Recapitulación

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

La dialéctica aplicada al estudio de la sociedad se parece un poco a la sabiduría oriental. Ambas nos enseñan que cada tiempo trae a la orilla del devenir lo que las aguas del río movían en su seno de largo tiempo, y que aunque la realidad puede tomar diferentes caminos, estos no son otros que los que laten como potencia en la semilla de cada instante. Eso se aplica también a la sociedad cubana actual, en el momento concreto que es el enfrentamiento a la pandemia de coronavirus. Ahora que el presidente Díaz-Canel anunció, el pasado 11 de junio, el cercano comienzo del proceso de recuperación, es buen momento para recapitular.

La llegada del Covid19, como todas las crisis, difuminó muchas de las apariencias de la vida cotidiana y sacó a la luz lo esencial. Entre otras cosas, puso de manifiesto que sigue vigente el pacto social según el cual el Estado garantiza lo mínimo para la reproducción de la vida de los ciudadanos. Pueden cerrarse los hoteles, los negocios particulares, puede intervenirse hasta el mercado negro, pero el Estado no puede permitirse dejar a merced de una epidemia a la población.

El pacto social es la base de legitimidad misma del Estado.

La legitimidad de un sistema político se fundamenta en un mito fundacional: eso en el caso cubano, está muy claro. Pero esa legitimidad tiene que reactualizarse cada cierto tiempo, es por eso que existen ritualidades, en las que se escenifica nuevamente la situación narrada en el mito. Es como si se reviviera la situación fundacional, para que el sistema mantenga un asidero en la experiencia de las personas. En otros países las elecciones pluripartidistas juegan ese papel. En Cuba, la ritualidad que le da vida al sistema político es la experiencia de la crisis, enfrentada de manera colectiva y exitosa bajo la dirección del Estado.

Si alguien se hubiera guiado por las apariencias, luego de posar una mirada superficial en La Habana de los últimos años, podría haber llegado a la conclusión de que la base del poder social se encontraba en el empresariado dedicado al turismo, tanto estatal como privado. Su diagnóstico estaría relativamente justificado, pues alrededor del turismo y algunos otros renglones económicos se habían dado los fenómenos más novedosos e incisivos en el plano social. La imagen de opulencia de los hoteles y las paladares, frente a la pobreza de una ciudad en deterioro constructivo, parecía ser la imagen que mostraba la realidad de lo que era Cuba.

Sin embargo, ha llegado la pandemia para demostrar que aún no son los nuevos ricos los que le ponen el ritmo de su reproducción a la realidad cubana. El racionamiento, lógica ajena a cualquier burguesía, se impuso en todos los niveles, incluso en una TRD que en su creación no se suponía que fueran para el pueblo. La cola del pollo se convirtió en el fenómeno más característico de la cotidianidad pandémica. En las nuevas condiciones, las nuevas clases acomodadas trataron de hacer valer sus privilegios utilizando el poder de su dinero: comprando turnos, comprando directo en los almacenes, haciendo componendas mafiosas para ser siempre los primeros en comprar cualquier mercancía preciada. No obstante, aparecieron entonces las autoridades, el Partido, el poder popular, el MININT, para restablecer la justicia en la cola.

Cada cola se convirtió en un sutil escenario de lucha de clases.

El Estado respondió de manera relativamente eficaz en defensa de la clase trabajadora. De esa clase todavía mayoritaria que trabaja para el Estado y para la que los productos de la libreta todavía son una parte significativa de su renta. Y para que el pollo llegara a la mesa de esas personas fueron enviados el  miembro del Partido, la funcionaria del poder popular, el capitán del Ministerio del Interior, revelando su verdadera función social. Es significativo que las personas de sectores pudientes tuviesen que recurrir a la corrupción, una especie de robo de la propiedad social, para poder mantener sus niveles de consumo, en lugar de tener al Estado en función de sus intereses, lo cual es lo normal en el mundo capitalista.

Pero he aquí que, incluso la corrupción y el mercado negro, fueron enfrentados con especial dureza durante la pandemia, llevándose el asunto incluso ante las cámaras de la televisión. Se puso de manifiesto una de las funciones de los medios de comunicación: ser una herramienta de poder, en manos de unos sectores, en su lucha por el desplazamiento de otros. El Estado cubano de tiempos pandémicos puso el puño sobre la mesa, y declaró abierta la temporada de caza del intermediario acaparador. Es cierto que algunos quisiéramos ver caer a más peces gordos de las empresas estatales que participan en el mercado negro, pero lo importante es que se trata de una demostración de fuerza del Estado, para mostrar su capacidad de imponer los mecanismos de la reproducción social, y enviar un mensaje visible a las clases sociales sobre las que descansa su poder político.

Nada de esto puede analizarse, por cierto, fuera del contexto de lo que es el relevo generacional. Ahora más que nunca, cuando la generación histórica se está preparando para abandonar las principales posiciones, los nuevos dirigentes del Estado necesitan validar ante el pueblo el pacto social. En ese sentido puede decirse que

La pandemia ha servido para fortalecer la nueva arquitectura del Estado y a sus rostros más visibles.

No solo eso. Si hubo un momento interesante y significativo en la intervención de Díaz-Canel el 11 de junio, fue ese en el que mencionó la importancia de “la unión civil y militar”. Y es que no se puede pasar por alto uno de los principales impactos de la pandemia en lo que se refiere a las relaciones sociales expresadas también a nivel de Estado: el redimensionamiento y empoderamiento del sector civil de la sociedad. De un momento en el que estaban en un primer plano nuestros heroicos militares, depositarios del honor de pasadas epopeyas, y también gestores de una buena parte de las empresas turísticas, hemos pasado a un momento en que el turismo demuestra su falibilidad, a la vez que son los médicos, epidemiólogos y científicos los que han pasado a primer plano. Esto no puede verse separado de otro de los hechos principales de los últimos tiempos: la presencia de un civil en el más alto cargo del Estado.

No quiero caer aquí en ninguna teoría conspiranoica. La unidad no es una figura retórica de nuestros políticos, sino uno de los principios de funcionamiento del Estado cubano. Como un iceberg que se mueve, el paso de este Estado será lo suficientemente lento para que no se parta, porque hay muchos intereses puestos en que no se parta. Pero de que se mueve se mueve. ¿Cuándo, en las últimas épocas, hemos escuchado una declaración que enfatice en el honor de lo civil, a la misma altura que lo militar?

La pandemia ha sido además el escenario perfecto para la puesta en funcionamiento de las nuevas estructuras nacidas de la Constitución del 2019. Las nuevas instancias en el municipio y en la provincia han respondido favorablemente, aprendiendo a coordinarse con el resto de las instituciones y organizaciones en ese arco organizativo que ha permitido la respuesta eficaz frente al coronavirus. Pero también en lo que se refiere a las relaciones entre el Estado y la sociedad civil, la realidad cubana se ha movido dentro de los causes que se desprenden de esa Constitución.

La libertad de expresión en el ámbito digital se ha convertido en una realidad de facto, a pesar de torpes intentos por contenerla.

Mientras en el mundo analógico seguimos teniendo el mismo puñado de periódicos oficiales de siempre, en las redes se ha desarrollado una dinámica de espacio público abierto, y prácticamente cada cual pone lo que quiere. Tanto es así que incluso ya tenemos fenómenos negativos asociados a las redes sociales, similares a otras latitudes, como el tribalismo, el sensacionalismo y el bullying.

Estas redes sociales han sido una de las vías a través de las cuales se ha canalizado el descontento público. Entre las insatisfacciones de los cubanos que han encontrado una voz en las redes, ha estado la necesidad de cerrar las fronteras en su momento, el desabastecimiento, los precios de Etecsa, los problemas de la plataforma Tu envío, etc. Esas son las cuestiones que realmente han preocupado o molestado a la ciudadanía, y que han encontrado una expresión en las redes sociales. Demandas ante las cuales el Estado, en la medida de sus capacidades, ha respondido, poniéndose de manifiesto lo importante que es para él el sostenimiento del pacto social.

Esta es la realidad del momento social y político en que vivimos. Muchas veces los intelectuales hacemos hincapié en nuestras inconformidades con el sistema político, con la manera en que se respetan o no los derechos políticos individuales. Y es positivo y necesario que se hable al respecto. Pero yo creo que hay que cuidarse también de no caer en un debate enajenado. Nada llegará antes de que llegue su momento. Los pueblos luchan por las causas que pueden entender como colectividad, aquellas cuya pertinencia les plantea la vida cotidiana. En Cuba, la lucha que está puesta sobre la mesa es la que define de qué manera se reparte el pollo.

¿Qué sectores de la economía serán los más beneficiados en la normalidad post-pandemia? ¿Cómo se hará para aumentar la producción de alimentos? ¿Qué papel tendrán las pequeñas y medianas empresas? ¿Cómo serán las relaciones de poder a nivel de Estado? Estas son cuestiones que se están planteando de una manera más inmediata.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net