Abuelidad, trabajo a distancia y coronavirus

Foto: Alex Proimos via Flickr

Por: Caridad Massón Sena

El 5 de enero de 2020 nació mi primer nieto Alan. Un mes después yo cumplía 62 años y el día 11 de marzo se reportaban los primeros casos positivos al coronavirus en Cuba. Ya había tomado parte de mis vacaciones para darle apoyo a los nuevos papás, lavar pañales, cuidar a la recién parida, mostrarle mis experiencias casi olvidadas del cuidado de un bebé y recibir de sopetón su respuesta: ella sabía más que yo al respecto, porque Internet lo decía todo.

Esos dos primeros meses fueron muy duros: el niño padecía de cólicos. Los médicos decían que no se le diera nada, solo teta y ejercicios para calmarlo; pero cuando vieron que los dolores seguían, recomendaron medicamentos especiales para el caso y yo cocimiento de anís de España y caña santa. En la combinación de ambos tratamientos, logramos que el bebé saliera adelante, ahora sin saber cuál fue el remedio que solucionó el problema. En ese momento, apareció el nuevo virus que puso en tensión a toda la familia, al barrio, a la provincia, a la nación y al mundo.

La decisión de mandar a los investigadores de mi Instituto al trabajo a distancia para mí fue muy propicia. Podía atender a mi nieto, a mi nuera, a mi hijo (taxista sin trabajo por la pandemia) y, al mismo tiempo, trabajar en mis investigaciones pendientes (segunda parte del proyecto que debo entregar a finales de año, artículos aplazados por terminar, contribución al Grupo de CLACSO al que pertenezco, terminar de revisar un libro sobre las leyendas e historia de mi municipio). Eso pensaba yo, convertirme en la SUPERABUELA, pero sin estar facultada con SUPERPODERES. Mi debut como abuela era y es un hito en el desarrollo personal, familiar y generacional muy importante. El nacimiento del bebé fue de muy buen impacto psicológico, luego de las recientes pérdidas de mi esposo y mi mamá.

Al principio no fue tan complicado, pero a la medida en que los casos positivos iban creciendo, las muertes se multiplicaban, el número de sospechosos ascendía, no solo a nivel mundial, sino a nuestro alrededor, la psicología del temor al contagio del pequeño, de mi padre de 92 años, de mi hijo que debía salir constantemente exponiéndose para resolver los problemas económicos, la escasez de alimentos, la falta de productos de aseo, etc., la preocupación por mi otro vástago que vive en México donde la morbilidad de la Covid fue creciendo exponencialmente, en general, fue creando un muro de desaliento y distracción que obstaculizaba el razonamiento adecuado para poder hacer ciencia. Por suerte, el parte del doctor Francisco Durán decidieron pasarlo para las 9 de la mañana y me di cuenta que debía organizar mejor mis esfuerzos laborales sin desatender lo demás.

Las dos horas comprendidas entre 7.30  a 9.30 am  las dedico a conocer lo que está pasando en Cuba y en el mundo. Tan pronto se acaba el parte de la situación epidemiológica, cierro las ventanas de Facebook, Gmail y otras distracciones y comienzo a trabajar. Hice un listado de prioridades. Las urgentes fueron terminadas y ahora me dedico a redactar mis resultados de investigación, de vez en cuando interrumpida por llamados telefónicos: alguien que necesita una información sobre las relaciones iglesia-estado, un boletín de CLACSO que requiere mis puntos de vista sobre la ejecutoría del gobierno y los ciudadanos cubanos ante la pandemia, voces de familiares y amigos para saber cómo estamos o para informar que sacaron aceite, pollo, detergente en la shopping, que vinieron los huevos a la bodega.

Cerca del mediodía, me dedico a preparar los alimentos, descanso un poco y a las 3.00 pm de nuevo a las labores. En fin, cosas cotidianas a las que seguimos dando respuesta. Desde mi terraza veo a mi prima, subdirectora de higiene y epidemiología, teléfono en mano, dando orientaciones para  solucionar cuestiones relacionadas con la pandemia y enfrentar también las urgencias de la infestación de mosquitos aedes. Ella debe hacerlo desde allí, porque su anciana madre está casi inválida, su suegra con cáncer recibiendo tratamiento con sueros citostáticos y su hija  de 14 años en noveno grado recibiendo clases y repasos por televisión para los exámenes de ingreso a la Vocacional, por suerte estos se suspendieron y gracias a sus calificaciones le fue otorgada la beca.

Estos pudieran parecer los primeros párrafos del guión de una telenovela, como hubiera dicho mi amiga, la profesora Ana Cairo, la telenovela de nuestras vidas. Pero dentro del ajetreo cotidiano también hay espacio para las reflexiones, sobre todo en los momentos en que las preocupaciones del presente y el futuro se agolpan y no podemos conciliar el sueño. Todos nos preguntamos ¿cuándo volvamos a la “normalidad” las cosas cambiarán o todo seguirá siendo igual? Yo pienso que la respuesta dependerá fundamentalmente de lo que hagamos nosotros mismos. ¿Volveremos a acomodarnos en la modorra del cansancio o impulsaremos con nuestra acción las transformaciones que anhelamos?

En estos momentos de crisis, el gobierno y los ciudadanos han demostrado cuánto potencial existe para organizarnos bien, producir y ser solidarios. Cuba, un país pequeño, subdesarrollado, con significativas restricciones financieras y cuya economía se encuentra bloqueada por más de 60 años, ha demostrado como desde el poder se puede manejar el sector de la salud no como un gasto, sino como inversión social humana imprescindible. Todas las inteligencias pueden contribuir al desarrollo del país, como lo han hecho nuestros científicos de la industria biofarmacéutica y los centros de investigaciones, con ensayos clínicos al aplicar sus experiencias en la producción y adaptación de fármacos para el control y erradicación del virus.

Los problemas más graves que tenemos y que se acrecentarán cuando se regrese a la “normalidad” están relacionados con la situación económica del país a partir del cierre de la principal fuente de ingreso y de empleo que es el turismo, la insuficiente producción interna de productos agropecuarios y las presiones del bloqueo. Se abre ante nosotros una oportunidad para construir el futuro próspero y sostenible al que aspiramos con un máximo de consenso entre las autoridades y ciudadanos. Hemos visto que en las sociedades donde el mercado impone sus condiciones, se sacrifica de manera brutal la vida humana. En Cuba, debe producirse un proceso de intervención estatal inteligente en los ámbitos de la producción y el mercado, que acreciente el espíritu solidario que llevamos dentro vinculado a la necesidad de producir y obtener un plusproducto que estimule a otros a seguir esa línea de actuación.

Vivo en el municipio de Caimito, provincia de Artemisa. Allí hay importantes ejemplos de fincas agroecológicas que han obtenido resultados destacados en sus producciones y, sin embargo, esos ejemplos no se publicitan, ni se socializan. Existe un proyecto familiar dirigido por el ingeniero agrónomo y doctor en ciencias Fernando Funes Monzote, dedicado al estudio de la ecología, la producción y conservación de recursos naturales  en la finca “Marta”. También allí desarrollan la horticultura, la apicultura, la ganadería vacuna y equina, la fruticultura y el agroturismo. El sistema de producción, procesamiento, comercialización y consumo se encuentra concatenado con el mercado e incorpora nuevas tecnologías que le permiten aprovechar las adversas condiciones del suelo y el clima. Otro proyecto de muy buenos resultados se realiza en los terrenos usufructuados de “La Burgambilia”, dirigido por el veterinario Alexander Quesada Orta, dedicado al cultivo de hortalizas, plantas ornamentales, ganadería, cría de conejos y apicultura. Ambos se encuentran asociados a la Cooperativa de Créditos y Servicios Jesús Menéndez y han logrado obtener ayudas a través de convenios internacionales para incrementar y diversificar sus producciones.

Como vemos en las distintas esferas de la vida, existen personas talentosas que son capaces de dirigir proyectos eficaces y útiles al desarrollo integral de toda la nación. Es necesario identificar a esas personas que se pueden mover tanto en el sector público como privado y establecer un sistema de relaciones flexible y estimulante que favorezcan el despliegue de esas ramas económicas. También sería prudente utilizar las organizaciones de masas, de profesionales y científicos para lograr ese intercambio imprescindible, sobre todo, en los momentos en que se requiera definir cuestiones esenciales. Este asunto debe extenderse a todos los ámbitos de la vida.

Hay que desterrar la improvisación y la toma de decisiones sin suficiente fundamentación técnica y sin tener en cuenta las opiniones de las personas implicadas. Elevar la calidad del proceso de toma de decisiones sobre la base de estudios previos realizados por personal competente. Eso debe abarcar también las distintas esferas de las ciencias sociales, porque en cuestión de lograr consensos positivos y ajustados a las necesidades más perentorias, estas pueden contribuir de modo importante.

Cuba tiene ante sí una responsabilidad ineludible. Creo profundamente que solo nuestros sacrificios en estos años de Revolución no han sido suficientes. Nos han dado prestigio, nos han dado autoridad, nos han dado crédito, nos han hecho sobrevivir, pero no nos han convertido en el país que las mayorías populares deseen replicar para sus propias realidades. Los graves problemas de nuestra economía no hacen de Cuba la opción más atractiva para los trabajadores del mundo. Este es un momento muy propicio para buscar soluciones prácticas y eficaces en ese sentido, con el apoyo de todos nuestros patriotas y sin abandonar nuestro sentido solidario e internacionalista.

La actitud de Cuba y su sentido humanitario nos conmueve todos los días. Nos emocionó la operación de rescate de los pasajeros y tripulantes de crucero británico MS Braemar que andaba por el Caribe con varios enfermos, para la cual fueron tomadas medidas de seguridad que permitieron que ningún cubano vinculado a la misma resultara infestado. Nos impresiona la actitud de los más de dos mil profesionales de la salud integrantes de las brigadas de cooperación internacional que contribuyeron en la lucha contra la COVID-19 en decenas de naciones. Solo la solidaridad entre los seres humanos salva a los pueblos. Eso se ha demostrado a partir de la actitud heroica de los millones de personas que están poniendo su granito de arena para detener la pandemia. Por ello creemos justo que como reconocimiento al altruismo de la Brigada Médica Cubana Henry Reeve, le sea otorgado el Premio Nobel de la Paz.

Una vida nueva que viene al mundo y un microorganismo destructor antes desconocido, han hecho pensar a esta abuela en ciernes que tenemos la oportunidad de asumir una actitud reflexivamente novedosa y útil para todos. NO LA DEJEMOS PASAR.