La imposibilidad de abolir el trabajo asalariado hoy

Por: Mario Valdés Navia

(Respuesta al artículo: Marx y la abolición del trabajo asalariado)

La lectura del artículo “Marx y la abolición del trabajo asalariado”, de Fernando Hugo Azcurra, me satisfizo por su defensa de los postulados marxistas más auténticos. Pero, si bien es cierto que Marx jamás pensó la distribución socialista en forma de salario pues el principio “De cada cual según su capacidad. A cada cual según su trabajo” lo concibió para economías naturales, en bonos de trabajo, retomar la consigna de abolir el trabajo asalariado en los actuales programas de transformación revolucionaria de la sociedad capitalista no me parece históricamente viable.

La cuestión no está en que la esclavitud asalariada haya dejado de existir y superarla no sea ya un imperativo de los que soñamos con una sociedad sin explotados ni explotadores. Al contrario, en las sociedades de vocación socialista pueden y deben irse aplicando experimentalmente mecanismos de distribución complementaria más allá del salario. Pero abolirlo solo puede constituir un ideal lejano de futuro, porque hacerlo sin un sucesor que cumpla mejor las tareas de estimulación al trabajo es una experiencia que ha costado muy caro donde quiera que se haya impuesto. La cura ha sido peor que la enfermedad.

Donde primero se trató de pasar a una distribución directa de lo producido fue en la Rusia soviética durante la Guerra Civil (1918-1920), aunque no por preceptos ideológicos, sino por la cruda realidad del comunismo de guerra y la hiperinflación existente. Mas, desde la aplicación de la NEP y luego la economía planificada del modelo estalinista (1921-1991) el salario se revalorizó y se mantuvo como forma principal de estimulación.

Fue en la China maoísta de El Gran Salto Adelante (1958-1961) donde se cuestionó el lugar de la producción asalariada en el socialismo y se privilegió la creación de comunas campesinas para la producción directa, tanto de bienes agrícolas como de acero. Los resultados de aquel macabro intento de aceleración del proceso histórico fueron una terrible hambruna que segó millones de vidas y la recesión económica.

Años después, el voluntarismo politiquero de Mao y sus seguidores provocó la Revolución Cultural China (1966-1976) donde se cuestionó demagógicamente el empleo de las relaciones monetario-mercantiles (RMM) en el socialismo, como parte de sus ataques al llamado sector derechista de la dirección y a los cambios en la URSS de la era Jrushchov. Mas, fue en su versión extrema: la Kampuchea Democrática (1975-1979) de los Khmers Rojos, donde el intento de ruralizar el país sobre la base de la implantación violenta de una economía natural e igualitaria, sin RMM, llegó a provocar la muerte de la cuarta parte de la población.

En Cuba, tras la implantación del socialismo (1960-1963), la forma capitalista tradicional de distribución del nuevo valor creado (renta, ganancia, salario) desapareció como tal. En aquellas condiciones de laboratorio social y plaza sitiada, se inició un experimento social donde se abandonaron las lógicas del mercado en pos de la centralización del nuevo valor creado en manos del Gobierno Revolucionario con el fin de satisfacer las necesidades de la defensa, dar solución a los graves problemas sociales (pobreza extrema, insalubridad, analfabetismo…) y lograr la nivelación de las grandes diferencias sociales en un país que contaba con una de las economías más productivas de la región.

En política económica esto se expresó en el abandono de los dos sistemas iniciales de gestión (Cálculo Económico y Financiamiento Presupuestario) y la implantación del Sistema de Registro Económico (1965-1971) donde prevalecía el igualitarismo en la distribución y el consumo y el reparto directo de bienes y servicios. De manera paternalista, el Estado benefactor devolvía a los ciudadanos una porción significativa del nuevo valor creado mediante cuantiosos fondos sociales de consumo (educación, salud, seguridad social, recreación, etc.): las famosas gratuidades de hoy. Al unísono, los bajos precios de los artículos de primera necesidad vendidos en el mercado normado de alimentos y productos industriales hacían posible la satisfacción de las necesidades básicas de las familias a través de los ingresos salariales, con altos índices de salario real y una homogeneidad social del consumo que servía de base a la unanimidad política.

A seguidas, en la etapa del Socialismo Real cubano (1971-1991), el nuevo pacto social que se impondría ─copia cubanizada del modelo soviético─ aceptó la estimulación material de los trabajadores a partir de la aplicación de la distribución según la cantidad y calidad del trabajo, tanto por la vía salarial como por premios y otros fondos colectivos a nivel de empresa. Asimismo, el fomento de un amplio mercado complementario (paralelo) permitía la realización sistemática de los ingresos adicionales de los trabajadores de forma más o menos amplia.

Con el advenimiento de la crisis de los noventa (Período Especial), la súbita debacle económica dio al traste con el viejo consenso social y creó la llamada crisis de valores, reflejo en la conciencia social de la descomposición del sistema estatizado de economía socialista bajo los golpes combinados de la caída del sistema socialista mundial, el recrudecimiento del bloqueo norteamericano y la persistencia del retrógrado modelo centralizado de gestión burocrática con sus innumerables factores de freno a las fuerzas productivas.

En un país subdesarrollado y bloqueado, donde la producción de bienes y servicios no abastece las necesidades, ya no de la sociedad, sino tan siquiera de un mercado deprimido, no es honesto referirse a la fuerza de trabajo de los trabajadores si no es para considerarla como una mercancía que se compra y se venda en el mercado de trabajo a partir de la Ley del Valor, y donde se tengan en cuenta, como raseros para determinar su precio (el salario): el costo de la canasta básica, como nivel mínimo; la cantidad y calidad del trabajo que aporte cada uno al producto final y la demanda efectiva de ella en las diferentes ramas de la economía. Lejos de abolirlo, lo que se requiere es continuar perfeccionándolo como factor fundamental de estimulación de los trabajadores.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com