La cola de mi barrio

Foto: La Demajagua

Por: Giordan Rodríguez Milanés

“¿Tienes la cámara con carga?”, me pregunta El Viejo. “Si saco la cámara aquí les estoy dando el pretexto perfecto para que me la decomisen. Y la cámara es un regalo de mi mujer por mi cumpleaños que no vale la pena exponer por algo harto conocido”. “Pero mira eso, compay, la cola comienza en el kiosco, a más de 200 metros, y llega hasta la otra esquina”. “Papi, ¿Y tú no crees que hasta El Presidente no está consciente de la incapacidad del Ministerio de Comercio Interior para organizar la distribución de las mercancías de primera necesidad?”

Cinco minutos antes llegaba a la finca de un amigo al que ayudo a cambio de alimentos. Cinco agentes de la PNR y un militar con boina negra, rodean a uno de mis vecinos que discute con ellos. Mi vecino es de esos hombres que “no comen miedo”. Fue chofer de caravana en Angola, estuvo en el Sur, vino condecorado  e imposibilitado de desprenderse del alcohol. Intervengo y lo convenzo de que entre para su desvencijada casa, que es lo que le exigen los policías. Pero ya el mal, al parecer, está hecho, y un rato después llega el carro patrullero a llevárselo.

Me asomo al balcón. Contesto un mensaje en el teléfono. El guardia de la boina negra me mira. Yo lo miro. Y como no nos conocemos ni nos caemos bien, no nos saludamos. Unos minutos después se presenta frente a mi casa acompañado por un oficial de la PNR: “Haz el favor, baja”, me tutea  el de la PNR. Voy al cuarto a ponerme una camiseta  y escucho que le dice al Viejo: “Dile que traiga el teléfono”. Bajo pero no abandono mi escalera.  Legalmente, estoy aun dentro de mi casa.

Enséñame las fotos dentro de tu teléfono”, me dice el de azul.

“Mire, le puedo enseñar las fotos de mi teléfono, no tengo nada que ocultar, pero usted no tiene derecho a hurgar en mi información privada sin la orden de un instructor o un fiscal. Yo estudié derecho”.

Tú podrás ser abogado, fiscal o lo que seas, pero yo soy tu jefe de sector, y nos vamos a seguir viendo”.

El de la boina negra, detrás del nasobuco, me mira como quien está listo, inclusive deseoso, de que me ponga violento. Cuando uno practica un deporte de combate desde la adolescencia, sabe cuando el otro está ansioso porque uno rompa la postura defensiva, cree que  eso es lo que necesita para mostrar sus dotes.

“Le repito que usted no tiene derecho a solicitarme el teléfono”. Se hace silencio por un instante. Visualizo mi futuro inmediato. La discusión. Mi detención. El posterior registro en mi casa al no poder cortarme el dedo para que decodifique el teléfono con mis huellas dactilares. Pienso: “¿Tengo papeles de la cámara? Sí, los de la aduana. ¿Y de la bicicleta? También, la factura de la compra. ¿Y del aire acondicionado y el Televisor? También, las cartas de Aerovaradero…” Entonces recuerdo las palabras de un amigo abogado y militante del PCC: “Giordan, ándate al hilo estos días, mi socio,  en este país donde comienza la política se jode el derecho”. Imagino a Isarel Rojas, el hermano de la Buena Fé, sintiendo vergüenza ajena ante la noticia de que me han guardado por negarme a que me revisen el teléfono. Y ante mi pasa la imagen de otro hermano, el Doctor en Ciencias Jurídicas René Fidel Gonzalez, allá en su Santiago, escribiendo un artículo con mi caso para algún sitio de izquierda.

Si de verdad quieren ser ejemplarizantes, al registro traerán a alguno de los Si-Periodistas de la provincia a los que vivo criticando en mi muro de Facebook. Seguro al camarógrafo de Golfovisión le asignarán la cobertura, me mirará apenado, pues con todos he colaborado cordialmente cuando hemos coincidido en actividades culturales.

Mi tío en la Habana, jubilado del MININT que se jugara la vida en medio mundo como radista de la inteligencia,  verá el reporte en el NTV y se preguntará con amargura cómo hemos llegado al punto de condenar en los medios a ciudadanos que ni siquiera han sido instruidos judicialmente. Y presentarlos como criminales ante la opinión pública sin haberles probado su causa en debido proceso, más o menos como hizo la prensa amarilla de Miami con los Cinco Héroes. Capaces que quieran decomisar la latop que me regalaron para cuando mi hija entre a la universidad. O algunos instrumentos de medición que El Viejo tiene en su tallercito desde hace más de 50 años.

¿Y todo por un par de fotos?

¿Un par de fotos de una cola resultante de la combinación entre el bloqueo y la mala administración? ¿Una cola donde se supone que los agentes de la PNR estén en función de que la gente guarde un metro de distancia entre cada uno y no preocupados por si tiro fotos o no? ¿Una cola donde lo mismo ancianos, jóvenes y madres trabajadoras están ahora mismo tirados sobre las aceras, casi uno encima del otro, esperando desde las cinco de la mañana que traigan el aceite? Sí, el mismo aceite que pudieron vender en cualquier TRD del centro de la ciudad, pero que llevan a mi barrio para decir que están cumpliendo con la indicación de acercar los productos a las personas, como si el molote y el riesgo de propagación no fuera el mismo aquí que en el paseo manzanillero?

Entonces paso mi dedo por la pantalla del teléfono y le enseño las fotos. El de la boina negra, ante la decepción, va a preguntar algo sobre mi objetivo pero el jefe de sector recibe una llamada telefónica. La contesta. Me mira. Lo miro, y como no nos conocemos da la espalda y se va, y el de la boina negra junto con él.

En la noche algunos vecinos y yo nos sentamos en un contén a intercambiar acerca de los sucesos del día. Me entero de la estudiante de medicina a la que obligaron a borrar imágenes de su teléfono. Del vendedor de filetes de pescado que pasó en bicicleta, pregonando sin nasobuco, “y lo fueron a detener y se dio a la fuga loma abajo, y el carrito de la patrulla con pirulo y todo le cayó detrás, y lo capturó, y luego lo trajeron para que la gente de la cola viera que lo habían cogido”. Alguien nos llama la atención porque estamos violando el aislamiento social. Miro el frente de mi casa donde desde esta madrugada la gente se arremolinaba en espera de que vendieran dos pomos de aceite, y pienso: “Total, si el virus hoy estuvo aquí”. En eso dan las 9 PM y comenzamos a aplaudir.