La censura de la censura

Por: Manuel García Verdecia

Parece que el ser humano estuvo predestinado desde los albores de la humanidad a que se le negaran ciertos actos. Recordemos que, una vez creados Adán y Eva, el Dios de los cielos les prohibió que comieran del árbol de la sabiduría. Fue el primer hecho de censura. Parecía que el saber les anularía la inocencia, cualidad desde donde todo puede ser creíble y aceptado sin oposición, y los ayudaría a conocer más allá de lo que les impartiera su creador. Buscar perspectivas propias y, sobre todo distintas, y contradecir declaraciones establecidas tuvo desde siempre un carácter trasgresor. Por supuesto que esta condición presuponía que había unos sujetos que se consideraban en posesión de lo correcto o verdadero y otros desposeídos de tales conocimientos, por lo que debían seguir puntualmente lo que estipulaba la parte cognoscente para que el mundo girara sin tropiezos.

Sin embargo, el hombre es en esencia un ser tentado por la curiosidad (tal vez un gen prevaleciente de la curiosa Eva) y esta lo impulsa a inquirir, a descubrir y a exponer la perspectiva que personalmente ha elaborado. No se trata de mera vanidad sino de esa aventura que es alcanzar nuevas experiencias y ayudar a conocerlas. De ahí surge la ilimitada variedad del pensamiento y, obviamente, los diferentes puntos de vista. Por supuesto, una vez que esta capacidad está determinada por otros motivos como el deseo de ser distinto, de destacarse por encima de los demás, de ayudar a quebrar normas o el afán de prevalecer en determinado círculo, pues ya se convierte en un ejercicio consciente e interesado. En realidad es, en última instancia, el afán de poder el que determina el afincamiento en determinado modo de pensar (rechazando modos distintos) y su defensa a ultranza para subyugar a los otros. Bien puede tratarse del poder de un individuo en relación con otro, de un grupo sobre otro, o de unas ideas respecto a otras.

Para legitimar tal potestad la misma se ha justificado sobre la sabiduría de alguien, la fortaleza de otro, la descendencia divina de un sujeto, o la encarnación en un héroe de las aspiraciones vitales de sus súbditos. Indiscutiblemente para que alguien detente el poder, alguien debe no tenerlo. Por tanto, el apoderado hará todo cuanto pueda por ilegitimar a quien intente rebajarlo. Una vía principal ha sido la censura de sus pensamientos y juicios. De manera que el predominio del poder ha sido siempre el mayor causante del ejercicio de la censura. Todo poder se erige y justifica sobre la base de un discurso coherentemente estructurado de manera que consiga en sus sujetos la mayor credulidad y lealtad. Todo grupo humano que ejerce el poder trata de preservarlo por los más diversos modos.

No se lucha para alcanzar el poder y luego cederlo o perderlo.

El poder implica tener súbditos, acólitos, que no solo asuman sino que, además, no objeten las perspectivas del poderoso. Cualquier fisura en el discurso puede poner en peligro la solidez del poder. De ahí la necesidad de prohibir cuanto tienda a resquebrajar su resistencia mediante juicios o críticas adversas. En esto cumple un papel cardinal la propaganda. Esta implica difundir lo que hace en cumplimiento de sus buenos propósitos quien posee el cetro de mando, utilizando cuanta sutileza o estratagema exista de modo que lo expuesto resulte convincente para mantener hechizados a los seguidores. Igualmente, y con una fuerza principal, el discurso del apoderado debe oponer argumentos hábilmente elaborados para contrarrestar la crítica y, desde luego, descalificar al crítico, de manera que los súbitos tengan a este, cuando menos por un insensato y, mayormente, por enemigo de las buenas causas.

Sin embargo no todos los sujetos asumen las disposiciones del poderoso con simpatía. Algunos sienten resquemor y, de estos un limitado número, quizás más aptos, quizás más informados, quizás más atrevidos, quizás todas estas cosas a la vez, llegan a la incredulidad. Es el peldaño inicial de toda acción crítica, la duda. A estos hay que hacerles un cerco mediante el impedimento a que accedan a otros juicios y perspectivas. Pero principalmente es imprescindible mantenerlos distantes de la posibilidad de comunicar sus puntos de vista a grandes grupos de crédulos no sea que logren romper el hechizo. Se hace necesario un control de cuanto se comunique, de forma que metódicamente lleve la sustancia de lo que concibe el poder central. Todo lo que no ayude a esto pues se convierte en un peligro a lo establecido y, por tanto, debe impedirse por beneficio de aquello. Esto es lo que genera la bipolaridad en un mismo espacio social de lo oficial y lo prohibido. Es una práctica que se ha ejercido desde que los seres humanos se agruparon y tuvieron que organizar sus funciones dentro de cierto orden establecido. En tal sentido ha habido censura étnica, religiosa, artística, moral, política, etc., o sea, en cada campo de realización humana desde donde se ejerce un control sobre otros y ello justifica modos de hacer que conllevan determinadas prácticas que interesadamente niegan aquellas que no se sustentan en la concepción del poderoso.

De modo que la censura es tan antigua como la organización social de los seres humanos, entre unos que guían y otros que son guiados. Para ejemplificar en el campo que mejor conozco echemos una ojeada a la censura literaria. La prohibición de obras, y consecuentemente la exclusión de sus autores (la cual ha llegado a su encarcelamiento, su reclusión en campos de trabajo forzado e inclusive la eliminación física en muchos casos), ha sido justificada por la presencia en ellas de asuntos que se consideran perniciosos a cierto estatus político o moral de una determinada sociedad. Se considera que tales asuntos pueden confundir, desviar e incluso hacer rebelar a los sujetos que viven plácidamente bajo aquel estatus.

Los dos ejes fundamentales de censura han sido el poder político y el religioso. La lista de censurados conformaría toda una antología pero veamos solo algunos casos. En la antigüedad se prohibieron obras de Arístofanes, por ridiculizar a un gobernador de Atenas, y a Protágoras, en el siglo V a. de J.C, le prendieron fuego a su libro sobre los dioses, mientras que en 168 a. de J.C. se quemaron en Palestina libros judíos, cobrando consistencia una de las formas más intimidantes de censura, la cual se repetiría muchas veces luego, bajo la Inquisición, el nazismo, el stalinismo, al maccarthismo y el pinochetismo. La España de la Conquista prohibió la entrada en América de libros de ficción para no embotar a los novomundistas con las fruslerías de la imaginación.

La censura también cobró la forma del impedimento a publicar, como sucedió con el Index librorum prohibitorum, de la Iglesia romana que duró desde 1564 hasta 1966 e incluía a escritores que fluctuaban en una diversidad que iba de Rabelais hasta Balzac. Largas fueron las listas negras del franquismo, el maccarthismo el estalinismo (por citar unos casos) que cerraban la publicidad a numerosos libros considerados atentatorios contra los principios al uso. Luego se asumió una práctica más sofisticada, el extravío de las obras, usualmente recicladas en pulpa de papel. La nómina de autores vetados conforma toda una historia de la literatura prohibida, bien fuera por lo que se consideraba blasfemo, obsceno o políticamente subversivo. Citemos solo unos nombres: Voltaire, Henry Miller, James Joyce, Boris Pasternak, Alexander Solzhenitzin, Salman Rushdie (cuya fatua ha costado ya treinta y siete vidas), Virgilio Piñera, José Lezama Lima… Es definitivamente una lista excesivamente extensa y penosa.

El asunto es que diversas instituciones que rigen asuntos del quehacer social han creído ineludible la necesidad de preservar cierta pureza de ideas y prácticas para que sus propósitos se concreten puntualmente y para ello acuden al impedimento de la propagación de obras que reflejan aspectos de la realidad que ponen en entredicho la supuesta pureza de principios y actitudes. El presupuesto que subyace en tal convicción es que juicios, conceptos, apreciaciones distintas a las que emite el grupo de poder pues desvían a los súbditos y ponen en peligro la existencia de dicha autoridad.

Un fuerte aliado de la censura es la propaganda. Esta constituye un medio para neutralizar la crítica y justificar la censura, además de ser un modo de ejercerla indirectamente. Son usuales los casos de artículos que abordan un asunto exponiendo razones en su contra, pero sin propiciarle al lector los datos sobre el problema atacado. Es como poner la cura antes de que se produzca la herida. Entonces se hace repetir por distintos medios de propaganda la tenebrosidad de determinadas ideas y posiciones. La reiteración a través de estos medios, de cierta manera autenticados, ayuda a concretarlas como fantasmas no vistos del todo pero presentidos.

Muchas veces se intenta avalar la censura bajo el presupuesto de que la crítica, al revelar datos que evidencian aspectos débiles del sistema de poder que se trate, pues se convierte en un arma potencial para los enemigos de aquel. Esto se ha practicado obcecada y sistemáticamente sobre todo por regímenes totalitarios. Sin embargo, es un elemento que antes de preservar más bien debilita el sistema en cuestión. Y lo debilita por varias razones: una porque crea una doble visión de las perspectivas del poder, una abstracta y otra práctica, pues quienes lo viven concreta y cotidianamente conocen (quizás no con un entendimiento comprensivo y razonado de ello) la realidad de tales debilidades. De cierta manera se vive en un país que son dos, uno en la superficie que es el oficial y otro subyacente que es el real. Esto conlleva la incubación del enmascaramiento y la doble moral. Entonces, tal situación obligará al sistema en cuestión a emplear recursos y energías en nublar de la mejor manera lo que es palpable en la cercanía de la cotidianidad. Ello de hecho, al ejecutarse mediante discursos, actos, obras por encargo, consignas etc., que se reiteran una y otra vez puede conducir al agotamiento de la percepción, la resistencia leal de los dirigidos, y el consiguiente desinterés e incluso el abandono por cansancio de cuantiosos fieles.

Hay asuntos que se denuncian por la propia falta de lógica en su presentación.

Es imposible que alguien cuerdo crea que en quince millones de personas todas crean en y adopten los mismos principios, que todas opinen exactamente igual sobre todas las cosas, e incluso que prefieran todos ellos un mismo modo de organizar la vida social convirtiendo estos sentimientos unánimes en agenda para su vida diaria sin un mínimo de variación. Por otra parte, el enemigo siempre hallará formas de enterarse de estos problemas, como puede ser la derivación de conclusiones a partir de hechos inocultables, como datos que reflejan ineficacia en la calidad de vida, baja producción o deserción de sujetos. También pueden acudir al espionaje o la comunicación tangencial con grupos de críticos. Esto, con el desarrollo de las comunicaciones digitales, abre posibilidades incalculables para la fuga de datos por miles de fuentes de comentarios. Todo lo cual, en definitiva, carcome al sistema pues lo pone en evidencia y le permite a quienes lo impugnan atacarlo como  fraudulento, con el consiguiente descrédito en la perspectiva interna y extranjera.

A la larga la censura solo coadyuva a la desinformación, a la configuración de sujetos con un conocimiento parcial e impreciso que no les permite participar críticamente en la acción social. Por consiguiente, eso sume a la sociedad en la dependencia de determinados enfoques que se brindan por medios “políticamente correctos”, lo que no le facilita una actuación consciente y enfocada a sus verdaderos propósitos. Así mismo, a medida que los sujetos se percatan de que son objetos de manipulación en la información sobre determinados aspectos, tal percepción los impulsa a la curiosidad cognoscitiva, lo cual conlleva un flujo no oficial de rumores, informaciones, datos, etc., los que no por imprecisos dejan de acarrear granos de verdad. Estos activan, por reacción, nuevas críticas y búsquedas de datos fidedignos. Ello implica un flujo de ideas subterráneas, otro sistema de información colateral si bien no legítimo pero con datos necesarios y con bastante de veracidad. Tal condición impone que para operar muchos de los sumidos en ese flujo clandestino de noticias acudan a la doble moral: acepto y repito algo en público, mientras comento y entiendo algo distinto en los círculos cercanos.

A la larga, la censura es una muestra de debilidad del sistema de poder en cuestión pues muestra que teme que su base social lo deserte si ciertos aspectos salen a flote. Cuando el poder es coherente entre lo que hace y lo que dice, cuando acepta valientemente que toda obra humana es proclive a errores, cuando no elimina sino, antes bien, estimula la crítica franca, razonada y se apoya en ella para corregir sus deficiencias, mostrando además el afán de enmendar sus yerros, ello confiere solidez al sistema socio-económico y consolida la confianza y fidelidad de su base social. Si no es así, si se insiste en negar las dificultades obvias y se afianza tal negación básicamente en la censura, no solo de las idea sino de los que las piensan, pues el sistema termina corroído y se derrumba.

Cuando la censura es una práctica sistemática y contundente expone tal desconcierto entre los que detentan el poder que, por repercusión infunde confusión y frustración en los subordinados, lo cual se traduce en una intensa búsqueda de vías para conseguir la verdad y, consecuentemente, realizar los cambios que ella implica. Por lo general, la censura solo logra retardar los procesos de perfeccionamiento social, desgastando el capital humano y moral de quienes sufren esa dilación y posponiendo de manera largamente infructuosa lo ineludible, el cambio hacia lo que, en verdad, responde a las necesidades y aspiraciones del ser humano. El ejemplo más contundente fue lo que aconteció a la extinta URSS y a todo el bloque socialista del este europeo.

¿Es útil la censura? No lo es si se trata de encubrir, minimizar o refutar malas prácticas, deficiencias, abusos y dogmas inviolables de algún sistema de orden. Sin embargo, ¿qué hacer con obras literarias, pictóricas, cinematográficas, musicales que alaben o exalten la violencia, la discriminación racial, el machismo, la xenofobia? Entonces, como todo en la diversa existencia la respuesta depende de las condiciones. Pienso que puede haber dos situaciones en que la exclusión se justifica. Una, cuando se trata de obras, textos, que denigren algún rasgo de la condición humana e inciten al odio y el rechazo de otros, en actitudes como el racismo, la misoginia, la xenofobia, la intolerancia religiosa  o ideológica, etc., posturas todas que generan terror y muerte. En pocas palabras debe rechazarse toda obra que atente contra la dignidad humana. La otra situación sería la censura estética, cuando desde posiciones autorizadas, expertas y sensatamente argumentadas se considera que una obra no cumple las cualidades para ser publicada o expuesta pues demeritaría el arte en cuestión. Sin embargo esta no conlleva que el que las hace no las difunda por otros medios ni que su persona sufra por ello. Es solo una prevención para que no se logre pasar gato por liebre y se mixtifique la educación estética de la personas.

El progreso, entendido bajo el concepto martiano de mejoramiento humano, ha sido posible, ente otras cosas, por la fluida, libre circulación y confrontación de la mayor variedad de ideas. Lo importante es generar un clima de veracidad en torno a lo que se pretende, materializado con una absoluta coherencia entre lo que se dice y se hace, lo cual otorga confianza a los individuos sobre cuyas espaldas recae la responsabilidad de concretar cierto tipo de existencia social. Tal clima, lógicamente, se fortalece cuando se construye en un espacio amplio, desprejuiciado, franco que sirva para airear en diálogo claro y permanente los aspectos que inducen a los seres humanos a ser y actuar de cierto modo. Es lo que posibilitará la honradez y participación ciudadanas que logren el consenso que da margen de actuación, sin exclusión, a todos, por tanto hará innecesaria la censura. Solo la franqueza, la buena voluntad y el debate constructivo engendrarán una sociedad que viva en el respeto, la colaboración y la sana vitalidad ciudadanas.