Mike Porcel: el bien, la belleza y otros males

Foto: Mike Porcel/Facebook

Por: Manuel García Verdecia

Mike Porcel es uno de los creadores musicales más destacados del momento de la llamada Nueva Canción en Cuba. Fue músico desde siempre, cuando de niño le pusieron una guitarra de juguete en el árbol de Navidad. Su obra se dio a conocer a fines de los “60 y principios de los ’70, principalmente mediante su labor en dos grupos punteros de esos años: Los Dada y Síntesis. El músico se caracterizaba por asumir innovadoramente las esencias de la canción trovadoresca cubana y acrecentarla con elementos de fenómenos musicales internacionales que circulaban por entonces. Esto le proporcionó a sus canciones un realce sobresaliente.

Se trataba de una música ricamente concebida y, siendo un vehemente lector de poesía, de unas letras felizmente tocadas por la hermosura. Mike era ante todo un lírico, alguien que abre su alma al amor y la belleza. Sin embargo el éxito momentáneo del compositor pronto se vio coartado por ciertos “problemas” que presentaba. Le gustaba el rock, elementos del cual incorporaba a sus canciones, vestía pantalones estrechos, llevaba el pelo largo, era religioso y no componía alabanzas políticas. Por encima de modas y críticas decidió ser (y hacer) fiel a sí mismo.

Por supuesto que las puertas se le cerraron

Encajaba en el peligroso parámetro del “desviacionismo ideológico”. Sin trabajo seguro, sin presentaciones y sin grabaciones decidió buscar porvenir en otras tierras. Eso lo sumió en problemas más agudos, el rechazo de muchos de sus “compañeros” y los demoníacos actos de repudio. Todavía cuesta pensar qué fue lo que pudo llevar a tanta gente a emprenderlas a insultos, acosos y golpizas con personas cuyo único “delito” era que, por disímiles razones, muchas veces económicas pero también de ideas, no querían seguir viviendo bajo el sistema imperante en la Isla.

Todos los que vivimos esa época recordamos con horror aquellos actos crueles. A la gente se le apedreaba, se le daban palos, se les caía encima en grupos a pegarles puñetazos, se les cercaban las casas que eran bombardeadas cuando mejor con huevos. Se insultaba y separaban a sus hijos en las escuelas. ¿Qué mecanismo diabólico llevó a generar aquellas razias? No se trataba de personas que pusieran bombas ni se enfrentaran a tiros contra el sistema, sino simplemente de gente que quería irse a otros países.

Lo más irónico era que en el medio de los abucheos, sitios y golpes se les gritaba “¡Qué se vayan!”, ¡pero si era exactamente eso lo que los acometidos querían hacer! ¿Qué diferenciaba aquellas palizas a las que sufrían los judíos en la Alemania de Hitler o los negros de los movimientos civiles en los Estados Unidos por esos años, por solo poner dos casos en una larga historia de violencia contra los seres humanos? La política no puede ver como bueno un procedimiento porque lo motiva una supuesta idea grandiosa. Concebir que si los palos los dan los de derecha son injustos, si los consuman los de izquierda son legítimos. Tal principio es maquiavélico.

Los buenos fines deben ser cumplidos por buenos medios.

La política humanista, esa que intentamos construir y a la que debemos acercarnos cada vez más, debe ser inclusiva, generosa, dialogante. Ninguna persona está hecha para abandonar su país con el fin de realizar una vida viable. Es en su tierra materna donde tiene una memoria, un entorno humano comprensivo y semejante, un espacio significativo. Emigrar es siempre abrir una herida que jamás se cierra porque donde vaya el emigrante allí irá todo lo dejado y lo que pudo ser.

Felizmente aquellos actos han terminado, no así el recuerdo espantoso de su realidad. Creo que nos debemos todavía un diálogo franco y desprejuiciado para minimizar el daño residual que eso legó y, sobre todo, para evitar que vuelva a suceder algún día. Un país es de todos sus ciudadanos, crean  o no en el sistema que rige y a todos hay que hacerles espacio. La ley debe proveer oportunidades para todos, aliados o no con la idea predominante, dejando espacio para la realización plena de todos los ciudadanos a partir de la tolerancia, el respeto y la conciliación de objetivos y empeños.

El diálogo y el consenso desprejuiciados son los que consiguen que un ámbito así pueda funcionar sin lacerar a nadie ni rebajar la condición humana de nadie. Era lo que buscaba el principio martiano de “con todos y para el bien de todos”. Estos asuntos vienen a nuestra reflexión al ver el documental “Sueños al pairo” que recorre la vida y aquellos angustiosos momentos por los que pasara el compositor Mike Porcel. Es admirable que artistas e intelectuales cubanos excelentes accedan, con veracidad y afecto, a situar al músico en su real valía.

Con esto nos lo devuelven un poco a quienes lo admiramos y le devuelven a él la fe en un país que es mucho más que todo cuanto ha pasado y que guarda aun suficientes energías de regeneración. El artista parece percatarse de ello y lo resume en una frase luminosa: “En mí no hay rencor”. Todos debíamos hacer una práctica de vida de tal frase. Ese es un principio para la reconciliación y el empeño en abrir caminos beneficiosos todos juntos.