En tiempos de pandemia

Foto: Alex Proimos via Flickr

Por: Marilola Castro Moure (periodista retirada)

En estos tiempos de pandemia si no tenemos clara la necesidad del aislamiento social no es por falta de alertas y avisos de las autoridades a todos los niveles y a través de todos los medios de difusión existentes. Por esas mismas vías constantemente se explica la necesidad de cuidar y mantener aisladas a las personas de la tercera edad, las más vulnerables al virus, y se han adoptado diversos métodos de ayuda para evitar que los ancianos se arriesguen a contraer la enfermedad en lugares de aglomeración pública. En el noticiero de la televisión he visto con frecuencia la ayuda que brindan desinteresadamente muchas personas, sobre todo en provincias alejadas de la capital del país.

Aquí en la capital, en mi municipio y en mi barrio, me han informado en dos ocasiones la ayuda que se proponían prestar a las personas mayores de 70 años que vivan solas para evitar que se vean precisadas a salir a comprar sus abastecimientos y medicinas. En una ocasión me trajeron los medicamentos que tengo prescritos en el llamado «tarjetón» y otro día lo que encontraron en una tienda: gelatina, detergente y papel higiénico, por lo cual estoy sumamente agradecida.

El domingo pasado, apremiada por la necesidad, fui a una de las tiendas que me queda más cercana, creo que ahora se llama Almendares aunque todo el mundo le sigue diciendo su nombre de toda la vida: Ekloh. Ya eran casi las doce del día y la tienda aun estaba cerrada porque le estaban haciendo el test del PCR a los empleados. No conozco como operan las colas en otros lugares pero en mi barrio las personas van a marcar en horas de la madrugada y para evitar problemas la tienda ha comenzado a darles turnos numerados. Esas filas tienen varias cuadras de longitud.

Por otra parte, escuché que se estaba haciendo otra cola de personas ancianas que vivieran solas, habría que llevar la libreta de abastecimientos y el carnet de identidad para demostrarlo. Armada con esos documentos pedí el último en la cola de ancianos. Vivo sola y tengo 80 años. La señora al final de esta cola me dijo que no podía marcar, que tenía que hablar con la trabajadora social. Me dirigí a la persona que me señalaron y ella me preguntó dónde yo vivía, le respondí mi dirección, a tres cuadras de la tienda. Su respuesta fue que no tenía derecho a ponerme en «su» cola, porque esta era para las personas que vivían de la Avenida 41 a la Avenida 31, entre las calles 42 y 44, yo vivía media cuadra más lejos. Le expliqué mi necesidad de comprar algo de comida y le enseñé mi libreta de abastecimientos y mi carnet de identidad pero no sirvió de nada, aquella era «su» cola y yo no tenía derecho a comprar.

No acostumbro a discutir, menos en plena calle y con personas desconocidas, máxime cuando me estaba demostrando su incapacidad para reflexionar frente a una persona que quería disputarle su incuestionable autoridad. Regresé para mi casa.

Hoy viernes, me decidí a regresar a la tienda. Solo había cinco señoras mayores esperando para entrar. Al pedir la última me dijeron que llevaban horas esperando y no les habían permitido pasar. Me acerqué a la puerta y le pedí al policía que custodiaba la entrada que por favor llamara a la compañera del gobierno que habitualmente cuida del orden. En su lugar vino una compañera muy joven, con chaleco fosforescente, que preguntó de mal talante cuál era el problema. Le expliqué la situación y me respondió que no podíamos pasar porque el pollo que estaba a la venta ya estaba repartido en la otra cola con números que ya se habían pasado por la computadora. Cada una de las señoras presentes mostraron sus carnets y sus libretas, todas con más de ochenta años, viven solas y tenían gran necesidad de obtener algún alimento.

Le dijimos a la muchacha que nos dejara entrar y no compraríamos pollo, sino cualquier otra cosa que encontráramos. En eso empezó a entrar un grupo de la cola de las personas que iban a comprar el pollo, empujándose, apurados, como si les fuera la vida en ello, jóvenes llenos de vitalidad y mucho apremio por entrar. Las señoras empezaron a protestar, una dijo que era jubilada de las FAR, dos dijeron ser jubiladas del MININT (yo no dije nada pero también lo soy), una de ellas se bajó el borde de la saya para mostrar la bolsa de la colostomía que le habían practicado, en fin, ocurrieron cosas deprimentes.

Ellas dijeron cosas tan reales aunque dolorosas que yo di media vuelta para marcharme. Una de ellas me dijo pero no te vayas, vamos a esperar. Le respondí que aquello era tan humillante que no estaba dispuesta a soportarlo ¿Hasta cuándo tendremos que seguir escuchando en la televisión los buenos propósitos con que está empedrado el camino del infierno?