Tiempos de reencuentro

Foto: @davechapman via Twenty20

Por: José Leandro Garbey Castillo

Aquellos eran tiempos malos. Tan malos que superaban las complejidades de meses anteriores. Antes, al menos, tenían como salida a los problemas alguna que otra escapada fuera de casa. No así en aquellos tiempos, donde estaban prohibidas las visitas y en caso de ser del conocimiento de las autoridades, podrían ser el motivo de nuevas dificultades. En su situación, trataban de evitar nuevos problemas pues algún otro les resultaría imposible de afrontar.

Pasaban las semanas y en aquella casa las caras permanecían casi todo el tiempo inexpresivas. Sólo miradas. Miradas perdidas como de quienes se observan fijamente, tratando de transmitirle al otro cierto aire de resignación y desconocimiento a la vez. Estaban resignados a que la situación los superaba. Desconocían cuando todo eso terminaría. Lo que bien sabían ellos era que todas aquellas restricciones eran necesarias. Aún así, estaban claros que las necesidades no son para nada menos inquietantes. Son el origen de todas las preocupaciones.

Él llegaba casi todos los días después de las siete de la tarde, tras casi una hora de curvas en la carretera, aquella vieja guagua del trabajo asomaba por el reparto periférico de La Habana donde hace algunos años vivían. Ella llevaba más de una treintena de días en casa. Por primera vez tras varios años, le sobraba tiempo para dedicar a sus dos hijos. Había estado ausente desde el sexto cumpleaños de su niña. Ya  tenía 11. En pocos meses comenzaría la secundaria. Mientras, el chico, poco antes se había graduado de la universidad. Ya era todo un hombre.

Ella, Yanet*, estuvo cinco años viviendo fuera de Cuba. Siempre tuvo claro que su futuro estaba en el extranjero. De joven, varias veces le pasó por la cabeza lanzarse en balsa o casarse con un extranjero para lograr emigrar. Pero fue tan solo unos días después de la fiesta que Rubén* y Tata le prepararon, al cumplir 34, que le comunicaron que había llegado su momento. No en las condiciones deseadas. Aún así, lo había logrado. Al fin saldría de Cuba.

En abril de 2015 voló a Nicaragua para una misión médica de tres años. Trabajó en el centro oftalmológico de Ciudad Sandino, a 15 kilómetros de Managua. Faltaban menos de cuatro meses para regresar al país, cuando conoció a Hernán*. Hace nueve años, tras comenzar su relación con una nicaragüense, Hernán había desertado de una misión. Al no poder regresar a Cuba durante 8 años, entró al negocio del tráfico de personas. Es «coyote». Su red es sólo para cubanos.

«Yo quería cruzar para los Estados Unidos, y el me dio varias opciones. La ruta principal cruzaba tres países: Honduras, Guatemala y México. Allí haríamos estancia por un tiempo, antes de cruzar la frontera y llegar al yuma. Era caro todo y no tenía suficiente plata en ese momento, pero aún podía (…)»

Yanet regresó a Cuba un viernes en la madrugada. Lázaro, su esposo, había ido a recogerla al aeropuerto junto a parte de la familia; -la otra- donde estaba su hija, Rosanne, habían preparado la cena para celebrar la llegada de mami. Al fin estaban juntos, aunque no sería por mucho tiempo.

Días después comenzaron los trámites. Primero el dinero. Yanet retiró poco a poco la remuneración que había acumulado en una cuenta nacional durante los tres años de misión. Le siguió la compra del pasaporte, los papeles migratorios, la legalización del título, hasta la venta del pequeño cuarto que años antes había heredado de su abuela materna. Tiempo después, estaba de vuelta en el avión. Esta vez pensó no retornar. Al menos por un tiempo.

«Me fuí porque era el momento para hacerlo. Me jodió dejar a mi gente pero tenía el dinero y había que hacerlo. Total, dinero en bolsillo, dinero perdido. Si iba a arriesgarme alguna vez en mi vida, era ahora. No por mí, por mi familia. Más por ellos», dice.

Más de medio mes estuvo alquilada en Managua sin ver al coyote. Solo unas llamada de Hernán para acordar hora y el sitio de encuentro fueron las señales de que aún la operación se mantenía. Seis días después de la última comunicación, compartía una pequeña casa en la periferia de la ciudad con 13 desconocidos. Eran cubanos. Allí estaba la única sensación de seguridad dentro de tanta inseguridad.

Todo el viaje posterior se resume en un camión hasta Honduras. Una patrulla de policía que exigió el pago por su silencio. Varias noches donde el monte fue el sitio de descanso. En Guatemala, la dueña de una casa de alquiler robó a uno de los viajeros parte del dinero y documentos. Una denuncia en México. El arresto. El pago a los guardias. Su libertad. El robo de sus documentos. La escasez. Subsistencia. El origen de más preocupaciones.

Era emigrante. Sin derechos. En un negocio donde sólo importa el «cash». Una suerte de condición inmoral pero ciertamente efectiva. Ahí cada día de supervivencia cuesta. Y a Yanet le costó. Trabajaba mal remunerada como ayudante en la cocina de un pequeño establecimiento de comida mexicana en Tehuacán. Sólo par de llamadas a casa en la semana. Un pequeño cuartucho sin condiciones, alquilado por una señora a quien varias veces tuvo que ayudar a comer. Fue el precio a pagar. De a poco, entre vicisitudes, cierto aire de arrepentimiento y nostalgia terminó en el retorno anticipado. Un boleto de avión D.F-Habana puso fin a casi año y medio de frustraciones personales.

«Tuve que regresar -silencio-… irme de esa forma fue un error -lágrimas-(…)»

Los primeros días en Cuba fueron extraños. Un año antes había salido del país, siendo la esperanza para la mejoría económica familiar. Tiempo después, había regresado carente de posesiones materiales. Y lo peor no era eso. La comunicación con sus hijos era mínima. Se encontraban ante alguien que había estado ausente parte importante de su vida, y a quien en ocasiones veían con cierta sensación de desconocimiento. Lázaro había comenzado una relación con otra mujer. Los problemas económicos crecían. Todo iría a peor.

La pandemia del coronavirus avanzaba a ritmo acelerado por todo el mundo. El 11 de marzo del 2020 tres turistas italianos fueron diagnosticados como los primeros casos de coronavirus en Cuba. El número de contagios siguió en aumento hasta que el Gobierno decidió aplicar medidas de restricción domiciliaria en todo el país. Dos meses después, el confinamiento continuaba.

«Por la restricción de movimiento pasamos mucho trabajo. Nos ha costado adquirir la alimentación. Casi sin dinero, y lo peor es que no he podido salir a la calle a lucharlo. Hemos estado mal», dijo.

Solo dos salarios -con pago al 60%- mantenían la casa. De a poco, las pocas pertenencias que quedaban de la misión, o las baratijas que había podido traer de México terminaron en otras manos a cambio de algo de dinero o comida. Sólo la ayuda de algún familiar, vecino o amigo. Para ellos, fueron tiempos malos. Tan malos que superaron todas las duras complejidades de meses anteriores. Aún peor, para ellos, fueron tiempos de reencuentro. Y aún lo son.

*Los nombres fueron cambiados por petición de la entrevistada.