Isla en Seis

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Por: Lixandra Díaz Portuondo

Cuando llegó el virus a Cuba, mi abuela quiso adoptar la costumbre de levantarse con la madrugada. Lo hizo una vez, a las cinco de la mañana, y se fue a comprar pan a la Zona 6. Hay que guardar por si la cosa se pone mala, decía. Otro día lo volvió a hacer. Quiso volver a hacerlo una vez más, pero ya para entonces las cifras de personas infectadas en Cuba habían aumentado. Mami y yo la convencimos, con mucha cautela -mi abuela tiene exabruptos de capitana- de no salir más a la calle. Eso fue hace tres semanas.

Aquí está, sin tocar la acera, al borde de una apoplejía o de mandarnos al carajo. Anda protestona, con miedo. Ve todas las noticias, y nos pregunta si no entiende. A veces llora. A veces, después de ver la Mesa Redonda o el Noticiero, nos dice que esta Revolución es muy grande. Mi abuela tiene 70 años y la Revolución le cambió la vida. Por eso ahora, aunque esté en desacuerdo con algunas cosas, se conforma.

Al ser humano le aterra no tener el control. A mi abuela le pasa así. No poder salir, y que entre mami y yo hagamos las labores de la casa la pone irritable. Bela- así le digo- está acostumbrada a llevar los pantalones, ordenar, que le cumplamos y le rindamos cuentas. Pero ahora es al revés.

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Bela vio la Conferencia que, en voz del director nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, doctor Francisco Durán, se ofrece cada día para actualizar la población sobre la expansión de la epidemia en Cuba, y anotó los datos en un papel a rayas. A la cifra total le restó los fallecidos, los evacuados, y las altas. La consuela ver una cifra de infectados activos menor. Se quedó unos minutos meciéndose, mirando el techo y dejando que el ventilador la refrescara.

Ahora prepara el almuerzo. Hace arroz amarillo con el último pollo de la casa. Revisa el refrigerador. Hay picadillo, jamonada, y pescado como para una semana, pero hay que buscar algo fuerte. Se detiene el sonido del ventilador. El backup de la computadora comienza a pitar. Bela lo apaga. Se fue la luz.

Bela saca el pollo de la olla eléctrica y prepara la cazuela con mucha calma. Ya está sudando. La cocina es muy estrecha y, aunque da al patio, el vapor se concentra. Enciende el fogón y coloca sutilmente la cazuela grisácea con el arroz, el pollo en trocitos, ajo, puré de tomate y aceite, cubiertos de agua en la hornilla pequeña. Remueve todo el contenido con una espumadera y luego lo tapa para que se cocine a fuego lento.

El vapor le empaña los espejuelos. Mi abuela es una señora de rasgos finos y con cara de pesar por los golpes de la vida. Poco amor.

Aprendió el arte de hacer magia en la cocina con sal, aceite y amor a los 7 años. Incluso si este arroz amarillo solo tuviese esos ingredientes, todas en casa mataríamos por quedarnos la cazuela. El pollo estaría de más. En realidad, a Bela y a mi no nos gusta mucho, pero es lo más asequible y, ¡hay que alimentarse!

En casa nos salvamos a veces porque mi mamá consigue carne de segunda mano. Cuesta más barata. Estamos esperando que el muchacho diga si hay. La trae a la casa.

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Padecer asma me da miedo, pero a veces prefiero no pensarlo. “Los datos que manejan los especialistas sanitarios que han atendido a los infectados, tanto en China como en Italia, coinciden en que el 20 por ciento de las personas que han contraído la infección tienen alteraciones pulmonares relevantes que requieren de ingreso hospitalario. De ellos, se calcula que la mitad tendrán una evolución grave o muy grave y necesitarán de apoyo ventilatorio suplementario”, leí en un artículo- Covid-19 y asma, mala combinación, por Mónica M. Bernardo- publicado en el sitio El Médico Interactivo.

Owen Tsang Tak-Yin, director médico del Centro de Enfermedades Infecciosas de la Autoridad en el Hospital Princess Margaret, explica que después de chequear a una docena de pacientes recuperados de la Covid-19, comprobó que a dos o tres de ellos les resultaba muy difícil realizar sus labores diarias sin agitarse.

«Jadean si aceleran el paso», explicó Tsang y agregó que después de la recuperación, «algunos pacientes pueden tener una reducción de su capacidad pulmonar de entre el 20% y 30%». Los efectos a largo plazo aún se analizan. Es mejor no pensar, no leer, no curiosear a veces.

El 16 de marzo fui al policlínico para darme un aerosol, a las 2:00 pm, luego a las 6:30pm y por último, cuando faltaban pocos minutos para las 12:00 am. La tercera vez ya tenía una crisis de asma muy fuerte y el médico de guardia decidió ponerme un tratamiento diferente: hidrocortisona endovenosa y otro aerosol, para ver como evolucionaba.

-Déjame ver si allá atrás queda alguna jeringuilla. Aquí se acabaron, dijo la enfermera y se dirigió al salón de vigilancia de los pacientes con complicaciones. Mientras esperaba, recordé entonces la conversación por Wattsapp que tuve con un amigo, Leonardo Fernández Otaño. Está en España con motivo de su investigación doctoral en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina y el Caribe, de la Facultad de Historia y Filosofía de la Universidad de La Habana. Allá lo atrapó la pandemia del coronavirus así que, preocupados por la situación de cada uno, mantenemos contacto casi a diario.

“Es una experiencia desoladora percibir la proximidad de la muerte, el sufrimiento humano, la fragilidad que te atrapa cuando sabes que, en manos de un sistema de salud de calidad como el español, mueren casi 10 mil personas. El sistema colapsó”, dijo Leo.

– Mira, te salvaste. La última endovenosa en todo el policlínico. Si no, hay que cambiarte el tratamiento – interrumpe la enfermera. Me senté y me puse los audífonos antes de inyectarme. Lo hago para evadir el miedo. Siempre le he temido a las agujas.

-Solo te pido que me busques bien la vena. Las mías son saltarinas y siempre me pinchan varias veces. La enfermera me mira con cara de “eres un poco atrevida”.

-No te preocupes. Solo mantente tranquila y abre y cierra la mano– dice y aprieta mi brazo con una liga. Aquella liga amarillenta es molesta, pero logra que, poco a poco, mis venas afloren. La luz insoportable se me cuela en los ojos hinchados por no dormir -eran ya la 1 de la madrugada-, el silbido inquisidor, sus dedos primero palpando dónde operar, luego deslizando el algodón con alcohol que anuncia la irrupción de un cuerpo extraño. Me siento mal. Casi no respiro, pero es asma. Es asma y no Covid.

Finalmente el tubillo metálico entra lento, estable. Es fresco, pero arde. Mi brazo tiembla. Ella me mira. No puedo temblar. Puse play a la música con la mano que estaba libre. Sonó bajito: “Puede que las redes traigan cuellos rotos, negras plumas de cormorán, que tiemblen los semáforos, las radios callen y se derrumbe la ciudad”. Principio de Incertidumbre, Ismael Serrano. La enfermera, atenta, me pide que me cuide. Yo veo sus manos finas, bien pintadas, suaves. Sí que encontró la vena a la primera.

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El WhatsApp es por estos días mi ventana de escape, aunque tomar aire allí es un poco costoso. Por esa vía me preocupo, me desahogo, medito con los amigos que no puedo ver.

– Es cierto que tenemos buenos médicos, pero en cuanto a tecnología, locales, hospitales con la adecuada infraestructura, no estamos preparados lo suficiente- me dijo Julio.

Julio Rigal es el director de Equilibrium, una banda de ElectroJazz. Vive en Centro Habana. Por allá hay más de 65 infectados.

-Llegué a pensar que tenían un as bajo la manga, pero no. El Interferon te ayuda, pero no te cura. O sea, si estás con las defensas bajas y dos o tres patologías: con o sin Interferon…

El Interferón Alfa 2B Recombinante (IFNrec), comercializado como Heberon Alfa R, es un medicamento que se produce en Cuba desde 1981 por el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB). El VIH-Sida y la Hepatitis B y C figuran entre las enfermedades que combate.

Santiago Dueñas Carrera, Vicegerente General de Chang Heber, empresa mixta entre Cuba y China que produce el medicamento, explicó que el Interferón Alfa 2B Recombinante es empleado en el país asiático mayormente en formato aerosol, y se aplica también al personal de salud que interactúa con los pacientes afectados por el SARS-CoV-2 para fortalecer su sistema inmune.

En repetidas ocasiones, el Doctor Durán ha explicado a la población en las conferencias de las 11 am que el Interferon no cura el virus, pero países como China, Venezuela e Italia lo reportan como eficiente en el tratamiento de la Covid-19.

– El ambiente está bastante raro. Hay quien anda buscando comida para confinarse en casa cuando pongan la cuarentena nacional. Esa que no acaban de declarar, – dijo Julito.

En Cuba la cuarentena se decreta según se confirmen casos de transmisión local. El primer Consejo Popular en acatarla fue El Carmelo, del municipio Plaza de la Revolución.

– La debieron decretar hace rato. Hubo una etapa en la que pudimos salvarnos, pero no sé en qué estaban pensando cuando tomaron la serie de determinaciones que al final nos conducen al hoyo, al hueco.

-Esto va para largo – le dije.

Cuando tuvimos esta conversación era 1 de abril y no se sabían las actuales predicciones matemáticas sobre el pico. Yo sigo sin ver el límite porque la efectividad de las previsiones depende de la actitud de  personas que, a decir verdad, disciplinadas no son.

-El ambiente está raro -insistía Julio-. Hay un montón de gente en la calle, sin percatarse de la magnitud del problema. Menos mal que con los mensajes de las redes sociales y los medios de comunicación ha disminuido el flujo de personas.

– Así mismo.

-Pero sigo diciendo que simplemente decidieron ir como el salmón, contra la corriente. En mi opinión, uno siempre trata de ser humano pero… no entiendo- me dijo Julito.

Amigos, amigas. Marissa vive en Prato, Italia. Es licenciada en Ciencias de la Información y bibliotecaria del Instituto Lazzerini. Está confinada hace más de dos meses. Me contó que allá, al principio, pasaron buen trabajo para conseguir las mascarillas. Pero ya un grupo de voluntarios llega hasta el vecindario para repartirlas entre las familias.

“Estoy muy agradecida de que Cuba sea uno de los primeros en ayudarnos. Las medidas que ustedes han adoptado son muy válidas porque su sistema de salud está entre los mejores del mundo, con médicos de mucha profesionalidad”.

Quienes están de misión libran una fuerte batalla. Un trabajo arduo. Y no lo digo por replicar comentarios, sino porque vi fotos de un hospital de campaña montado por un grupo de médicos cubanos en un fin de semana.

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92 camas en medio de un centro cultural de Torino que donó su espacio para estos menesteres. 56 de cuidados intermedios y 36 de cuidados intensivos.

Mi mamá es maestra de profesión. Muchos de sus alumnos en el Pre-universitario ahora la sorprenden con la noticia de que están en la zona roja. Por eso recibo las fotos en directo. Raúl González es uno de ellos. Mandó fotos de sus manos rojizas, despellejadas por los guantes apretados que mantiene de 11 de la noche a 4 de la mañana, cuando está en la zona de peligro. Por demás, dice que sobre esos guantes lleva otros que cambia por cada paciente. Los médicos de aquí y los que se marchan se la están jugando.

-Lo peor es que no se sabe cuando terminará.

Según los reportes por países, los casos confirmados con la Covid-19 aumentan. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, dijo en una conferencia de prensa el 27 de abril: «La pandemia está lejos de terminar».

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Mami cuenta que el panorama está lleno de colas, gente irresponsable, otras preocupadas. Y de tantos nasobucos en las tendederas.

-Ya la gente se hace un nasobuco de cualquier cosa- me dice-.

Lava el suyo y lo deja reposar con cloro. Yo me aparto. Y es que en mi casa solo ella lo utiliza. A la mayoría de los asmáticos el cloro nos hace daño. El olor es insoportable. Se me cuela de la nariz hasta la garganta. Carraspeo. El olor se esparce por toda la casa. Mi abuela carraspea también.

-Ay, Lisi. Imagínate. Tengo que quitarme todo esto. Tómate la Loratadina, anda.

-Ya me la tomé, ma. Ahorita se me pasa.

Lo que más envidio de las salidas de mamá es la posibilidad de mirar a las personas solamente a los ojos. Si la voz se empaña por el atuendo y solo quedan los ojos sin barreras, puede que sea muy difícil mentir.

-La gente va por la calle como autómata. Caminan rápido. Llenan las jabas según vencen la colas. Miran al suelo midiendo el metro de distancia. Entran a las tiendas. Ojean los mostradores. Apurados. También por el sol.

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El 17 de marzo, en una de esas conversaciones con Leo por Wattsapp, me actualizó de las cifras en España. 150 muertos y mil contagiados en un día. Luego me contó que estaba bien, cuídándose. Sin salir del Convento Jesuíta donde previó quedarse el tiempo de la investigación.

– Ya me tildaron de falta de valores en las redes por decir que los distintos sectores sociales han hecho reflexionar al gobierno cubano sobre la necesidad de cerrar las fronteras, pero no me van a coaccionar. Me hace falta libertad. Creo que esta cuarentena me ha hecho recalcular la importancia de mi libertad personal.

-Bendito tú que puedes reparar en ella. Pero, Leo, tus comentarios siempre son de miedo así que no deberías impresionarte.

-¿Acaso tú no sabes que estoy acostumbrado a que me señalen como lo incorrecto?

Bien que lo sé. Desde que lo conozco es “lo diferente”. Tanto así que fue el único profesor del Pre-universitario que me enseñó la Historia donde ni el malo es tan malo ni el bueno tan bueno, Cultura, Política y humanidad. A él los planes de clases estáticos no le hacían gracia.

– Las imprudencias son mundiales, mi niña – así me dice-. En España, por ejemplo, se realizó la huelga del 8 de marzo. Yo concuerdo con los postulados del feminismo, pero fue imprudente realizarla. En cuanto a Cuba, creo que se tardaron mucho en cerrar los colegios y las fronteras, pero bueno, las medidas que se han tomado después han sido fuertes, necesarias, y se va caminando, ¿no?.

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En las últimas semanas se han sumado a la cuarentena territorios como Nueva Gerona (Isla de la Juventud), la zona La Ceiba en Guane (Pinar del Río), el Consejo Popular Buenos Aires-Bellavista (Camagüey), Marimón y Cuabitas en la ciudad de Santiago de Cuba, cuatro áreas del municipio de Cabaiguán en Sancti Spíritus y Gibara (Holguín). En tanto, estudiantes de Medicina visitan las casas para identificar algún sospechoso y prestar atención médica con urgencia.

– Desde que llegué a Cuba no he salido de mi casa para nada. El 25 ó 26 de marzo vino el médico de la familia. Me preguntó por mi estado de salud, incluso se llevó mi número de teléfono. También vinieron los muchachos haciendo la pesquisa como dos veces. Les informé que me sentía bien y no tenía ningún síntoma- dice Belkys Rodríguez.

Belkys Rodríguez, vecina mía, llegó el 22 de marzo de Estados Unidos. Fue por una temporada para ver a su hijo. Pensaba regresar el 21 de abril, pero ante esta situación decidió volver cuanto antes.

Cuando arribó al país, las autoridades la chequearon para descartar una síntomatología respiratoria. Luego, pudo regresar a casa con la indicación de cumplir una estricta cuarentena por 14 días y avisar en caso de presentar síntoma de alerta.

-Yo estaba en Tampa. En lo que llegué y comenzaron a aparecer casos, solo pasaron 10 días. Nos apuramos por el temor de no poder entrar al país. De allá, bueno… decirte que mandaban a algunas personas para las casas. La seguridad estaba en las tiendas, nos ponían desinfectante en las manos. Había control sobre algunos productos, pero en general estaba bastante tranquilo porque los casos eran pocos.

Madelyn Plascencia vive en Brooklyn, Nueva York: epicentro de la pandemia en Estados Unidos y visita Cuba con frecuencia para participar en en MarHabana. Por Wattsapp me contó que allá es opcional llevar mascarilla, o cualquier otra protección. Los negocios están cerrados, salvo la farmacia, el supermercado y las bodegas. En los pisos hay cruces marcadas cada 1.83 metros para que las personas mantengan la distancia y se regula la cantidad de personas dentro de los establecimientos, dice.

– La situación es bien atemorizante porque uno no sabe quien puede tenerlo. Por ejemplo, hace unos días hablé con una amiga que debía salir a comprar víveres y me dijo: “Yo quiero ir, pero tengo miedo”. Imagina el nivel de temor.

A Madelyn no le queda más que cuidarse. Es su país de residencia. Pero por suerte a Belkys le dio tiempo a anclar el barco de este lado. El 7 de abril, fue al consultorio médico a preguntar por el test.

-El médico me dijo que no se me hacía el test rápido porque en el transcurso de los 14 días de cuarentena no  había presentado ningún síntoma. Que estoy de alta.

-¿Y no te hacen más exámenes?

– El test es para quienes tienen síntomas. No obstante, el médico me indicó un examen de sangre del que espero los resultados pronto. De todas formas estaré al menos 14 días más sin salir.

Mientras cumplía la cuarentena la vi pocas veces. En una ocasión, me saludó entre los balaustres de su ventana. Tenía puesto un nasobuco negro aunque estaba sola en su casa. Otras veces la veía porque los vecinos le traían suministros, aunque su hijo mayor también traía por las tardes cualquier cosa que ella pidiera.

Trajeron las papas al mercado y Omar, otro vecino, se las compró. Con un nasobuco puesto le puso la jaba con las papas frente a la puerta, tocó el timbre y se alejó unos metros. Luego Belkys abrió, también con un nasobuco, tomó la jaba pesada y la entró. Las gracias desde lejos.

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Mami ya termina con este ritual depurador al que se ha resignado. Ha limpiado los zapatos y se ha lavado las manos y la cara meticulosamente. La Ministra de Comercio Interior, Betsy Díaz Velázquez, informó que en los mercados se darán módulos de aseo. Poco segura de cuándo será – y preocupada por encontrarnos más alimentos, medicamentos y productos de aseo por si el confinamiento se aplica con mayores restricciones-, mami regresará mañana a la batalla.

No es la única. La preocupación en Cuba, al parecer, es si darán abasto los recursos de primera necesidad. Su escasez en este momento es una suerte de amenaza. El agua caliente está lista y mami se dirige al baño, pero antes me cuenta:

-Tuve que ir a la zona 6 -muy cerca de donde mi abuela compró el pan-. Es el único cajero de todo Alamar que funciona.

Es de imaginar la semejante cola en el exclusivo cajero de metal – ese en el que sobrevive el virus alrededor de 12 días- por el que pasarán miles de personas a por sus ahorros o su salario. Hay un pomo de agua con cloro, con más cloro que agua –me explica- que no todos emplean.

No lo dice, pero tuvo miedo.

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Leo ya perdió la cuenta de los muertos en España. Es el segundo país más afectado por la Covid-19 con 232.138 infectados y 23. 822 muertes hasta el 28 de abril. Cifras que asustan.

Fue él quien me envió la promoción del “Servicio de Línea. Ayuda Psicológica” que brinda el Centro Loyola de Centro Habana para aminorar las consecuencias del aislamiento social. Este Centro pertenece a la Compañía de Jesús de la Iglesia de Reina. A raíz de la Covid y aprovechando la red de psicólogos de su equipo, abrieron líneas telefónicas para dar apoyo, puesto que “esta situación puede provocar ansiedad, depresión, angustia”.

Es un servicio gratuito que funciona desde el 6 de abril de 9 a 11 am y de 4 a 6 pm.

“Loyola te escucha y acompaña”, dice la promo en letras rojas, seguida por fotos de varias personas con las manos en los oídos indicando su disposición a escucharte, a escucharnos. Leo se mantiene al tanto de cuanto pasa aquí. Debe volver pronto. Nada ni nadie lo asegura, pero prefiere poner su fe en que algo bueno sucederá. Mientras, tira el ancla hacia acá, hasta esta isla desnuda.

¿Ya les había dicho que fue él quien me enseñó amar Cuba?

-“Cuba tiene muchos rostros y es plural. Animo a los cubanos de todas las tendencias y proyecciones políticas, culturales, religiosas,… en fin, a todos, a hacer lo mejor por nuestro país. Es el momento de la solidaridad y la reconciliación. Hay que volverse Isla”.