No se pueden pedir peras al olmo

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Por: Mario Valdés Navia

Por ser historiador no creo que en el devenir de la humanidad las cosas hayan sucedido siempre de la forma que fueron porque respondan a determinadas leyes de la historia. Estas solo actúan como grandes tendencias –en última instancia, dirían Hegel y Marx−. Cuando algunos políticos las usan para hacerse del poder, o refutar a sus contrarios, hacen con ellas lo mismo que otros con la religión, los mitos, las costumbres, o las filosofías: manipularlas fuera de contexto.

Tales reflexiones me asaltan tras leer, con detenimiento y placer, el reciente debate sobre Marx en este blog. La cuestión es que para Marx −como hombre de mediados del siglo XIX, no del XX ni del XXI−, el objetivo de la ciencia era revelar las leyes de la realidad. Los problemas del llamado socialismo del siglo XX no fueron culpa suya.

Como científico del XIX hay poco que objetarle. Estudió su objeto (el modo de producción capitalista) donde más maduro estaba: Inglaterra; partió de la crítica al  pensamiento anterior acumulado en la mejor biblioteca del mundo: la Británica, y despojó su análisis de todo cuanto era intrascendente (carácter de los individuos, oferta y demanda, nivel del salario y las ganancias, exportación de capitales) para llegar a descubrir la ley económica fundamental de aquella sociedad: la de la plusvalía.

Aunque le pese a algunos, nada ni nadie la ha refutado hasta hoy. En este 2020, a más de un siglo y medio de revelada, la humanidad está más dividida que nunca entre una mayoría proletaria y una minoría burguesa que acumula la mayor riqueza explotando al planeta de manera suicida. De ahí que Marx y El Capital sigan siendo estudiados en la mayoría de las universidades del mundo, no solo en economía, sino en muchas carreras de diverso perfil.

De hecho, considerar que el socialismo fracasó como régimen social porque las experiencias históricas del siglo XX que asumieron ese nombre naufragaron, no demuestra el fracaso de Marx como científico. Sobre todo porque hubo muy poco de él en el socialismo estatizado y burocrático que, hasta ahora, ha degenerado siempre hacia un capitalismo de Estado como antesala del retorno al capitalismo.

Elementos como la imposición del Estado sobre los factores de la sociedad civil, el partido único, y la limitación de los derechos democráticos, poco tienen de Marx. Acusarlo de proponer la dictadura del proletariado como tiranía de un grupo de poder burocrático es falso. Para él todos los Estados representaban democracias o dictaduras para los miembros de una clase, según fueran dominantes o dominados en una época determinada.

Su trascendencia actual es como científico social, no como político. Él investigó con las mejores herramientas de su tiempo, las del positivismo científico-naturalista y la dialéctica hegeliana. No existían las teorías del caos, del juego, la complejidad, la bioética, o el holismo ambiental.  Sin embargo, los creadores de todas ellas lo citan entre sus precursores, o coinciden con él en múltiples aspectos.

En lo político fue superado por las circunstancias históricas hace rato, pues su concepción decimonónica de la revolución socialista la concebía como un proceso mundial, que se iniciaría en los países europeos más desarrollados y solo después se trasladaría al resto del mundo. Nada más lejos de lo que ocurrió. Pero ni siquiera fueron Lenin y los bolcheviques los que abandonaron sus ideas sobre la revolución, como nos han hecho creer.

La Revolución de Octubre se hizo coyunturalmente, solo para que sirviera de motor pequeño que echaría a andar la revolución mundial. Los fracasos de las rebeliones comunistas en Alemania y Hungría y el ascenso al poder de la burocracia estalinista en la naciente URSS demostraron que en los asuntos humanos es difícil profetizar. La burocracia soviética y Stalin se encargaron de reinterpretar el pensamiento de Marx, desmocharlo y convertirlo en la petrificada doctrina del marxismo-leninismo.

De hecho, es complicado acercarnos al marxismo legítimo en las condiciones actuales de Cuba. Para un experto en el tema: el problema de en qué consiste el marxismo de Marx resulta sumamente difícil para nosotros en la actualidad. Lo es en sí mismo, al menos por cinco razones: carencia de fuentes directas suficientes, muy escaso manejo de los estudios calificados que se han hecho sobre el tema, gruesa capa acumulada de vulgarizaciones y discursos absurdos que se reclamaron marxistas y se nos impusieron como requisitos ideológicos, exigua participación real del marxismo de Marx en los ámbitos teóricos de nuestras ideas y trabajos científicos, y pérdida reciente de interés en el marxismo.[1]

Extraer a Marx de su contexto decimonónico es una manipulación. Citarlo hoy −o cualquier otro pensador del pasado− para fundamentar posiciones políticas actuales es una muestra de holgazanería de políticos que no quieren –o no son capaces− emplear un discurso propio. La disminución del rol político del proletariado industrial, la crisis ecológica, el fracaso del “socialismo” en Europa del Este y, la postmodernidad, entre otros, son fenómenos que no estaban en el análisis marxista.

No soy de los que creen en el fin de la historia −hasta Fukuyama abandonó esa teoría hace rato−; el futuro de la especie no es posible si se mantiene el nivel de explotación de los recursos humanos y materiales del planeta que ha impuesto el capitalismo globalizado. Buscar nuevas alternativas para la humanidad, y/o los países por separado, son desafíos actuales insoslayables. Habrá que crear nuevas teorías de transformación social y menos quimeras demagógicas. Para eso, habrá que releer una y otra vez a Marx, y a otros de los imprescindibles.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] Fernando Martínez (2012). «Historia y marxismo», en La historia y el oficio de historiador, Edit. Imagen Contemporánea, p.322.