Los dilemas de la cuarentena cubana

Imagen: Migue

Por: Mario Valdés Navia

Si bien la restricción de la entrada a Cuba de extranjeros no residentes y de algunas actividades sociales fue recibida con agrado por la mayoría del pueblo, lo de la Mesa Redonda del 23 no tiene parangón. La explicación detallada del nuevo paquete de medidas por el primer ministro y otros miembros del gabinete se hizo con tal objetividad, claridad y coherencia que colmó la mayoría de las expectativas.

En particular, me resultó grata su referencia reiterada a la utilidad que está teniendo para los decisores la opinión popular –tanto en la comunidad como en las redes sociales−. No obstante, ese “oído pegado a la tierra” del gobierno parece no ser compartido por algunos que se creen más papistas que el Papa. Esos tildan cualquier opinión divergente con la postura oficial como parte de una conspiración internacional, aunque al otro día cambien de casaca automáticamente en cuanto se apruebe una nueva medida que modifique la anterior situación.

Así ha ocurrido ya con varios temas: la promoción del turismo hacia Cuba desde países con la epidemia, el cierre de la entrada de turistas y la paralización de las clases. Este 24 de marzo, la emprenden contra la demanda popular a ETECSA para que disminuya sus tarifas. Como el gobierno acaba de informar que la situación está siendo analizada y es probable que se aplique determinada rebaja, quizás ya tengan escritas sus loas a tal decisión. Ante la plasticidad de esas plumas no puede esperarse otra cosa.

Ahora, ya más cerrados en nosotros mismos, comienza a notarse la dificultad de adoptar cualquier tipo de encierro en el entorno cubano marcado por la sempiterna escasez de oferta de bienes y servicios indispensables. Una cuarentena prolongada –sea total, o parcial− crea stress en cualquier lugar del mundo, aunque muchos lo sufran con internet, despensa llena y tv por cable.

En Cuba las tensiones serán otras: menos psicológicas y más materiales.

En días pasados, algunos chotearon los anaqueles vaciados en tiendas de otros países, sin valorar que al otro volverían a estar llenos. Otros claman desde ya por una cuarentena total –a lo Putin− sin tener en la nevera una botella de agua, una caja de refrescos, o un paquete de pollo, ni tener idea de cómo los conseguirán. Y yo me pregunto: ¿la cuarentena total: que sentido tiene realmente? Analicemos fríamente.

El covid-19 es un coronavirus. Para esos seres cada uno de nosotros es como el planeta Tierra para un humano. Nos habitan por millones, y nuestro sistema inmunológico los mantiene a raya de manera sistemática. De hecho, la llamada inmunidad comunitaria global es la única que verdaderamente terminará con la pandemia. Todos seremos infectados por el covid-19 en algún momento de nuestras vidas. He ahí la cuestión esencial: ese momento no debe ser el mismo para todos. Por eso es que hay que romper las cadenas de contagio; no para que nadie se infecte, sino para que no ocurra simultáneamente de forma masiva.

El objetivo del encierro es que se llegue al pico de la infestación sin que el sistema de cuidados intensivos y de ingresos hospitalarios colapse. Si eso llega a ocurrir pasará lo mismo que vimos en China, Irán y ahora en Europa y EEUU. En muchos de esos países también hay buenos servicios de salud y cientos de médicos, enfermeras y personal paramédico que ofrendan sus vidas heroicamente en la guerra contra este implacable enemigo.

Por tanto, la restricción creciente de movimientos no es, ni una opción que se pueda soslayar, ni una panacea para evitar el contagio. De ahí que tengamos que prepararnos para mayores dosis de cuarentena según crezca la infestación de la población. Y eso para nosotros, obligados a la sofocante “lucha diaria” por la subsistencia, encierra un dilema existencial bien difícil.

Si el país se afecta por la falta de ingresos frescos en MLC al paralizarse el comercio, turismo y otras producciones: ¿cuanto no se afectarán las familias al no poner reponer sus exiguas despensas y congeladores? Si los niños y adolescentes están en las casas: ¿serán los padres capaces de contenerlos entre cuatro paredes, o los mandarán a jugar al parque? Si los alimentos y otros bienes no son enviados a la casa por mensajeros: ¿no serán las colas tumultuarias cubanas un espacio de infestación peor aún que el entorno regulado de  escuelas, fábricas, u oficinas?

Hay que preparar a toda la familia para los peligros de la escasez.

Prepararlos desde lo puramente profiláctico, hasta lo económico, político y también psicológico. Desgraciadamente, en cuanto a preparación material, Cuba no es China, Rusia, o Alemania. Realmente, creo que los pasos que el gobierno ejecute tendrán que ser con pies de plomo, o el remedio puede ser peor que la enfermedad. Hasta puede ser una suerte que se mantenga aún la vilipendiada libreta de abastecimientos.

En estos momentos la responsabilidad es de todos y tanto el Estado como las instituciones, las familias y los individuos tenemos que velar por la seguridad individual y colectiva sin abusos de autoridad, ni perretas irresponsables de los que siempre hablan mal del gobierno, tanto si boga como si no boga. Los dilemas de la cuarentena cubana serán muchos y difíciles. Solo con el aporte y la comprensión de todos podremos vencer al covid-19 con el menor precio de vidas y recursos.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com