¿Cómo ser jurista y conservar la dignidad en pandemia?

Por: Julio Antonio Fernández Estrada

Los juristas tienen mala fama. Una gran parte de esa fea celebridad proviene de la constante promoción por series de televisión y películas, durante décadas, de una versión carnívora y despiadada de la labor de los que se dedican al derecho, sobre todo los abogados y abogadas.

Para colmo de males, la vida jurídica que más se promueve en Cuba es la de Estados Unidos, lo que crea en la población cubana una imagen de juristas con actitudes a veces extrañas a nuestro sistema jurídico, no porque seamos más limpios sino porque somos distintos.

El derecho es una ciencia, pero también es una práctica política y técnica, que parece ser solo el momento de la puesta en escena del juicio oral pero que es mucho más que eso. Tiene más de dos mil años de enseñanza, de producción de textos sobre sus instituciones, de trabajo profesional de sus especialistas, de acumulación de experiencias en foros y estrados, lo que significa que también guarda una larga historia de justicia y su contrario.

La imagen de los juristas decidiendo la vida de las personas en negociaciones frías, sobre todo presentada a nosotros en programas para la televisión, donde importantes abogados de bufetes privados de los Estados Unidos de América, ganan casos y con ellos millones de dólares, crea en el público una idea de que los juristas son bandidos o auras tiñosas aunque en realidad en cualquier parte hay juristas tramposos, malhechores e inmorales, de la misma manera que esto se da entre médicos, dirigentes, deportistas, artistas o científicos.

La profesión de los que estudiamos derecho no nos hace más honestos, ni más justos, ni más fraudulentos ni más desalmados, solo que en el mundo del derecho es legal, legítimo y necesario que los asesinos sean defendidos, que los agarrados in fraganti tengan un juicio imparcial, que los acusados confesos puedan ser absueltos, y que los casos aparentemente ganados se pierdan por un tecnicismo procesal.

La existencia misma del derecho no garantiza la presencia de la justicia. Los juristas romanos de la época del imperio decían que el derecho era el arte de lo bueno y equitativo, que el derecho debía intentar hacer buenos a los hombres y no solo por medio de las sanciones sino también por los premios, que la justicia era la constante voluntad de dar a cada cual lo suyo, que los jurisconsultos debían ser llamados sacerdotes y que el derecho llevado al extremo de la interpretación literal puede llegar a ser injusto.

Por eso, esos mismos juristas crearon la equidad, la justicia del caso concreto, esa que en manos de los que pueden interpretar cada caso puede ayudar a que el derecho menos adecuado se convierta en la justicia requerida y sanadora.

Los mismos magistrados romanos que tenían la facultad jurisdiccional, en la época en que los jueces eran ciudadanos privados y no profesionales del derecho, fueron asentando poco a poco la práctica de la defensa del más débil, de la presunción de la buena fe en los casos de contenido patrimonial, de los beneficios para los deudores que ya tienen la carga de la obligación a cumplir, por lo tanto el derecho nació en la base de nuestro sistema jurídico, para defender a los necesitados y no para enriquecer a los que ya ostentan de todas las riquezas.

En Cuba el derecho es escrito, no aceptamos la costumbre como fuente de derecho ni permitimos que los jueces creen normas jurídicas en el acto de juzgar, por lo que es fundamental la independencia de los jueces y juezas, y la sabiduría, prudencia y ética de los fiscales y magistrados que tienen en sus manos la interpretación de las normas que solo el pueblo puede legitimar.

Aquí tampoco hay ejercicio privado de la abogacía por lo que los abogados y abogadas que deben representar a los particulares en litigios u otro tipo de procesos, deben ser contratados en Bufetes Colectivos que trabajan bajo la disciplina técnica del Ministerio de Justicia y son una organización no gubernamental, y en los que los especialistas en temas civiles, penales, laborales, administrativos y de familia, ganan salarios miles de veces más pequeños que los de sus colegas de bufetes privados en medio mundo.

La sabiduría popular en Cuba a veces no es tan sabia, como cuando piensa y repite que el que hace la ley hace la trampa o cuando se desesperanza en la horrible verdad de que aquí todo está prohibido, y cuando cree que los notarios y notarias de Cuba están forrados en dinero y son una banda de ladrones peores que los de las Mil y Una Noches, cuando en realidad la ley en Cuba la hacen los legisladores de la Asamblea Nacional y ellos no tienen forma de hacer trampa, algunas cosas solo están prohibidas por nuestra autocensura y los notarios son funcionarios públicos con un salario estatal y grandes posibilidades de caer presos por cualquier error banal.

Los juristas de Cuba, hombres y mujeres de ley, son tan necesarios en la república como la igualdad, la dignidad, la democracia y la limonada, todos estos imprescindibles para mi gusto.

En tiempos de pandemia, al contrario de lo que muchos creen y repiten, de que lo importante no son las normas ni la legalidad de las medidas tomadas por el gobierno, el derecho es una necesidad urgente para conservar la decencia de la sociedad, la tolerancia, el respeto al prójimo, la solidaridad, aunque sea impuesta, la paz, la concordia, la seguridad, la justicia que calma los demonios revueltos por el aislamiento.

Los juristas entienden de normas jurídicas, pero deben ser ayudados por la justicia del sistema social a comportarse como agentes de la verdad y la equidad porque de no ser así se convertirían en gendarmes de la corrupción y la arbitrariedad.

Quiero hacer un homenaje hoy a mi padre, que me enseñó tanto del derecho, sus virtudes y sus defectos. Él decía que se puede vivir enfermo, resistir toda la vida una dolencia o un padecimiento, pero no se puede resistir la existencia sin justicia.

Por la justicia, sol del mundo moral y lago cristalino para abrevar nuestra sed ciudadana, debemos arriesgar nuestra tranquilidad y despertar al jurista que todos llevamos dentro.