Las ilusiones perdidas

Foto: @rokobahat via Twenty20

Por: Mario Valdés Navia

Según Clifford Geertz, en cada sociedad el ser humano tiene la necesidad de obtener: “fuentes simbólicas de iluminación para orientarse en el mundo”.[1] En la transición socialista, símbolo contra símbolo, al sentido burgués de propiedad habría que vencerlo con el sentido socialista de propiedad. Tarea insoslayable pero no resuelta en ninguno de los países que han pretendido efectuarla.

Obreros, campesinos, empleados e intelectuales comparten hacia la propiedad estatizada una actitud de alienación que hunde sus raíces en las contradicciones que la hegemonía burocrática impuso en el modelo de socialismo que imperó durante el siglo XX, el de Estado/estalinista/burocrático,[2] donde la propiedad de todos deviene en atributo de unos pocos.

Por eso, el significado que le confiere la mayoría es el de una propiedad de nadie. En lugar de sentirse arropados cálidamente por el manto protector de la omnipresente propiedad estatal, los individuos se sienten tan lejos de ella como si pasearan desnudos por las calles, cual el inocente monarca del cuento medieval de El Conde Lucanor.[3]

La culpa no es de Marx.

Para él la propiedad socialista sería: “una propiedad individual basada en la cooperación y en la posesión colectiva de la tierra y de los medios de producción producidos por el propio trabajo”.[4] La estatización generalizada de los medios de producción y su gestión centralizada por un supra-organismo que controle al detalle la economía no es una herencia teórica de Marx, sino un engendro del socialismo estalinista que la convirtió en sustrato para imponer la hegemonía burocrática al resto de la sociedad.

El término más empleado por Marx y Engels para referirse a los futuros sujetos de la producción socialista fue el de productores libres. Para ellos, la dictadura del proletariado sería un Estado agonizante, en extinción, en el que las estructuras de democracia participativa adquirirían cada vez más peso y las funciones gubernamentales irían pasando a los colectivos laborales e instituciones de la sociedad civil hasta alcanzar el añorado reino de la libertad.

Con el tiempo, y ante la incapacidad para concretar las ventajas económicas de la propiedad estatizada, se apeló a factores ideales inmedibles, tales como: el grado de conciencia, la formación de un hombre nuevo, nivel de maduración del comunismo, etc. Por ese camino los trabajadores nunca encuentran correspondencia entre su estatus legal de co-propietarios de las principales riquezas del país y su nivel de vida, marcado por la carencia permanente de bienes y servicios fundamentales.

El fin del socialismo real en Europa fue el veredicto definitivo de la historia cuando llegó la hora de sopesar en su justa medida el valor de tanta superchería ideológica sobre la superioridad de la propiedad estatal socialista, sin un fundamento real que se expresara en un mayor nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.

El socialismo cubano asumió el modelo estatizado desde sus inicios.

La mayoría de las transformaciones en Cuba han tenido un marcado carácter centralizador. Entre ellas: liquidación casi absoluta de las demás formas de propiedad, creación de grandes industrias dependientes del exterior, formación de inmensas granjas estatales –verdaderos latifundios socialistas−, subordinación de campesinos a los planes estatales, desmonte inmisericorde de grandes extensiones para aplicar la agricultura extensiva, proceso de cooperativización…

En la primera década de la Revolución Cubana hasta se intentó idealistamente la construcción acelerada del socialismo y el comunismo al mismo tiempo. Lo que pocos avizoraron entonces fue que la llegada al comunismo sería para familias escogidas. El poder de utilizar los fondos públicos a conveniencia, dietas especiales, residencias lujosas, vacaciones en el extranjero y hábitos de mando, fueron delineando una nueva oligarquía, burocrática y soberbia, que acaparó la riqueza nacional y los medios de decisión.

Para tratar de perpetuar su hegemonía cultural sobre los demás, la burocracia empoderada minimiza la participación crítica de los trabajadores y tilda de traición cualquier disenso. Al mismo tiempo, abusa de un discurso híper-optimista, con declaraciones ilusorias que suelen ocultar yerros y dificultades con el fin de sostener vivas las expectativas de mejoramiento.

Aún estamos a tiempo de materializar las reformas económicas y políticas al modelo, de modo que permita arribar al país próspero que la mayoría de la población cubana aspira. En los documentos elaborados durante la última década −con amplio consenso popular tras amplio debate− está delineado un modelo mucho más flexible y participativo, que las retrancas burocráticas mantienen atenazado.

En tiempos de la covid-19, las fortalezas y debilidades del modelo saltan a la calle y adquieren visos de lucha por la vida. La aspiración de crear un socialismo a lo cubano se mantendrá viva si es capaz de superar, no solo las imposiciones del bloqueo gringo, sino la continuidad de las trabas y errores en política económica y su conducción por un esotérico grupo de los que saben.

Las ilusiones perdidas respecto al sentido de propiedad socialista no iluminan el camino, son malas consejeras. Para avanzar hay que incrementar la participación popular en la gestión de la producción, la distribución y el consumo, que hoy acapara el Estado. Los gobernantes han de desbrozar nuevos caminos, y asumir riesgos.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] Clifford Geertz: “El Impacto del concepto de cultura en el concepto del Hombre”, 1995, p8. http://www.forum-global.de/soc/bibliot/g/geerhombre.htm Ver de Mario Valdés: El manto del rey. Ediciones Matanzas, 2019.

[2] Hoy se reconocen, además, los de mercado y autogestionario. Ver: Camila Piñeiro: “Visiones sobre el socialismo que guían los cambios actuales en Cuba”, Temas No 70, abril-junio de 2012.

[3] Ver, de Mario Valdés: El manto del rey. Ediciones Matanzas, 2020.

[4] C. Marx: El Capital, Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 1983, t. I, p. 700.