantos universitarios. De este choque, entre lo ideal y lo real, surge una contradicción, y luego, por supuesto, una respuesta: la mayor parte de esta fuerza de trabajo termina en el área de los servicios gracias a sus facultades y a su formación, muchas veces en idiomas, protocolo y arte; o bien ejecutando una labor que en primera instancia no necesita la inversión estatal que es graduar a un universitario, y que podía ser desempeñada por un técnico.

Inflando

Podría pensarse que el nivel de desarrollo de una nación se mide según la cantidad de universitarios. En ese caso tendríamos una economía desarrollada. Lo cierto es que la cantidad de universitarios expone el nivel de desarrollo de un país y no a la inversa, desbordar la cifra de egresados tiene las mismas consecuencias que inflar la economía misma. Esta es una de las muchas razones del alto precio de los bienes de consumo, porque o bien hay que importarlos, o bien son hechos por los poquísimos productores nacionales. El Estado no va ajeno a esta realidad, y ha configurado sus leyes para estimular la migración hacia el sector productivo, al menos de alimentos, pero los resultados son muy discretos. Es necesario formarnos en la idea de que ir a la universidad es una opción más, una opción que puede responder a vocación y capacidades, nunca a metas preconcebidas, y mucho menos a sueños ajenos, al sueño de los padres materializado en frases dichas con orgullo “mi hijo es el primero de la familia en graduarse”, “esta es una familia de universitarios”, “no voy a descansar hasta ver tu título colgado en la pared.”

También es común en los medios exponer cifras realmente impresionantes, como si en ellas le fuera la vida al país, lo cierto es que le va la vida pero no de la forma en que se cree. En la Mesa Redonda del día 7 de marzo, el Ministro de Educación Superior informó que casi el 50% de los trabajadores cubanos son graduados universitarios. Tomando en cuenta que los trabajadores de servicio, los vinculados directamente a la producción de bienes materiales, y pongamos además, misceláneas, deben repartirse el otro 50 y tanto por ciento, podemos imaginar un país muy poco productivo.

No se trata de bloquear el acceso las Educación Superior, se trata de graduar justo lo que necesita el país. Tampoco se trata de forzar a nadie a ir al campo, es un problema de estímulos y ampliar el tradicionalismo en el ideario de profesores, padres e instituciones educativas. La Ministra de Educación, en el mismo espacio televisivo, refiriéndose a la continuidad de estudios, dijo que todos los estudiantes tienen garantizado ese derecho, desde mi punto de vista esto es una fortaleza, y agregó que se sigue una estrategia para mejorar la vocación profesional. Ojalá eso signifique que el emprendimiento de negocios y la producción de bienes le roben cifras a las universidades.

Aclarando e intentando quitar interpretaciones peregrinas, el hecho de que la universidad en Cuba sea gratis, y de que cualquier joven pueda acceder a ella desde sus propios esfuerzos es un logro que no puede ser puesto en tela de juicio. Ojalá esta realidad no cambie, el caso está en no confundir el derecho que tiene cada joven a ser un profesional, con desbordar la academia, ya llegaremos a eso, por ahora, lo único que necesitamos se desborde en Cuba son los campos y las fábricas, luego llegaremos a lo otro y así podremos seguir aplaudiendo.