En el segundo día del fin del mundo

Foto: Jose A. Rey

Por: Marcos Paz Sablón. (Fotografía: José A. Rey)

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Uno no debiera de escribir acabado de ver la Mesa Redonda.

Sobre todo en las circunstancias actuales. Sentarse a teclear algo luego de escuchar al Presidente del Instituto de Recursos Hidráulicos hablar como si todos nos dedicáramos a su profesión, o luego de escuchar al Gobernador de La Habana insistir sobre la importancia del rol de los consejos populares- sin decir qué se supone que hagan dichos consejos-

Luego de ver  a ministros sentados en sillas de plástico, con sus nasobucos azules, asintiendo graves ante cada dato desentrañado y expuesto con lo desmañado de quienes todavía no se acostumbran a hablarle a una nación, a rendirle cuentas a una nación. Luego de comprobar como Randy Alonso- con los ojos brillosos, insiste en ser el propagandista más voluntarioso del gobierno cubano.

Escribir después de esto es, digamos, un acto parcial.

(Apunte breve: es irónico como la Mesa Redonda, al otorgar su espacio para que las autoridades del gobierno puedan exponer las medidas  e informar al pueblo, se despoja de sus hábitos periodísticos y adopta el raro papel de férreos “asentidores”. Queda la pregunta de por qué dichas intervenciones del gobierno- por mucho que se agradezcan- no pudieran ocurrir en el simple marco de una conferencia de prensa. La diferencia entre periodismo y relaciones públicas, diría Orwell)

Recapitulemos un poco: estamos en el primer día de una cuarentena nacional. Cuba, hoy, se ha cerrado. Las fronteras, reguladas; el transporte interprovincial queda suspendido salvo casos excepcionales y los turistas que permanecen en el país se encuentran aislados en hoteles o casas de rentas. Como mínimo, esta situación durará cuatro semanas.

Lo que vas a leer ahora no es periodismo, sino un garabato mezcla de crónica, recopilación de testimonios y digresiones absurdas. Un intentar captar, digamos, las impresiones, los ambientes, la atmósfera de la Patria.

Empecemos por la siguiente idea: tengo la desagradable impresión de no estar seguro de que mi país exista.

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Lo primero fue el verbo. Tan solo milenios después, las conversaciones por WhatsApp.

Yo no he salido casi de casa, así que de la calle no sé mucho.

Al principio todo estaba normal. Incluso, para mí era extraño ver a alguno que otro con nasobuco. Luego era más extraño. Algunos los traían y otros no. Parecía por gusto.

O sea, ¿Qué bien está haciendo, si se tocan el nasobuco, si se lo quitan para hablar?

Lo extraño era la sensación que me daba a mí. Era como una neblina transparente (inexistente) de toxicidad.”

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El martes 24 de marzo del 2020 Cuba cerró parcialmente sus las fronteras. Solo pueden entrar aquellos nacionales o extranjeros con residencia permanente en el país, con la condición de pasar catorce días aislados. Los que acá ya estamos nos sometemos a una pesquisa activa. Ya van tres millones. Faltan ocho.

Quedan algunos turistas, sueltos en hoteles o casas de rentas. El paquete de medidas con respecto a ellos es tan complejo como exhilarante. Fuera de vista, fuera de peligro. Barrerlos. Aislarlos. Un chasquido de dedo y el tiempo suficiente. Ya no existen.

No queda claro que pasará con los corresponsales extranjeros.

Nos hemos quedado solos en este país. Solos, nosotros, ratones.

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Daba mala sensación montarse en las guaguas. La gente no hablaba. Yo creo que todo el mundo estaba concentrado en llegar a su parada para bajarse.

Lo del gel en las manos: me lo echaba cada vez que me bajaba, pero sé que era por gusto.

En fin, que fueron pasando los días e intenté solo coger carros- porque podía, por supuesto.

Me monté en un carro. El chofer me dijo: Niña, no cojas guagua. Si no tienes dinero para pagar el carro le dices que te lleven de favor.”

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Vivo a unos doscientos metros del Instituto de Medicina Natural Pedro Kourí (el IPK, según la jerga), en un reparto residencial modoso llamado de manera oficial “San Juan de Dios Fraga”. La gente le dice “Los Rusos” porque acá, en tiempos pre-perestroika, vivían, encerrados entre sí mismo, los soviéticos que trabajaban en nuestro país.

En mi barrio dicen que un español se escapó del IPK. Consiguió salirse del cordón de aislamiento, huir. Dicen que lo cogieron en el aeropuerto. En su España semejante barbarismo le hubiera costado doce años de prisión, dicen.

(El último detalle es tan preciso que incomoda)

La imagen es ridícula: un gaito desencajado, de bigote recio, la piel de langosta por el calor, infecto de coronavirus, corriendo.

Da miedo pensarlo.

Dicen también que hace tres días sucedió lo mismo. Una paciente se escapó. Llegó a la calle. La esperaba una patrulla. Los policías, dicen, cruzaban la calle cada vez que ella se les echaba arriba. Para no tocarla, dicen. Temor a infectarse.

Dicen, dicen, dicen. Histerias desembozadas.

O no. No se me ocurre manera de comprobarlo sin violar el auto-aislamiento. Dicen que todo lo anterior lo grabaron. Dicen. (Si alguien supiera algo, tenga la amabilidad de contactarme. Suena tanto a falso que pudiera ser verdad por el lado contrario)

He aquí una verdad: hace dos días un mecánico de lavadoras, vecino mío, tose sin control. Tiene fiebre.

Está en su casa.

Los parientes de un tatuador, también vecino mío, llegaron hace poco de España. Ahora no salen de su casa. Aislados. Todo cerrado. La gente en mi barrio se pregunta por qué siguen ahí si el IPK, repito, está a menos de doscientos metros.

Son las seis y diecisiete de la tarde. En medio del silencio, dos mujeres de mediana edad embutidas en licras verdes corren por la acera izquierda, bajo la sombra parca de los flamboyanes. Están demasiado cerca la una de la otra.

Están demasiado cerca la una de la otra.

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En mi opinión, la gente está intentando hacer vida normal, pero está asustada. Yo creo que el principal problema de este virus es que no sabemos dónde está y no sabemos casi nada de él.

Y, sin embargo, todos hablamos de él. Desde que se expandió fuera de China todos los días hablamos del virus con todas las personas que nos encontramos.

Es como una neblina tóxica que hay en el ambiente. Tú no ves que te asusta. Al principio tu decías: bueno, en Cuba todavía estoy segura, no hay casi casos, no hay transmisión…pero te asusta cuando ves los datos, las cifras, las historias de cómo está atacando el mundo.”

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Diez de la noche. Tengo una sensación de suciedad constante. Es como si alguien me rascara por dentro de la cabeza. Segundo a segundo. Incesante. Un minero en la cabeza. No sé qué busca. Tac. Tac. Tac.

Es insoportable.

Antes de sentarme a escribir me lavé las manos, la boca. Gracias que hay agua. Vivo en uno de los municipios- La Lisa- con más personas afectadas por la falta de agua. Somos 468 mil, en toda la ciudad.

Dijo el Presidente del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos que existe un déficit de 2447 litros por segundo en el servicio- normal, diría yo, con la existencia de 2000 salideros en la red hidráulicas. Eso significa que cuando te termines este párrafo se habrá desperdiciado la suficiente agua como para llenar una pequeña piscina.

Igual, seamos higiénicos. Y buenos chamacos.

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En un principio se cuestionaban mucho las acciones que tomaba el gobierno, Digamos que se miraba con lupa todo lo que hacía. Por ejemplo, con el barco británico, en vez de estar orgullosos porque aceptamos ayudarlos. Cuestionaron que si los 2 millones y la colaboración gratuita. El por qué se dan partes solo en el día, si ya pasaron 12 horas. En el mundo entero se dan partes solo una vez por día.

En mi opinión, hay que ser un poco más tolerantes y dejar de criticar tanto. No somos perfectos. El mundo entero ha demostrado no ser perfecto.

Somos un país sin grandes infraestructuras, con una población que tiene una constante demanda ficticia de los productos básicos del hogar. El gobierno está tratando de controlar el problema antes de que se le vaya de las manos, porque si comienza a haber transmisión en la calle yo creo que nos morimos todos.

Y yo creo que ya hay transmisión en la calle.

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Madrugada. Tengo una pregunta entre los dientes.

Ayer dijeron que se contemplaba el aislamiento obligatorio. Existe ya un reforzamiento policial, pero se están contemplando medidas aún peores. Decretarnos trancados. Policías en nuestras esquinas, pidiendo pases. El ejército a la calle. En otros países ha funcionado.

En otros países hay… Mi miedo está en que se acostumbren a los policías en la calle.  Hasta hace un par de semanas el gremio de periodistas independientes hablaba de una nueva Primavera Negra. Luego de las manifestaciones- virtuales- por el caso Alcántara, parecía llegado un momento decisivo. ¿Y si aprovechan y meten a todos los independientes presos, ahora que no pueden moverse? ¿Y si se hunde la economía del país? ¿Y si se arma una protesta masiva por la carencia de productos básicos y la imposibilidad de salir a buscarlos? ¿Y si…?

¿Me estoy volviendo paranoico?

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A veces me pregunto: si en Europa el coronavirus está acabando de esa manera, ¿qué va a pasar con nuestros pobres países latinoamericanos?

Cubita la bella, con todas las críticas que le hacen, no se parece a nadie. Cuando las cosas se ponen difíciles-así como ahora, difíciles para todo el mundo- nosotros somos dichosos de vivir aquí.

En el televisor te dicen que todos los recursos materiales y humanos están. Yo creo que es mentira, que aunque quisieran no disponen de todos esos recursos. Sí se va a hacer lo imposible para que todo el mundo salve, a diferencia de como pasará en otros países.

Aquí hubo un cambio muy radical de las medidas del viernes a las medidas del lunes. Nos explicaron el porqué del cambio. Nadie protestó, porque eran las medidas que todos creemos correctas. Las necesarias.

Aunque la gente sigue haciendo un millón de colas. Aglomeraciones. Les tocará a ellos romperse la cabeza un poquito más para también poder limitar eso.

Yo vi que en Francia habían probado una vacuna que a los cinco días había curado a unos pacientes. Era como la liga de los medicamentos. Ojalá que aparezca antes del tiempo que se tiene pensado que deba salir, que es casi un año.

Está duro aguantar esto un año.

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En mis calles no corre nadie. Acá, en los Rusos, parece que se ha muerto algo sin nombre. En medio de este silencio el tiempo pierde su pálpito, no discurre. Se hace necesario soportarlo como una enfermedad, como un achaque. A partir de hoy habrá que inventar cada noche una ocupación.

No da mucho trabajo excluirse del espacio del mundo, no moverse en él. Pero es imposible excluirse del tiempo.

Amanece. Día dos.

A partir de ahora todo será más difícil.