Cuarentena, pan y circo

Por: José Manuel González-Rubines

Como casi todo lo que llega de improviso –sea bueno o malo-, a Cuba el coronavirus y su consecuente cuarenta le ha traído cosas nuevas. Además del nasobuco –esa asfixiante mascarita que hace que parezcamos asaltantes de trenes del viejo oeste-, nos trajo cada mañana al Doctor Durán, que ahora es querido casi como a un pariente, pero a quien pocos conocían antes; nos mostró, aunque siempre cubiertos, algunos de los rostros del preparado personal de la biotecnología, y también nos enseñó que las colas, al igual que el universo, están en constante expansión, pues si ya pensábamos que eran largas y permanentes, el pollo ha redefinido nuestros conceptos al respecto.

Pero el coronavirus vino acompañado de más cosas, algunas con un visillo de misterio sumamente interesante, que ha desplazado a Tras la huella del lugar cimero donde lo tenían los amantes del género detectivesco: cada noche el pueblo espera que la voz grave de Yunior Smith –digno sucesor temporal de Rafael Serrano- anuncie el caso policíaco de turno.

Desde grandes desvíos de recursos del Estado -confituras, productos comestibles destinados a población vulnerable, pinturas, materiales de la construcción-, hasta pesca de más de una tonelada de vedadas langostas, los casos son la respuesta añorada y necesaria a la especulación y la ilegalidad que durante años –demasiados, muchísimos- ha campeado a sus anchas entre nosotros, como una sanguijuela que succiona el magro contendido de los bolsillos de la gente y de las arcas de la República y que pende sobre nosotros, como espada de Damocles dispuesta a partirnos el cráneo en dos ante cualquier fluctuación, por mínima que esta sea, de la economía o la política.

Sin embargo, desde el comienzo hasta ahora los casos de la nueva sección del NTV –que nadie sabe si llegó para quedarse o se irá con el nasobuco al hombro cuando la cuarentena acabe- han transitado por el camino incierto de las modas. Algunos han sido sonoros y justificados, por lo que se ganaron la aprobación de las mayorías; otros, sin embargo, parecen excesivos y casi ridículos, con ese aire que tienen las cosas hechas por cumplir para montarse en el tren de lo que está en boga. Algo sí tienen en común: motivan más preguntas que respuestas.

Parece ser que una de las cosas traídas por el coronavirus a Cuba, procedente de nadie sabe dónde, es el nutrido cuerpo de jefes de sector, policías, peritos e investigadores, que de pronto encontraron a la ilegalidad acampando bajo sus narices y se lanzaron entusiastas a erradicarla. ¿Dónde estaban hasta ahora que no vieron nada? ¿Qué pasaba antes con el “pueblo revolucionario” que solo ahora se decidió a denunciar a sus vecinos? ¿Acaso el sentido de los informantes se agudizó como efecto secundario de la cuarentena?

Devenidos por obra y gracia de la COVID-19 en diligentes y eficaces, estos Sherlocks Holmes tropicales se han quitado la modorra con la que hasta entonces habían obrado y cabalgan al combate, protegidos por sus nasobucos y las cámaras del espectáculo, contra algo que ya estaba ahí desde hacía tiempo y utilizan al noticiero de pared para mostrar las cabezas disecadas de lo cazado.

Sus aliados en esta cruzada son los periodistas, cuya virulencia y ligereza varía dependiendo de la provincia. Las cámaras que habían estado destinadas a los hombres y mujeres que continúan en el trabajo y a los que cuidan y atienen a las personas afectadas, ahora también se dedican a hacer estas crónicas, auténticos monumentos casi todas a la superficialidad investigativa.

Van al lugar, graban el espectáculo, apuntan con sus lentes a los acusados –al principio, sin proteger su privacidad-, hacen algunas preguntas de escasa profundidad y predecible respuesta, y montan el show para servir cada noche, como una alegría de sobremesa. Generalmente, no buscan más, lo lanzan y ahí lo dejan, al final todo esto pasará y la vida seguirá igual, como dice la vieja canción española.

¿Ninguno de esos periodistas se ha preguntado –seriamente- de dónde salían los recursos incautados y que solo el Estado posee? ¿De verdad creyeron que esas enormes cantidades de cosas diferentes y valiosas fueron sacadas de los centros estatales por obreros sencillos, ladrones intrépidos o coleros insistentes?

¿Por qué faltan en esos reportajes los directores de las empresas afectadas, los encargados del comercio, los administradores, no como simples declarantes, sino asumiendo las culpas que les corresponden, siendo interpelados como debe ser, pues esos recursos estaban bajo su cuidado? ¿Qué sucede que ninguna de esas investigaciones va contra una entidad del sector estatal o un dirigente que no protegió lo que le fue confiado y que quizás – ¡Dios nos libre!- se mojó también con las salpicas de estas ilicitudes?

¿Por qué no giran su cámara hacia el entusiasmado policía o jefe de sector que dirige el operativo para cuestionarlo sobre su trabajo hasta el momento, pues en la mayoría de los casos los delitos llevaban años cometiéndose? ¿A ninguno le llama la atención esas cosas que una parte del pueblo, los que no se contentan con ver arder las hogueras y disfrutar del olor a carne chamuscada, pregunta cada noche y comenta en las colas al otro día? Parece que esos periodistas también llegaron hace poco.

¿Por qué se quedan satisfechos con mostrar cómo la soga se parte por el lado más débil, por el final de la cadena? Quizás sería recomendable, para ganar en seriedad y transparencia, recorrer toda la cuerda y ver qué es lo que mora en el otro extremo, pues el reino de las leyes no establece distingos entre sus súbditos, por lo que debe aplicarse a todos y no solo a algunos. Si decidimos bañarnos, debemos estar dispuestos a mojarnos, no solo la punta de los pies.

Que las investigaciones aún están en proceso, dirán algunos. Que seguro los corruptos y malversadores también caerán en todos los casos y no solo en unos poquísimos, dirán otros. Que en el noticiero no se puede decir otra cosa, pensará alguien. Bien, entonces en defensa la integridad, los periodistas a quienes se ha dado la tarea de acompañar esta cruzada, como los servidores públicos dedicados a la verdad que son, deben ser transparentes o guardarse las ganas para luego, esperar a que todo esté claro y dar seguimiento real a los casos –no engavetarlos como casi siempre se hace por estos lares-, porque la falta de transparencia y la parcialidad traen a ellos y al gremio, rechazo y pérdida de credibilidad.

No solo han sido culpables –y lo son, de eso no hay dudas- los nombres y las caras que muestra el NTV. Las investigaciones deberían continuar hasta llegar a la raíz más profunda y, del mismo modo que hoy se muestra cómo suben al cadalso estos ciudadanos que han infringido las leyes de nuestra República, debe mostrarse también cómo los acompañan quienes han sido sus cómplices, esos que es fácil inferir, se esconden, seguros de su suerte como si a una casta superior pertenecieran, tras mesas de oficina y cargos de cualquier tipo.

Son estos días difíciles, lo sabemos. Se hacen grandes esfuerzos por garantizar noblemente y con trabajo, el pan de la gente; también hace falta el circo –diría el poeta romano Juvenal-, pero no de este tipo y no a costa de la integridad, ni sobre la base del espectáculo. Hágase a todos, sin excepciones de tipo alguno, cumplir la ley, con ética y verdad.