Los ideólogos del poder

Por: Oscar Enrique Mendia Veliz

Sugerencias sobre como emplear tu tiempo de cuarentena son habituales por estos días. Cientos de blogs publicando a la vez “Las 10 mejores series de Netflix”, o “40 películas que tienes que ver”. Así mismo, “tienes” es el verbo que frecuentemente utilizan estos anónimos confeccionadores de listas. La mayoría de las personas, sin ningún tipo de cuestionamiento, acceden al mandato de estos “expertos audiovisuales”. Luego, agenciosos algoritmos se encargan de que no te falten recomendaciones acordes a tu gusto, el cual, quizás ya conocen mejor que tú mismo. De esta forma los usuarios, con la ayuda de las máquinas se van creando cómodos nichos de consumo. Y gastamos nuestras horas en los materiales predigeridos que han de ser consumidos. Para gran parte de los productores de cultura, fieles aliados de la ideología consumista; somos tiempo, números, datos. Entonces tenemos a millones de personas de todo el mundo, aislados en sus casas viendo las mismas películas y series (casi todas de Hollywood). Grandes masas humanas hiperpasivas víctimas de una de las peores facetas de la globalización.

Para nada estoy dirigiendo mis críticas al cine o a las series. Todos vemos películas y el arte cinematográfico se defiende por sí solo. Sobre las series televisivas, hay algunas maravillosas, a la altura del mejor cine. Pretendo hablar sobre la responsabilidad del espectador sobre el contenido que elige consumir; en cualquiera de sus formatos. El motivo más obvio es que estás destinando tu tiempo a estos productos, cada película son dos horas de tu vida y una serie de cinco temporadas representa un compromiso de tiempo considerable. Intento alejarme de un discurso moralista, en realidad, cada cual elige qué hacer con su tiempo. El problema es que muchas veces no estás haciendo exclusivamente lo que crees estar haciendo, y cada humano debería ser consciente de su accionar. Detrás de mucho entretenimiento “inocente” hay una eficiente ingeniería ideológica especializada en la manipulación.

El sociólogo estadounidense Peter Phillips, catedrático de la Universidad de Sonoma, publicó en el 2019 un libro realmente esclarecedor, “Giants: The Global Power Elite”, o en español, «Megacapitalistas: La Élite que domina el dinero y el mundo». La obra del profesor Phillips es un paciente trabajo de investigación que desnuda a las élites del poder global, ese uno por ciento del que tanto se habla. Un intento de “concienciar sobre las redes de poder que condicionan nuestras vidas y nuestra sociedad”. ¡Y lo logra! A medida que avanzan los capítulos, el libro va adquiriendo cada vez más solidez, ofreciendo al lector un océano estadístico minucioso y corroborable. Todas las estadísticas se pueden guglear y proceden de las mismas corporaciones administradas por la clase capitalista transnacional (CTC), concepto utilizado en el libro para referirse a esta élite, a los magnates y CEOs que mueven los hilos del mercado y garantizan el crecimiento continuo del capital global.

Phillips plantea que el principal objetivo de este uno por ciento es promover tendencias de consumo a través del control psicológico de deseos, emociones, creencias y valores. Y de paso, distraernos de los males que afectan al mundo. Esto no es nuevo, solo que aquí aparece respaldado con nombres y cifras. En el capítulo seis “Ideólogos. Medios corporativos y compañías de propaganda y relaciones públicas”, se revela el control que ejerce la élite del poder global sobre medios de comunicación corporativos mundiales. Conglomerados mediáticos (como Comcast Corporation, Time Warner, 21th Century Fox, Disney o CBS) dosifican el conocimiento y prefabrican el entretenimiento, las noticias y opiniones que circulan dentro del sistema comunicacional. Esto es un fenómeno mundial, exacerbado por la globalización y el alto grado de conectividad actual.

Según Phillips, estudios recientes demuestran que las agencias de inteligencia militar han influido en más de mil ochocientas películas y series televisivas desde el 2005. Las producciones bélicas estadounidenses suelen ser megaproyectos, por lo que a menudo, los directores y productores acuden al Departamento de Defensa (DoD) en busca de “asesoría”. Esta es una relación que beneficia a ambas partes. Los productores tienen acceso a material y recursos bélicos de otra forma inaccesibles; como aviones de combate, helicópteros, barcos, bases militares reales, submarinos, e incluso soldados que aparecen como extras. Mientras, el Pentágono ejerce un control considerable sobre los productos cinematográficos, que funcionan como herramientas de reclutamiento y maquillan la imagen del ejército que se le presenta al mundo. Modifican los guiones y muestran casi siempre a jóvenes heroicos que luchan por causas justas como la libertad y la democracia, cuando sabemos que esta visión dista mucho de la realidad.

Según David Robb, un reportero de Variety y The Hollywood Reporter, que ha estudiado esta relación, el Pentágono o la rama militar correspondiente, manda lo que ellos llaman un consejero técnico, que se encarga de velar por los intereses del ejército durante la producción. Pero el control va más allá, una vez finalizado el rodaje, el producto final es proyectado ante la plana mayor del Pentágono antes de su estreno. Esto es una práctica clara de censura, sin embargo, las autoridades no se pronuncian al respecto.

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Alegoría de la cueva de Platón recreada en Hollywood. Foto: Derek Swansonn / Global Research

Este romance tiene casi un siglo de existencia, desde que Wings, un drama bélico ambientado en la primera guerra mundial, y primera película ganadora de un Oscar, fuera producida con asistencia del Pentágono. Otro ejemplo incuestionable de este fenómeno es The Green Berets, protagonizada por John Wayne y estrenada en el punto álgido de la guerra de Vietnam. En este caso, el ejercicio de propaganda era tan evidente que el DoD solicitó a los productores que eliminaran de los créditos los agradecimientos al ejército y su departamento. Ejemplos más recientes son Argo, tan galardonada como criticada por su falta de veracidad, o Black Hawk Down, película en la que lograron convertir una operación militar desastrosa en un referente del cine bélico. También resalta Pearl Harbor, que incluso fue filmada en la base real, donde manipularon uno de los sucesos más lamentables de la historia de la humanidad, valiéndose de un triángulo amoroso azucarado y un argumento predecible.

La lista es larga, y va más allá de la historia para adentrarse en el terreno de la ficción, películas como Transformers o Tomorrow Never Dies (007) también han contado con la asistencia de las agencias de inteligencia estadounidense. Incluso burdas adaptaciones de novelas como 1984, donde la CIA, al adquirir los derechos del filme, tergiversa la trama de la famosa distopía y le otorga un carácter explícitamente anticomunista. Además de modificar el final, al mostrar a un Winston inquebrantable, no al Winston derrotado que pretendió mostrar Orwell (disculpen el spoiler). The Quiet American de Graham Greene, es otro caso de literatura pobremente llevada al cine, el mismo Greene, insultado con la adaptación de su novela, la llamó un “filme de propaganda para América”.  Espero que con estos ejemplos haya quedado claro el rol que juega Hollywood como aparato de propaganda al servicio de la seguridad nacional estadounidense. No solo te dicen qué guerras apoyar, o por cuál partido político votar, también te indican las cosas que necesitas comprar para ser “feliz”.

Probablemente, los primeros pasos en esta dirección los tomó Edward Bernays, sobrino del famoso psicólogo Sigmund Freud. Conocido por ser uno de los pioneros de las relaciones públicas en los Estados Unidos, Bernays fue una de las mentes que más influyó en las formas actuales de control mediático. Sus estrategias no iban dirigidas a lo racional de los individuos, sino al subconsciente colectivo, y tomando prestadas técnicas de la sociología y la psicología, especialmente las teorías del psicoanálisis desarrolladas por su tío, fue capaz de modificar la actitud y las acciones de las masas. En su obra de 1952, “Public Relations”, Bernays afirmaba que las relaciones públicas pretenden crear opiniones favorables sobre ideas, productos y personas. Así mismo, la propaganda se define como “la divulgación de información, ideas u opiniones con el fin de inducir o intensificar actitudes y acciones concretas”. ¿Notan la similitud entre ambos planteamientos? Esto no es teoría del complot, esto se aplica constantemente desde aquel entonces tanto en los medios tradicionales, como en el cine y la televisión, y existe abundante literatura sobre el tema.

Hablando de buena televisión, hay un excelente documental británico del 2002, “El siglo del individualismo”, que se centra en el trabajo de este señor Bernays, sin duda uno de los personajes más influyentes del siglo XX, sin embargo, prácticamente desconocido. Operaba tras bambalinas, pero pocos teóricos han podido observar la aplicación de su obra con tanto éxito e inmediatez. Sus ideas constituyen los pilares de la sociedad de consumo y han afectado la vida cotidiana de cientos de millones de personas.

Internet, las redes sociales, las plataformas de streaming, etc, constituyen la maquinaria perfecta de control para las élites del poder que condicionan las vidas de la gran mayoría. Estos son problemas que conciernen a todo el mundo, pero la sociedad cubana aún es novata en todo esto del Internet. Por lo que tenemos que parar un momento y concientizar sobre nuestras responsabilidades como usuarios de la gran red global. Cada like importa, cada acción que realizamos en conexión va a parar a almacenes gigantes de datos, la famosa Big Data, toda esta información es procesada por algoritmos y posteriormente utilizada para fines políticos y mercantiles. Mucho de lo que vemos y leemos responde a los intereses de estos ideólogos del poder, por lo que resulta apremiante elegir con sensatez el contenido que consumimos, nosotros y nuestros hijos.

Tenemos un sistema de medios de comunicación que intenta controlar nuestro pensamiento y nos empuja hacia un consumismo insostenible. Debemos comprender mejor la estructura del poder global, así como entender el funcionamiento de la propaganda y su capacidad para moldear nuestras mentes a su antojo. Solo así, seremos más libres y nos acercaremos a los cambios sistémicos necesarios para un verdadero desarrollo. Justo, moderno y democrático.