Pluridependencia y soberanía hoy

Foto: IPI

Por: Mario Valdés Navia

La pandemia de la Covid-19 ha revivido la vieja polémica sobre la relación de cada país con el resto del mundo. Aislamiento o colaboración son opciones que los gobiernos adoptan ante el mal común que algunos se empeñan inútilmente en resolver solos. Esto que el coronavirus saca a la luz afecta en primer lugar a los más pobres, pero el problema es consustancial a la globalización actual.

En 1989, la caída del Muro de Berlín acabó con la bipolaridad para dar paso a una disyuntiva no resuelta aún: unipolaridad vs multipolaridad. Si bien al inicio parecía que EEUU impondría su gobierno mundial, pronto mostró incapacidad para lograrlo ante la resistencia de muchos. El ascenso de otras potencias mundiales y regionales demostró que la disputa sería para rato. Todavía perdura.

Otros factores gravitan sobre la política mundial tiñéndola de nuevos significados: cambio climático, crisis ecológica, escasez de materias primas, auge de las TICs y conversión del ciberespacio en un escenario fundamental de la actividad humana. En medio de esta geopolítica tan compleja, los países periféricos tienen que batirse con sumo cuidado para, sin perder su identidad, lograr crecer y desarrollarse sin ser destruidos y/o engullidos en esa “pelea de los cometas en el Cielo”.[1]

Ante la realidad del ocaso del predominio de los EEUU −aún prevaleciente en casi todas las esferas−, la faz de un mundo multipolar se va configurando cada vez más. Al reto que significa el progreso indetenible de China, el renacer del poderío militar ruso y el poder económico de la Unión Europea, se añade el ascenso de países emergentes –India, Brasil, Irán, Turquía− a la condición de potencias regionales y  la resistencia indomable de un puñado de rebeldes que no acatan los dictados de Washington a pesar de presiones de toda índole (Cuba, Siria, Venezuela, Corea del Norte).

Para los países periféricos no es tarea fácil defender su independencia en un mundo globalizado donde la interdependencia no es entre iguales y sus débiles economías han de insertarse en circuitos internacionales del capital altamente monopolizados por grandes trasnacionales. Para Cuba, sometida por siglos a la influencia hegemónica de grandes potencias mundiales (España, Estados Unidos, Unión Soviética) y bajo la presión constante de un cruel bloqueo, las amenazas y oportunidades han de balancearse constantemente.

La historia de Cuba permite constatar que los lazos de lealtad, fidelidad, reciprocidad, solidaridad y unión imperecedera con potencias mundiales duran tanto como seamos útiles a sus intereses geopolíticos. Cuando ya no somos necesarios para apoyarlos en sus conflictos con otros poderosos, el interés por Cuba decae y nos dejan abandonados a nuestra propia suerte.

Por eso es importante recordar lo que advertía Martí al analizar el contexto de su época, cuando ya EEUU se aprestaba a arrebatar a los europeos la hegemonía mundial y para eso quería sumar a su hueste al resto de las naciones americanas:

Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él. Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza y al servicio a los que necesitan de él. Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos. El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir a alguno, prefiera al que lo necesite menos, al que lo desdeñe menos. Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América. El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato o algún bachiller, a unión política. El comercio va por las vertientes de tierra y agua y detrás de quien tiene algo que cambiar por él, sea monarquía o república. La unión con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra.[2]

Cierto es que, más que aprovechar en nuestro beneficio las contradicciones interimperialistas, el Apóstol exhortaba a la unidad de Nuestra América y a su desarrollo urgente como valladar contra el avance imperial. Hoy, tras el fracaso en concretar aquel proyecto, en un escenario aún más complicado tras casi siglo y medio de desarrollo desigual, se hace aún más necesario depender de varios países fuertes y nunca más de uno solo.

Solo la relación con la mayor cantidad de poderes mundiales nos permitirá mantener un balance geopolítico que permita preservar la soberanía en las condiciones actuales y futuras. La preponderancia de un solo país en nuestra economía –llámese Estados Unidos, China, Rusia, Venezuela, o Haití− solo nos conducirá a un callejón sin salida para los intereses cubanos cuando dejemos de serles útiles.

Solo el comercio, la colaboración en pie de igualdad, el intercambio cultural y científico-técnico con los vecinos que nos rodean en esta aldea global en que se ha convertido hoy el planeta Tierra nos traerá mayores cuotas de independencia económica y soberanía política. La dependencia respecto a uno de estos poderes nos mantendrá atados a su suerte. La pluridependencia nos hará cada vez más libres.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] José Martí: “Nuestra América”. OC, T6, p-17.

[2] “La Conferencia Monetaria de las repúblicas de América”. OC, T6, p-160.