Lo que no cuentan los medios

Foto: La Demajagua

Por: Giordan Rodríguez  Milanés

Pancho vive de la yerba y los encargos. A las cuatro de la mañana ya está sobre el triciclo heredado de su padre. Pedalea entre 5 y 10 Km hasta potreros y tierras baldías perdonadas por el marabú, y corta lo suficiente para llenar varios sacos. Sobre las diez de la mañana ya está de regreso  a su barrio de El Dagamal, en la periferia de Manzanillo, con  el dinero obtenido de los cocheros. Entonces se baña y se pone con los socios a jugar dominó y oír reguetón, bajo una mata de almendra, en espera de que aparezca alguien que quiera le lleve un tanque de agua a cualquiera de los barrios donde el ciclo de abasto puede durar hasta diez días. Hace una semana, un tipo de la mesa le comentó sobre “eso malo que anda”.

Antes de dormir, Pancho sintoniza Radio Enciclopedia por la caja decodificadora acoplada a un televisor al que “se le fundió la dichosa pantalla y no da la plata pa arreglarla”, porque “me cae mal la muela de los noticieros”. El lunes Pancho notó que los ciclistas “tenían puesto un trapo en la cara”. Al llegar al punto de control policial, el uniformado le hizo una seña para que arrimara. “Muy extraño, desde los 18 años me dedico a esto de la yerba y ya tengo 23, y nunca me habían parado”. El agente  le recrimina y lo amenaza con multarlo sino vira a ponerse el nasobuco. No se iba a dar por vencido y abandonó la carretera en busca de un atajo. Al regresar a su casa su hermano Tato lo estaba esperando “a una hora en que normalmente está en lo suyo”, y el barrio estaba revuelto con unas enfermeras que explicaban “no sé qué cosa”.

Tato vive de las colas. Tiene un fondo de inversión. En las tiendas y las ferias compra artículos de alta demanda. Los traslada –en el triciclo de otro socio, no en el de Pancho, porque “mi hermano no tiene móvil y no tengo como localizarlo”- , y los revende en la periferia. “Esto del virus ha puesto cabrona la cosa”, le dice a su hermano. “La policía está cuidando las colas, no hay molote ni ‘marcadera’ doble, y así soy out por regla”. En cada lugar donde Tato se provee hay un “punto” que lo llama y le avisa: “mañana a tal hora vamos a sacar pollo, pasta de dientes, lo que sea”.

Laritza* es una trigueña linda, “punto” de Tato en un importante establecimiento: “Hace días que no ‘hago’ nada. Con esta película del coronavirus los mandantes han decidido salir de sus oficinas y dejar sus reuniones, y no dejan que uno ‘evolucione’”. Explica Laritza de regreso al  vecindario con su tapabocas perfectamente combinado con los colores del uniforme: “Los mandantes no tienen líos, tienen lo suyo garantizado de un modo u otro, no han dejado de andar en sus carros y se quitaron de arriba el problema de estar recogiendo a la gente en las paradas. Ya nadie habla de eso pero los trabajadores tenemos que seguir luchando un transporte cada mañana y cada tarde. Menos mal que yo tengo a Bartolo*”.

Bartolo es chofer y comprador autorizado de un centro asistencial de salud de la provincia de Granma. “Desde que comenzó esto de la pandemia no tengo vida. Es dale para aquí y dale para allá. Fíjate que yo nunca he querido que me pongan un chofer y pasar a la plaza de comprador porque, vaya, se malea la cosa. Pero creo que voy a pedirlo hasta que todo esto pase. La ‘jevita’ se molesta porque últimamente no la voy a buscar yo mismo y la mando en moto eléctrica para la casa, pero a uno no le queda tiempo ni para comerse un coquito”. Si bien en el refrigerador de Bartolo no faltan las carnes, viandas y hortalizas, a él lo que le encantan son los dulces de coco.

Jorge Luis, El Coquitero, hace días que no sale a vender. “Imagínate, me agarró la policía y me puso una multa por andar sin nasobuco, y me dijeron que si me agarran de nuevo vendiendo sin patente me lo decomisan todo y me ponen una multa de 1000 pesos. Y esto no da para eso”. A efectos legales no es un trabajador por cuenta propia. Él mismo elabora sus coquitos y los vende pero cada dos días trabaja como guardia nocturno en un atelier del Estado, “por un salario que no da ni para atender la casa una semana, y ahora con mi hermana sin pega, hay que ayudarla con mami». Su hermana, en las mañanas es doméstica “en el hogar de un señor que viaja a Guyana y Panamá”. “A él lo aislaron por el virus y su mujer cerró el negocio y está en casa cuidando a los niños. No me necesitan. Así que a nosotros se nos ha puesto fea la cosa. Ahora sólo nos queda la chequera de 300 pesos de mami porque mi hermano tiene su propia familia…”

Todas esas historias nos las cuenta Dalila*, una estudiante de medicina que anda de pesquisas en busca de personas con problemas respiratorios. “Hoy he caminado como nunca en mi vida, creo”. Conoce a mi hija y en casa ha roto el protocolo. Ha pedido agua. “Hay que ver cómo vive gente por ahí”, dice, y  vuelve a acomodarse el nasobuco que sólo deja al descubierto su mirada hacia el televisor. Un reportaje muestra cómo, en alguna ciudad de Cuba, unas integrantes de la Federación de Mujeres Cubanas visitan a los ancianos y les hacen sus compras para que no tengan que salir a la calle. Se siente el claxon de un auto: “Es mi papá, lo llamé para que viniera a buscarme”. Al padre lo conozco de la época en que tenía algún vínculo de trabajo con el gobierno provincial. Anda en una camioneta Hyundai con chapa estatal y tiene su propio chofer. Dalila se despide de nosotros. El nasobuco sólo le deja descubierta la mirada. Podría jurar que va llorando.

*Se ha cambiado el nombre y algunos datos para proteger la identidad de las personas mencionadas.

Para contactar con el autor: grmilanes@gmail.com