La verdad en tinieblas

Memorial de la Segunda Guerra Mundial en Berlín, Alemania. Foto: @ansgar via Twenty20

Por: Alina B. López Hernández

Los debates en Facebook acerca del breve artículo aparecido ayer en el periódico Granma, de la autoría de Raúl Antonio Capote y titulado «El pacto Molotov Ribbentrop, una luz sobre la verdad», se encaminaron a dilucidar quién había copiado y pegado, si Granma a Wikipedia o Wikipedia a Granma.

Mi amigo Giordan Rodríguez Milanés, siempre acucioso, halló una saga de similitudes en otros medios de prensa, lo que le permitió rectificar su apreciación inicial al constatar que es el propio autor quien ha replicado su escueto texto, con pequeñas modificaciones, en esos sitios digitales, y que la nota de Wikipedia sobre el tema es igualmente suya.

Eso dejaba hipotéticamente aclarado que Capote no le había copiado a nadie, en todo caso a sí mismo. Pero toda hipótesis debe ser demostrada para conquistar, como reza el nombre de un espacio televisivo, «solo la verdad».

Como historiadora, y profesora por muchos años de Historia Contemporánea de Europa, considero que el artículo de marras sepulta los verdaderos hechos desde su primer párrafo. En él se afirma: «A menudo se critica, y no sin razón, el tratado Molotov-Ribbentrop, firmado entre la URSS y la Alemania nazi, el 23 de agosto de 1939. Este tema ha sido utilizado constantemente como ingrediente de la “historia oscura” escrita contra los soviéticos en la Segunda Guerra Mundial».

A partir de aquí el autor esgrime el viejo subterfugio de distribuir responsabilidades para disminuir culpas. Su tesis es simple: no es justo criticar que Stalin firmara un pacto de no agresión con Hitler en agosto del 39, si ya Chamberlain y Daladier habían suscrito, en septiembre del 38 —a nombre de Inglaterra y Francia respectivamente—, el Pacto de Munich con el propio líder alemán.

Es cierto que la política de apaciguamiento de Inglaterra y Francia echó leña al fuego de los planes nazis. La complacencia de esos gobiernos permitió a Hitler la ocupación de los Sudetes checos, zona montañosa de mayoría alemana que había pasado a formar parte de Checoslovaquia cuando este estado surgió, como consecuencia de la desaparición del imperio Austro-húngaro tras los tratados de la primera posguerra.

En Munich se permitió el desmembramiento de Checoslovaquia y se le dio luz verde a Hitler, eso es innegable. ¿Se podía culpar a los soviéticos por querer proteger sus fronteras firmando un pacto de no agresión con Alemania ante una guerra que era inminente? Claro que no.

La pequeña luz que el articulista había encendido sobre la verdad se apaga en este preciso instante para dejar en tinieblas las verdaderas razones de la crítica que ha merecido el pacto Ribbentrop-Molotov, suscrito apenas nueve días antes de la invasión fascista a Polonia que marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Su críptica frase «no sin razón» había quedado en el limbo. Porque lo que ocultó en su artículo es que el pacto incluyó una cláusula secreta que admitía que en el caso de que Alemania comenzara la guerra, la URSS aseguraría sus fronteras a lo largo de toda la zona occidental y ocuparía territorios de países colindantes con el fin de protegerse.

Esto se hizo realidad cuando dos semanas después de la penetración germana en Polonia, tropas soviéticas ocuparon casi la mitad de esa nación entrando por las fronteras orientales. Además, invadieron las repúblicas cisbálticas (Letonia, Estonia y Lituania); la Besarabia, que incluía una parte de Moldavia quitada a Rumanía y la vecina Finlandia, que finalmente fue la única que consiguió resistir la agresión y los bombardeos soviéticos sin ser ocupada.

La existencia de esa cláusula fue un secreto bien guardado hasta que en 1945, durante la toma de Berlín, soldados británicos que revisaban papeles sobrevivientes a la quema por la parte alemana, encontraron documentos alusivos al tratado. Sin embargo, la Unión Soviética negó de plano las acusaciones y se mantuvo en esa posición durante medio siglo, asegurando que las tropas aliadas habían falsificado los documentos para desprestigiar su papel en la guerra. No será hasta 1989, cuando se produjo una protesta masiva en los países cisbálticos, que fueron desclasificados los documentos y reconocida la existencia del vergonzoso acuerdo secreto con Alemania.

Me gradué como profesora en 1988 y jamás escuché hablar sobre dicho asunto.

Los libros de texto que utilizaba tampoco incluían el tema. Fueron las revistas del período de la Perestroika que circularon en Cuba (Tiempos Nuevos, Novedades de Moscú y Sputniks) las que me aportaron los primeros elementos de juicio. Pero mi discernimiento se fortaleció al recibir, en los inicios de 1990, un folleto, que aún conservo, publicado por la agencia Novosti, el cual fue entregado a las carreras de Historia de los Pedagógicos vía Ministerio de Educación. Era un envío de Horacio Díaz Pendás, excelente metodólogo Nacional de esa asignatura. Allí aparecían las imágenes de los documentos y los detalles del despliegue militar soviético, con mapas incluidos.

No es posible que Capote ignore que el Pacto Molotov-Ribbentrop sí tiene una «historia oscura» y que no son acusaciones infundadas las que se han hecho en tal sentido. Si vamos a comparar hagámoslo con honestidad, respetando los hechos y no tergiversando la historia; que no es lo mismo haber alentado a Hitler a invadir Europa, como hicieron Chamberlain y Daladier, que haberse convertido en su compañero de aventuras guerreristas como hizo Stalin.

Aunque es cierto que muchos enfoques ideológicos han intentado minimizar el decisivo papel de la URSS en la derrota del fascismo, tampoco es el caso que neguemos la responsabilidad que tuvieron en los inicios de la guerra. La idea de que la firma del Tratado era para ganar tiempo con el fin de fortalecer su ejército y resistir mejor a una futura agresividad alemana, pierde terreno cuando se sabe que Stalin, lejos de reforzar al ejército soviético, represalió a la mayor parte de su estado mayor, no modernizó los armamentos y desoyó a sus agentes infiltrados que, como Richard Sorge desde Tokío, alertaban de la fecha fija en que Hitler los invadiría.

Ante un artículo tan débilmente sustentado y tan falto de veracidad, la pregunta que se impone es ¿por qué el periódico Granma acoge este texto? ¿A quién se complace con esa visión parcializada de la Historia? Este viejo fantasma da vueltas desde que, en el año 2005, el presidente ruso Vladimir Putin tratara de justificar la actuación de Stalin al firmar el acuerdo, asegurando que se debió a la necesidad que tuvo para proteger la nación. En diciembre del pasado año, defendió el pacto en una reunión con los líderes de la Comunidad de Estados Independientes en San Petersburgo, aunque reconoció que este incluía protocolos secretos: «Sí, allí hay una parte secreta sobre la división de ciertos territorios, pero nosotros no sabemos qué hay en los otros acuerdos de los países europeos con Hitler, ya que mientras nosotros desclasificábamos esos documentos, en las capitales occidentales se guardan bajo la categoría de secreto».

Putin, a pesar de que justifica el pacto, reconoce la existencia de la cláusula secreta; Capote ni eso. En lo que ambos coinciden es en la comparación del pacto Ribbentrop-Molotov con el de Munich.

Vistas las injustificadas omisiones y el sesgo desinformador del artículo, sugiero un cambio de título. Mi propuesta: «El pacto Molotov Ribbentrop, la verdad en tinieblas».

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com