Soldados del puente

Foto: AP

(Esta semana LJC estrena la sección «Nos Visitan» donde intelectuales cubanos nos honran con sus textos)

Por: Jorge Fornet*

A inicios del año 2015 –en un mundo que hoy se nos antoja lejanísimo– la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) me solicitó una breve reflexión a propósito del acercamiento que pocas semanas antes se había hecho público entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos. Fue publicada entonces en un espacio virtual auspiciado por dicha Asociación. Aunque leída un lustro más tarde saltan a la vista cuán lejos quedaron muchas de sus predicciones y esperanzas –arrasadas por la tozuda realidad–, creo que el texto mantiene vigencia en otros aspectos y de cara al futuro. En cualquier caso, queda como testimonio de un momento singular de nuestra historia reciente. Cinco años después.

Una de las mejores fotografías de los años iniciales de la Revolución cubana pertenece a Roberto Salas, y su discreto título es –sin parecerlo– una declaración de principios: Primer día. Aunque la imagen merece un estudio profundo, me limitaré por el momento a señalar un par de detalles. Está tomada en una fecha fácil de precisar (4 de enero de 1961) porque en ella aparece, delante del edificio en que hasta el día anterior había funcionado la embajada de los Estados Unidos, un vendedor de periódicos cuya tez negra contrasta con la de quienes esperan para entrar al recinto, presumiblemente con el propósito de abandonar el país. Sonriente, el vendedor muestra el diario Revolución que esa mañana luce un enorme desplegado en primera plana donde se lee: “¡Viva Cuba libre! / Rompen los E.U. sus relaciones con Cuba”, seguido por la bandera nacional y un poco más abajo, semioculta por el brazo del hombre, la palabra “¡Venceremos!”.

El pasado 17 de diciembre los presidentes Raúl Castro y Barack Obama anunciaron a sus pueblos y al mundo el fin de ese período cuyo primer día había sido retratado por Salas casi cincuenta y cuatro años antes. Pocos acuerdos han logrado, al menos dentro de la Isla, el consenso generado por ese anuncio. Visto desde ella, se trata de una victoria en el sentido de que el gobierno estadunidense reconoció el fracaso de su sostenida política contra Cuba a lo largo de once administraciones y más de cinco décadas; a la vez, el cambio de rumbo tendría lugar sin exigir a la Isla ninguna de las tantas condiciones que se le intentaron imponer durante todos esos años. De algún modo, se trataba de un premio a su resistencia.

Fue relevante, además, que el acuerdo se lograra directamente entre los gobiernos, sin pasar por esa poderosa porción del exilio cubano en los Estados Unidos (y especialmente en el Congreso de ese país) que secuestró durante décadas el tema Cuba. Y resultó importante también que del lado cubano tal acuerdo fuera alcanzado por el llamado liderazgo histórico de la Revolución, lo que permite cerrar un ciclo por quienes fueran sus protagonistas, al tiempo que quita un pesado fardo a la generación que accederá a la dirección del país en las elecciones de 2018.

Lo cierto es que la decisión de restablecer relaciones diplomáticas y lo que se desprende de ella concluye un capítulo abierto en pleno apogeo de la guerra fría, la cual se vio alimentada, a su vez, por la confrontación entre los dos países. Es obvio, y se ha repetido hasta el cansancio, que se tratará de un proceso largo, zigzagueante y preñado de obstáculos. No es difícil conjeturar que incluso una vez que el bloqueo haya desaparecido o haya sido reducido a un cascarón sin sentido, quedarán importantes reivindicaciones para las que tomará años hallar una solución satisfactoria, como la devolución a Cuba del territorio ocupado por la base naval de Guantánamo. En cualquier caso, el panorama parece significar también un cambio positivo a nivel hemisférico, pues el deshielo debería suponer una distensión a nivel continental y anunciar una nueva forma en que la potencia del Norte se relacionará con sus vecinos del Sur; sin embargo, varias de las tensiones que están viviendo otros países latinoamericanos –en las cuales se asoma de un modo u otro la mano de los Estados Unidos–, atemperan cualquier optimismo exacerbado.

Mirada desde este presunto final podría parecer que la confrontación entre los dos países fue un extraño y evitable incidente, debido a circunstancias accidentales y a la voluntad de políticos empecinados; que la Revolución misma vino a provocar un problema allí donde no existía o que los posibles conflictos pudieron haberse sorteado de manera más o menos amigable; que a fin de cuentas la persistente relación de amor-odio que los cubanos han sostenido con los Estados Unidos ha durado más de un siglo, sin que eso implique, necesariamente, tropiezos mayores. En estos momentos, por cierto, estamos viendo el lado amable de los antiguos rivales. Escuchamos cada día en los medios cubanos a políticos y empresarios estadunidenses de amplia sonrisa hablar de intereses compartidos y de lo mucho que podemos avanzar juntos.

Nadie quiere expresar en voz alta, al menos por ahora, lo que pudiera pasar el día en que los halcones retornen a la Casa Blanca.

Porque así como Cuba intenta ser fiel a sus principios, los Estados Unidos no van a renunciar a ser ellos mismos. De hecho, el propio Obama dejó claro en su discurso del día 17 que aunque la política hacia Cuba cambiara, los objetivos seguirían siendo idénticos. Esta paz no sería, en tal caso, sino la continuación de la política por otros medios. Y si bien todos lo hemos repetido, no es cierto que el bloqueo y el clima de hostilidad hacia Cuba hubieran fracasado, o al menos no es cierto que hubieran fracasado del todo. En no poca medida fueron exitosos al dislocar y distorsionar su economía, y al contribuir a acentuar sus propios errores y limitaciones; lo fueron al empujar al país a un enfrentamiento que no dejaba margen a muchos matices, bajo la lógica de fortaleza sitiada y, en consecuencia, a reforzar el verticalismo y debilitar formas de participación popular y de toma de decisiones por parte de la sociedad cubana; lo fueron al forzar a los habitantes de la Isla a vivir en un estado de excepcionalidad desgastante.

En ese sentido, el nuevo período brinda oportunidades favorables que van desde mejores condiciones para llevar adelante una economía que –también por méritos propios– ha vivido en perpetuo estado de sobresalto, hasta un clima más distendido que favorece una democratización de la sociedad sin las presiones a que estaba sometida y nos permita decidir con mayor libertad lo que queramos. Será importante incluso (aunque parezca un argumento puramente emotivo) para evitar que muera un niño por falta de alguna medicina o equipo que solo pueden adquirirse en los Estados Unidos. Al mismo tiempo se producirá una mayor comprensión y conocimiento entre las partes, un redescubrimiento que ayudará a eliminar prejuicios, y tendrá lugar un mayor intercambio cultural y académico entre los dos países, un flujo de información y tecnologías que en general resultará positivo.

Ese paso decisivo, no cabe duda, abre un anhelado y estimulante escenario. Pero los retos que plantea son enormes e imprevisibles. Porque el desafío no concluye el hipotético día en que las embajadas de La Habana y Washington estén en funciones, el bloqueo haya sido desmontado, el flujo de personas, mercancías y capitales marche sobre ruedas, y los presidentes de ambos países se reúnan amistosos. Entonces, el desafío apenas habrá comenzado.

Para enfrentarlo desde Cuba con conocimiento de causa resulta inevitable formularse una pregunta: ¿Qué proyecto de país queremos y podemos construir en las actuales circunstancias? Hasta hoy, parte de su sentido y de su cohesión se la daba esa misma confrontación con los Estados Unidos, en un momento en que, como en las malas películas, los héroes y los villanos estaban bien definidos. Pero esas posiciones son cada vez menos claras, y no es difícil predecir que dentro de cinco años, por limitarnos a una fecha no muy lejana, el país se parecerá poco, para bien y para mal, al que conocemos.

Cada vez seremos más semejantes, para bien y para mal, a cualquier otro país latinoamericano.

Roto el impasse que impedía a los dos países sentarse juntos a una mesa de negociaciones, es relativamente fácil desbrozar el camino para alcanzar algunos acuerdos básicos. El diálogo se complica, sin embargo, cuando haya que discutir, por ejemplo, el tema de las compensaciones por daños materiales y morales y, más aún, cuando se comiencen a dirimir cuestiones simbólicas. Ya sabemos que no es solo el futuro, sino también el pasado lo que está en juego. Se abren caminos, es cierto, pero qué va a pasar, digamos, cuando pretendan derribarse algunas estatuas y levantarse otras.

No es difícil presagiar que en los próximos años el espectro político cubano se diversificará y hallará sus propios representantes. Hasta ahora los líderes de la Revolución  gozaban de una autoridad histórica y política irrepetible, en la que influía involuntariamente –dicho sea de paso– la política del gobierno estadunidense. Como parte de la dinámica dominante en estos años, la radicalidad del proceso cubano y el apoyo por parte del gobierno de los Estados Unidos a cualquier alternativa, toda oposición se ubicaba, casi de modo tan inexorable como la ley de la gravitación universal, a la derecha de ese espectro. Pero no es extraño que a la vuelta de unos años, en un clima más o menos distendido, se consoliden fuerzas y movimientos que abarquen incluso una oposición de izquierda. Será en ese complejo contexto donde, en no poca medida, deberemos reinventarnos.

“Ya no se abren fosos hondos en torno de almenadas fortalezas”; escribía el cronista, “sino se abrazan con brazos de acero, las ciudades; ya no guardan casillas de soldados las poblaciones, sino casillas de empleados sin lanza ni fusil, que cobran el centavo de la paz, al trabajo que pasa; los puentes son las fortalezas del mundo moderno”. Y añadía: “Mejor que abrir pechos es juntar ciudades. ¡Esto son llamados ahora a ser todos los hombres: soldados del puente!”. Así concluía José Martí su crónica sobre “El puente de Brooklyn”, publicada en La América de Nueva York, en junio de 1883. Ciento treintidós años después un inesperado puente ha sido tendido –salvando fosos y almenadas fortalezas– entre dos enemigos que hasta poco antes parecían irreconciliables. El proceso será arduo y contará con empecinados adversarios, pondrá a prueba la capacidad de Cuba y su pueblo para sortear con entereza las sacudidas que sobrevendrán, estremecerá convicciones y desatará pasiones que parecían dormidas, intentará apuntalar las más variadas formas de restauración conservadora, incluso aquellas que se pretenderán en nombre del socialismo. Nos toca, aun así, ser soldados del puente.

* Ensayista e investigador cubano. Granma, 1963. Se licenció en Letras por la Universidad de La Habana y realizó maestría y doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Es investigador titular y dirige el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. Autor de El 71: anatomía de una crisis (2013, Premio de la Crítica)