Hablemos de Marx

Foto: Hans Wurst via Pixabay

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Todo parece indicar que el interés sobre la figura de Karl Marx está a la orden del día en la escena intelectual cubana. Lo que es perfectamente comprensible, pues los cubanos estamos en un momento de repensarnos a nosotros mismos,  nuestro orden social, y existe una gran disputa entre corrientes por configurar un determinado sentido común. Una de las cosas que están en cuestión es la pertinencia del marxismo, socialismo y comunismo en nuestra sociedad, y eso lleva directamente a Marx.

Todavía recuerdo como hace dos años se proyectó la película El Joven Marx en el cine 23 y 12. No era una proyección normal de temporada sino que tenía cierto matiz conmemorativo y político. No era casualidad que estuviera presente en primera fila el héroe René González y el cine se llenó. Desde ese día me di cuenta de que la disputa alrededor de la figura de Marx se haría cada vez más importante. El tiempo no ha hecho sino darme la razón.

En el artículo Marx vs Marx, publicado en esta misma página, pueden leerse las opiniones de Carlos Abel Olivera sobre el ilustre pensador alemán. Me interesa responderle, pues sus argumentos me parece que ilustran las críticas que se le hacen a la teoría marxista cuando se quiere sustentar ideas conservadoras. Sobre todo, me resulta muy interesante la tendencia a contraponer un Marx a otro, un aspecto de su obra al resto.

Para discutir los argumentos de Olivera decidí separarlos en tres: separación del Marx teórico del revolucionario, ataque a la teoría del valor-trabajo y cuestionamiento del papel central de la lucha de clases.

Separación del Marx teórico del revolucionario, el viejo y el joven

En su texto, Olivera traza una línea clara que separa al Marx de la genialidad teórica, analista de los modos de producción y el Marx de la plusvalía y la revolución comunista. Esto no es nuevo, durante el siglo XX corrieron ríos de tinta intentando fundamentar esa separación. Se quiso, por ejemplo, establecer una distancia radical entre el Marx de los años de juventud, romántico y revolucionario, y el maduro, frío teórico del modo de producción capitalista (división a la que Althusser incluso llamó corte epistemológico). Esta línea de pensamiento responde, por supuesto, a una pulsión ideológica.t

De lo que se trata es de la vieja cuestión que definiera Rosa Luxemburgo: revolución o reforma. Por supuesto, respecto al capitalismo. Los que no pueden concebir la lucha revolucionaria como vía para superar el capitalismo, no pueden conciliar esa idea con la genialidad manifiesta del autor de El Capital en el resto de su obra. Entonces no les queda más remedio que considerarla un añadido extraño, producido por un romanticismo de juventud, las limitaciones de la época, un error teórico, o por deshonestidad intelectual.

Sin embargo, lo cierto es que la vinculación entre teoría y práctica revolucionaria es algo inherente a la producción teórica de Marx. Sugiero leer las Tesis sobre Feuerbach. Marx fue un crítico de toda la teoría tradicional contemplativa, que pretende establecer una relación inmediata con el objeto. Entonces, cuando se le quiere reducir a ser el autor de una explicación sobre los modos de producción, y se le reprocha la referencia a un deber ser extraño, en realidad se le está intentando leer como un teórico tradicional, algo que expresamente él pretendía no ser.

Este error es común entre los economistas que estudian a Marx, incluso entre los que cultivan la economía política marxista. Lo estudian (y enseñan) como si fuera el fundador de una escuela dentro de la ciencia económica. Pero lo cierto es que la obra de Marx es teoría revolucionaria desde el principio al fin. Esto solo se puede entender cabalmente cuando se tiene una comprensión clara de la Filosofía Clásica Alemana, y del lugar que ocupa Marx con respecto a ella.

No se trata, por supuesto, de que Marx subordine la teoría a las necesidades de una ideología vista como algo externo. Desde el punto de vista marxista, lo importante es superar los peores reflejos ideológicos de la modernidad, que son los inconscientes, los que hacen que los paradigmas epistemológicos pretendidamente objetivos de las ciencias tradicionales sean estructuralmente apologéticos de la sociedad burguesa. Esto se logra de la manera más eficaz siendo intelectualmente orgánicos a una práctica anticapitalista.

¿Se puede decir que el Marx de los años de madurez abandonó estas posiciones? ¿Que retrocedió con respecto a su oncena tesis sobre Feuerbach? Yo creo que no.

Puede conducir al error la evidente inclinación de Marx hacia el estudio de lo existente, más que a pensar los escenarios de la revolución, también el pathos teórico que se respira en sus obras y su acercamiento a Hegel. Sin embargo, esto respondía a las circunstancias que le tocaron vivir, donde todo el estudio del modo de producción capitalista estaba por hacer, así como la crítica de la economía política burguesa. Marx era un hombre que amaba pensar, pero demasiado consciente de lo que lo separaba de Hegel y la teoría tradicional para caer en la exaltación de la contemplación y el teoricismo.

Sí, es cierto que se acercó a Hegel, porque las categorías hegelianas son útiles para captar las relaciones dentro de una totalidad orgánica en un momento dado de su desarrollo. Y cuando se dirige la mirada hacia el pasado y el presente es inevitable que aparezca la tentación de la lechuza hegeliana. Sin embargo, en El Capital la crítica teórica se mantiene inextricablemente unida a la crítica ético-práctica y la referencia a la sociedad comunista como solución a los problemas del modo de producción capitalista. La teoría de la plusvalía solo se puede entender a partir de esta referencia implícita a un futuro donde cada cual reciba lo que le toca. No se trata tampoco de una utopía abstracta, es dialéctica enfocada hacia el futuro, previsión a partir de la contradicción inmanente del sistema.

Decir que Marx fue hegeliano es impreciso. El marxismo es un producto de la disolución del hegelianismo, y como tal se encuentra en una posición polémica permanente con la posición contemplativa del hegelianismo. Es necesario estudiar a Hegel para entenderlo, pero sobre todo es necesario entender lo que lo separa de Hegel.

La teoría del valor-trabajo

No es casual que se ataque con virulencia y tan a menudo a la teoría del valor-trabajo. Con el ascenso de la extrema derecha en los últimos tiempos, han surgido en Latinoamérica y el mundo hasta youtubers que le dedican espacio a refutar la teoría del valor-trabajo. No es nuevo. Desde hace más de 100 años los pensadores orgánicos al capitalismo atacan esa teoría, sobre todo muchos economistas. A su vez, han corrido ríos de tinta explicándola y defendiéndola.

No es casual. Sin duda responde a que la teoría del valor-trabajo es la base de la teoría de la plusvalía, la cual es el más profundo fundamento teórico de la lucha política anticapitalista. Todos los escépticos o enemigos de esa lucha la cuestionarán. En el contexto cubano eso adquiere gran importancia, pues de lo que se trata es de si ahora tiene sentido o no ser comunista y antimperialista.

En el artículo mencionado más arriba, Olivera nos dice que la teoría del valor-trabajo no tiene fundamento racional, que quienes la defienden lo hacen por fe, e incluso nos da un veredicto en materia de teoría económica: el valor es subjetivo. Estos son viejos tópicos de la crítica burguesa. No me es posible exponer aquí en su totalidad la teoría del valor-trabajo. Exposición que un economista podrá hacer mejor que yo. Me limitaré a dar algunos elementos.

La mayoría de las incomprensiones con respecto a esta teoría provienen del desconocimiento de la naturaleza del método dialéctico. Un desconocimiento que desgraciadamente han compartido tanto críticos como defensores. Por ejemplo, se acusa a la teoría del valor-trabajo de un objetivismo vulgar, como si esta postulara que basta con poner un reloj en las fábricas para saber el valor de los productos. Bueno, resulta que en efecto la interpretación más popular de la teoría del valor en los manuales dogmáticos de la Unión Soviética era así: groseramente objetivista. No obstante, eso está muy lejos de ser lo que aparece explicado en el primer capítulo de El Capital.

Primero es necesario entender que en el método dialéctico la exposición que explica un sistema siempre comienza por un momento abstracto, que a su vez expresa un aspecto esencial de ese sistema. Lo que Marx explica en el Capítulo I es una sociedad ideal de puros productores de mercancías. Un mercado ideal. Se trata de algo que nunca ha existido, pero que tampoco es una fantasía. Es una abstracción útil al modo en que lo es la teoría del gas ideal en la física termodinámica. Entonces, se puede decir que Marx solo pudo escribir el Capítulo I luego de un gran trabajo de procesamiento de información empírica: no se trata de un punto de partida sino de un punto de llegada.

Marx llega a establecer la relación entre el valor de una mercancía y el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla a través de un complejo rodeo deductivo. Jamás se le habría ocurrido pensar que el valor se pudiera calcular de manera vulgar midiendo tiempo, porque él sabía que en una sociedad mercantil es solo en el intercambio donde se hace efectivo el carácter social de los trabajos privados como eslabones del trabajo colectivo: un carácter social que implica la igualdad de todos los trabajos y el intercambio de cantidades equivalentes de trabajo.

Porque además, Marx sabía que existen trabajos complejos que aparentemente equivalen a una mayor cantidad de trabajo simple de un trabajador manual. Eso que se le llama valor agregado. Solo que aquí de lo que se trata es de que en el trabajo de un artista, por ejemplo, están concentrados años de estudio, preparación y recepción de experiencia acumulada culturalmente. Hay tiempos que equivalen a más tiempo, algo que puede parecer absurdo a mentes positivistas, pero no a Marx, que se había educado en la escuela de la Filosofía Clásica Alemana. Pero hay una forma de evitar esta apariencia de paradoja: Marx siempre habla indistintamente del tiempo de trabajo socialmente necesario como gasto de fuerza de trabajo humana socialmente necesaria, una expresión que hace más simple entender su punto de vista.

Los productores no tienen que medir ese gasto de fuerza de trabajo humana para intercambiar sus mercancías. Es el mercado el que, cuando se estabiliza, expresa en la relación del valor de cambio de las mercancías una proporción tal que permite a los productores intercambiar cantidades equivalentes de trabajo. De ese modo, el cambio, la distribución y el consumo se pueden manifestar como momentos coherentes con la estructura de la producción. Cada productor recibe una parte del producto global acorde a su parte en el gasto global de fuerza de trabajo de la comunidad, y puede actuar como un eslabón de una totalidad orgánica que se reproduce.

De modo que sí, para Marx existe un fundamento objetivo del valor de cambio en la cantidad de fuerza de trabajo gastada durante la producción. Solo que esa correlación nunca se establece de manera directa, sino a través de la mediación que representa la sociedad mercantil.

A esto hay que añadir que en el Capítulo I se refiere solo a esta sociedad mercantil ideal. Todavía no está hablando de las interferencias que introduce la existencia del resto de las categorías de la economía: las diferentes formas de capital, la plusvalía, la oferta y la demanda. Todas esas categorías establecen más y más mediaciones en la formación del precio, hasta llegar a la sociedad capitalista que vemos. Lo que Marx está diciendo es que todo ese castillo se sustenta sobre la célula básica de la mercancía, y que es en ese gasto de fuerza de trabajo humana donde hay que buscar en última instancia el fundamento del valor. Espero haber aportado algo de luz sobre el tema.

La colaboración o la lucha

En el artículo Marx vs Marx, Olivera nos habla acerca de la colaboración entre los seres humanos, lo cual contrapone a la lucha de clases. Pone como ejemplo de colaboración, entre otras cosas, la construcción de las pirámides y antiguos canales. Realmente, me cuesta pensar que la relación que existía entre el faraón y los trabajadores a pie de obra sea un ejemplo modelo de cooperación.

Este es otro de los viejos tópicos antimarxistas, la minimización de la lucha de clases. El cual lleva de nuevo a la exaltación de la reforma por encima de la revolución. Detengámonos a pensar: ¿Es realmente así?

Desde luego que la historia de la humanidad no es solo la lucha de clases. También es cierto que el Manifiesto Comunista no puede ser tomado como una obra de validez universal: su función era inmediatamente política y divulgativa. Sin embargo, la lucha de clases y la confrontación revolucionaria han tenido un papel insustituible en la historia.

Las estructuras económicas que han conocido las sociedades humanas han sido, hasta hoy, estructuras de dominación. Eso significa que han existido intereses objetivamente contrapuestos, irreconciliables en última instancia dentro de esa estructura económica. La coexistencia pacífica entre las clases, la paz social bajo un sistema político, han puesto en un segundo plano esas contradicciones; las políticas reformistas logran que el pacto social se mueva en un sentido o en otro, dándole un respiro a los explotados y alargando la vida del sistema. Pero llega un momento en que el sistema ha agotado sus capacidades para soslayar las contradicciones.

En esa circunstancia, las clases dominantes se aferran a sus intereses y no hay ningún diálogo o reforma que permita cambiar el status quo. No queda más remedio que una salida revolucionaria, donde se puedan construir nuevas relaciones en contra de la voluntad de los viejos poderes.

Tal vez en los países centrales del capitalismo existe aún hoy espacio para encontrar caminos dentro de la política reformista que pueden mejorar la vida de la gente dentro de los marcos del sistema. En los países periféricos esas posibilidades son muy inferiores. La propia estructura económica global, el intercambio desigual, el carácter retrógrado de las oligarquías, reducen hasta lo ínfimo dichas posibilidades. Es por eso que para los países del Sur el camino que queda muchas veces es el revolucionario, lo cual no necesariamente significa un alzamiento armado.

Frente al círculo vicioso del atraso económico y la falta de soberanía política, se abre para los países subdesarrollados la opción de una revolución socialista de liberación nacional.

Quedaría mucho más que decir al respecto. Sobre todo hablar sobre las complejidades del momento actual que vive el mundo bajo el capitalismo, y el estado de la lucha contra ese sistema. También sobre el lugar que ocupa Cuba en ese contexto. Pero la idea central era hablar de Karl Marx y aspectos de su pensamiento que a menudo son cuestionados, malinterpretados o falsificados. Defender el sentido auténtico de las ideas del Viejo es una tarea impostergable.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net